jueves, 1 de enero de 2026
Mi reseña de "Niño y sombras" de Concha Méndez, en Masticadores
lunes, 22 de diciembre de 2025
Presentación de "Mixtura" en Madrid
viernes, 21 de febrero de 2025
Homenaje a Juana Castro en Córdoba
miércoles, 10 de julio de 2024
Reseña de "Diccionaria Una" en la revista Masticadores
Algunas poetas de Genealogías. /Fotografía aportada por la autorasábado, 1 de abril de 2023
sábado, 3 de diciembre de 2022
Reseña de "Crónicas de Olvido", de Graciela Baquero
lunes, 28 de noviembre de 2022
Reseña de "Sinfonía en rojo", de Elisabeth Mulder
viernes, 27 de mayo de 2022
En la Feria del Libro de Madrid
Lunes 30 de mayo, de 17.30 a 19.30 hrs. Caseta 296. (Firma de libros)
Martes 31 de mayo, 18.00 hrs. Espacio Central de la Feria. (Lectura junto a Genialogías)
domingo, 28 de noviembre de 2021
Palabras para DICCIONARIA
Palabras para DICCIONARIA UNA
Leer un libro tan luminoso ha sido una de las experiencias más estimulantes y enriquecedoras en esta época de mi vida, en la cual, se duda si las palabras pueden representar con exactitud nuestro trayecto como mujeres, nuestras sutiles o arrebatadoras sensaciones físicas, o aquella manera profunda y alambicada con la que percibimos la realidad. Este volumen llega como un bálsamo reparador de las grietas y fisuras que dejan los que usan ásperamente el lenguaje, repitiéndolo y repitiéndolo, o sin revisión alguna. Los que lo castigan con frecuencia, los que no aprovechan a sabor las múltiples maneras de abordarlo.
Este conjunto es un maravilloso regalo para todas −y todos−, casi una hazaña, una empresa audaz en la cual se ha embarcado un valiente grupo de poetas, para entregárnoslos como un obsequio lingüístico que cosquillea y renueva nuestra psique.
¿Por qué no deberíamos reapropiarnos del lenguaje? ¿Por qué no podemos dar un nuevo valor a cada término ya desgastado, buscar un significado más hondo y verdadero a esas palabras que entrelazan a los seres humanos? ¿Por qué no recuperar esa tibieza de las palabras maternales o recoger su cualidad simbólica?
Si a comienzos del siglo XX algunos movimientos −como el creacionismo de Huidobro− se atrevieron a explorar la vertiente lúdica del lenguaje, lo hicieron partiendo desde el yo, desde los egos, guiados por un afán tanto de inventiva como de autoafirmación. En cambio, este es un volumen colectivo que parte de una premisa totalmente distinta: “Nace de la necesidad de recoger o crear palabras para experiencias femeninas que sentíamos que había que nombrar”, según versa en la introducción de esta primera entrega de DICCIONARIA, coordinada por Ana, Diana, Eva, Juana, Luz, Mara, Maribel, Nieves y Yaiza, y también por muchas otras mujeres de la Asociación Genialogías, que colaboraron de una u otra manera.
Los cinco sentidos, la poesía, la intuición, lo visionario, lo arcaico… son algunos de los elementos que conforman el territorio de este bellísimo compendio. En él está muy presente la infancia, dándole el valor que nuestras madres le otorgaron, recogiendo el “balsamar”, el “arrorró”, el “suatinar”, así como personajes de cuentos tradicionales, que prestan su cualidad más notable para volver a transitar nuestro mundo de adultas: “pulgarcía”, “luzhada”o “escobada”.
El perfil del humor, de la ironía y de la risa (que denuncia o revela alguna situación) está muy presente. Me enamoraré de términos como ‘Englorietá’: “Henchida por la lectura o escucha de un poema de Gloria Fuertes”; ‘Yermabuena’: “Por extensión, mujer sin criaturas que es dichosa, y por donde habla exhala olor a chicle de este aroma; o ‘Matraquera’: “Presión social que martillea a las mujeres en sus decisiones sobre la maternidad”.
Y como las mismas compiladoras nos cuentan en el prólogo, “¡Cuántos nombres también para una amiga! Lucernaria, remedia, solera, ángela, balsarrama, asidera, madrina, comadre… ¡Qué escuela para nosotras! Es decir, qué alegría profunda de mujeres que nos reconocemos, en pie, aprendiendo juntas a vivir”.
Disfrutad de este libro, iluminaros con su hoguera viva, sentid la dulce sombra de María Moliner paseando por sus páginas, dad vuestra mano a la poeta Enheduana que, desde los albores del lenguaje, escribe sus himnos. ¿Y qué sino a una especie de cántico aspiramos al nombrar? A ese impulso de establecer un fuerte lazo con todo lo que nos rodea, buscando la precisión, la belleza del habla, que atrapa y libera al mismo tiempo la infinitud del mundo.
Marina Tapia
viernes, 26 de noviembre de 2021
Invitación a leer "Golpeando el silencio" de Concha Lagos
No dejéis de leer “Golpeando el silencio” de Concha Lagos, un libro que ha recuperado la colección Genialogías de la editorial Tigres de Papel y que, por primera vez, se publica completo en España. Os encantará adentraros en su vida creativa y cultural, a través del prólogo tan completo escrito por María Teresa Navarrete, y seguro que disfrutaréis con la entrevista inédita realizada en 1986 por Begoña Alonso, y con las dos cartas a Concha Lagos (una escrita por Emilio Prados y otra por Concha Méndez) que esta edición nos regala.
