Comparto con ilusión mi mirada lectora a este fundamental poemario de Concha Méndez, "Niño y sombras". Una bellísima rendición de Tigres de papel en su colección Genialogías, que no debe faltar en nuestra biblioteca. En la revista Masticadores.
Siempre he sentido por Concha Méndez una vinculación especial, una gran cercanía. Es como si hubiera una conexión invisible pero cierta entre nosotras. Algo de orden subjetivo y que va más allá de la admiración por la forma en la que enfrentó la vida, o por la obra literaria que construyó. Es de esas mujeres brújula, faro o norte, de esas que pertenecen a una constelación de estrellas, espejos en las que una quiere mirarse, es de esas guerreras −sin el componente bélico−, luchadoras en lides más auténticas y permanentes. Y me entristezco un poco cada vez que leo acerca de su tránsito por el mundo, de su soledad y del desarraigo del final de sus días, de cómo se desvaneció su círculo de amistades con la dura experiencia del exilio. Me conmueven los múltiples reveses que tuvo que sortear: el ocultamiento por parte de Luis Buñuel de sus siete años de noviazgo, la oposición de su familia a su independencia, la pérdida de su primer hijo, el abandono de su marido por otra mujer, el fallecimiento de su madre de la cual no pudo despedirse…
Y presiento que, además, lo que dejó una herida invisible pero profunda en ella y en otras mujeres amantes de la creación artística y literaria de su época, era tener que demostrar constantemente su valía, era tratar de construir un espacio de igualdad verdadero. Sus amigos poetas no siempre vieron o quisieron reconocer la calidad, la creatividad y la hondura de su trabajo. La Generación del 27, a la que ella pertenecía, tantas veces mostró su machismo. Aunque fueran compañeras que editaban (como es el caso de Concha) además de publicar, aunque comparecieran con ellos en las fotos de los periódicos, en cenas de homenaje, en diversas actividades divulgativas, actos, presentaciones, obras de teatro… estaban y no estaban, ya que las compilaciones y antologías de este perido les privaron del espacio que merecían. Pensar que ella ponía en su pasaporte como profesión: Poeta. Pero no fue incluida en la Antología realizada por Gerardo Diego ni el la primera ni en la segunda edición.
Concha Méndez era una mujer más intrépida de lo normal. Un ser ingenioso, divertido y lleno de vida. Sabemos por sus emocionantes ‘Memorias habladas, memorias armadas’ −testimonio vital transcrito por su nieta Paloma Ulacia Altolaguirre y con prólogo de María Zambrano− de sus múltiples movimientos por el mapa, de su arrojo en el trabajo, en los deportes y en el desarrollo de su escritura teatral y poética. Hay que recordar su espíritu emprendedor que le llevó a reunir un pequeño capital con el que, junto a su marido Manuel Altolaguirre, pudieron echar andar La Verónica, imprenta que puso en marcha las revistas más importantes de ese periodo, ‘Caballo verde para la poesía’ y ‘Héroe’.
‘Niño y sombras’, impecable reedición de la colección Genialogías (Tigres de papel, 2025), rescata este trabajo publicado por primera vez en 1936 y que es el último libro publicado por Concha Méndez antes de partir al exilio. La nueva entrega de este poemario es una maravilla. No sólo por los intensos poemas que contiene −todos ellos girando en torno a una temática y un tono que sacude a los lectores de principio a fin– no sólo por el preciso prólogo de Isabel Miguel, o por la completísima entrevista que se incluye (realizada por Luisa Antolín a la nieta de Concha, Paloma Ulacia Altolaguirre), sino porque recupera una de las voces fundamentales de la Edad de Plata, una voz y una mirada que aún nos siguen interpelando y conmoviendo. Los versos de ‘Niño y sombras’ hablan con propiedad, sin dramatismo y con gran belleza estilística de algo a ocultar en los años treinta: el duelo neonatal. Recordemos que la validación de la mujer estaba vinculada a la fertilidad y al cuidado de una familia, a ser lo que se esperaba: un ángel del hogar. Pocas autoras se habían acercado, y menos aún en un libro completo, al dolor por la pérdida de un hijo.
Quisiera rescatar un fragmento de la entrevista incluida en el conjunto: ‘‘Para mí, la principal lección que me enseñó mi abuela, que a mí me sirve y quizá pueda servir a todas las mujeres, es la importancia que tiene el tomarse en serio. Todavía vivimos en un mundo machista en el que no se toma en serio a las mujeres. Por eso, para mí, es tan importante este mensaje: hay que tomarse en serio a si misma, porque todo está construido para que te derrumben. Creo que hay un peso histórico que nos lleva a las mujeres a dudar de lo que creamos. Y cuando no se nos reconoce, le quitamos importancia: nos decimos que no importa. No importa, pero como mujer, como madre, tenemos otras prioridades interiorizadas, como la salud de los seres queridos…, prioridades que te protegen de ese ninguneo, de ese dejarte de lado, y te dices que no importa. Pero sí importa’’.
El poemario, compuesto por 28 fascinantes textos, se abre con una pregunta: ‘‘¿Hacia qué cielo, niño, / pasaste por mi sombra / dejando en mis entrañas / en dolor, el recuerdo?’’ y termina con una reflexión que remata muy bien el camino de la voz poética en busca de respuestas: ‘‘porque las cosas pesan; / igual pesa un pasaje que un dolor, que una duda. / Y las horas se llenan de pesos y de sombras, / y las horas nos llevan con el peso, callando’’. Méndez comparte sus luminosos hallazgos con todas las mujeres que nos acercamos al calor de su maestría: ‘‘(La madre va siempre sola, / quien quiera que la acompañe; / el mundo es como un desierto / y el hijo en él un oasis). ‘‘De lo oscuro venimos y vamos’’, recordándonos de esta manera que ha sido un vientre materno el que nos ha refugiado en su cavidad interna, lejos de la luz y la interperie. Para ella, es el alma la que concibe al hijo, la sangre va después ‘a señalar con pulso preciso su contorno’.
La poeta Isabel Miguel escribe en el prólogo: ‘‘¿Qué se siente cuando vuelves a casa con los brazos vacíos tras nueve meses de espera? Volver a ver la cuna en la que nadie dormirá, la ropa ilusionada sin cuerpo que vestir. Todo lo cubre el vacío, la incapacidad de comprender lo sucedido, un por qué eterno repicando constantemente en tu interior, la ausencia, el dolor y el pasmo’’. Y para eso está la poesía, para responder a aquellas preguntas que escuecen, para visibilizar las capas más sutiles de nuestro interior, para hermanarnos, para establecer un diálogo milenario con otras personas dolidas por las mismas realidades.
Se nos prenderán como cardos al vestido de nuestra escucha, versos tan sonoros como estos: ‘‘Existe un más allá que nos separa’’, ‘‘voces me llaman de distintos cielos’’, ‘‘yo sé que el frío es blanco y el miedo es amarillo’’ o ‘‘la noche es el silencio que no quema’’.
Nuestra poeta declara: ‘‘Yo soy la vida en lucha / de cada hora y de cada paso. / Yo soy la fuerza de mí misma, / la antena receptora del milagro’’. Y parece que todas nos levantamos para afirmar con ella lo que somos, tomando conciencia de nuestra valía.
Y qué mejor que cerrar este sencillo acercamiento y esta invitación a la lectura del volumen, con uno de sus poemas:
Se desprendió mi sangre para formar tu cuerpo.
Se repartió mi alma para formar tu alma.
Y fueron nueve lunas y fue toda una angustia
de días sin reposo y noches desveladas.
Y fue en la hora de verte que te perdí sin verte.
¿De qué color tus ojos, tu cabello, tu sombra?
Mi corazón que es cuna que en secreto te guarda,
porque sabes que fuiste y te llevó en la vida,
te seguirá meciendo hasta el fin de mis horas.
Marina Tapia

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