El libro es un festín de poemas admirables, como algunas de sus elegías (a un cesto de mimbre, a una cocina, a un jardín, a un árbol o a una clase). Ellas nos ilustran certeramente acerca de la labor que han realizado muchas de nuestras poetas y mujeres a lo largo de la historia, al vivificar esas cosas elementales, esos espacios íntimos, esos elementos usados diariamente, al prestarles voz, estableciendo con ellos comunión y comunicación, iluminándolos, para luego partirlos como pan que sacia nuestra hambre de verdad y belleza.
El conjunto está lleno de preguntas, incluso uno de los textos se titula “Pregunto”. Rebosa de reflexiones de gran calado −aunque de apariencia sencilla− “Que nadie diga ayer/ ni vuelva la cabeza. El camino más corto/ es el de la esperanza. Por él se llega a Roma./ Y también a la vida.”
Nuestra autora recurre en muchas ocasiones a una sutil ironía, como cuando afirma “¡somos civilizados!”, o cuando en el poema dedicado a los poetas exiliados (no necesariamente católicos) dice “sé que soñáis la plaza y el santo de la ermita”. Pero, en esa línea de homenajear a otros escritores, destaco el bellísimo texto dedicado a Miguel Hernández: “Dicen que era de barro,/ con luz en la mirada./ Sembró la flor del trigo/ y recogió cizaña […] “no le valió el amor/ ni el fuego de la entraña./ Ni siquiera los versos, su canto de esperanza”.
Concha actualiza, da un nuevo valor a la conversación con Dios y a la tradición bíblica, apelando a ese elemento social con el que se ha hermanado, muchas veces, la espiritualidad: “Que solo hable del hambre/ el que su pan comparta. /Que solo el agua nombre/ el que la sed apague”, “a la puerta del pobre nadie puede llamar/ porque ni puerta tiene”, “Por todos mi oración en cruz elevo/ desde estos surcos, mares y salinas,/ arroyos, lomas, tierra de esta España./ Que nadie nos la cerque con alambre de espino”, “Caínes bien nutridos/ con un salvoconducto/ para toda la inmundicia”.
Sentimos su vocación de diálogo con el lector a lo largo de todo el volumen; sus poemas no son un soliloquio, sino un ejercicio de tender puentes, una invitación a dilucidar, a restaurar −a través de las palabras− el dolor por un mundo destruido por la guerra.
Los seis sonetos que abren el libro, marcan la pauta de los temas que luego la autora desarrollará con otras estructuras más fluidas en su forma, por ejemplo la silva libre.
También es importante resaltar que la poeta retrata con maestría y sin pudor la situación social de la mujer en aquella época: “ Estoy en mi trajín/ del verso y de la casa./ Al fin una es mujer/ y no está bien mirado/ ahondar en las costumbres,/ ni enmendarle la plana/ a los que tanto saben”.
Este magnífico libro es un compendio vivo de historia filtrado por la pureza y la lucidez de Concha Lagos, una escritora que supo nombrar aquello que latía en el tiempo que le tocó vivir. Su voz recorre con decisión la biografía personal que se mezcla, en un zigzag perfecto, con la existencia colectiva. Leer “Golpeando el silencio” es restaurar la memoria, es un acto de justicia con todo el florecimiento cultural que quedó disperso, con todas las exiliadas y los exiliados “errantes, a deshora, andariegos de oficio, peregrinos”.
domingo, 21 de noviembre de 2021
Aproximación a "Los cuerpos oscuros" de Juana Castro
Hacía tiempo que no me encontraba con un libro tan potente, tan bellamente escrito y, por qué no decirlo, tan perfecto. Aunque se sustente sobre el tema del dolor, las palabras −más bien, cada palabra escogida− trascienden lo contado y elevan el espíritu; podríamos decir que se nos vivifica a través de la vejez y de la muerte, que salimos renovados, deseando enfrentar las etapas de la vida con la misma entereza que la autora. Infancia, guerra, enfermedad, lazos familiares, rituales cotidianos, lo que dejamos y lo que nos espera, de todo eso nos habla quedamente Juana Castro. Nos toma de la mano, seduce nuestra escucha que se vuelve ávida de oír, con ese ritmo musical y maternal, con esa voz envolvente que captura la realidad más escondida. La autora nos invita a su casa de percepciones exquisitas. Degustamos un lenguaje con sabor a tierra y a tradiciones que, lamentablemente, hoy en día se va perdiendo. Nos dejamos arrullar por palabras como: baberolas, livor, pigargo, halda, briega o atruenan. Y deseamos que el libro no acabe nunca, que Juana siga con nosotras y nos ayude a sobrellevar, merced a su visión profunda, cada paso doloroso del existir. “Los cuerpos oscuros” es un poemario magnético como la tierra madre, es la naturaleza hecha verso. Leerlo supone una experiencia intensa, en medio de estos días en que los escritos llevan el sello de lo superficial, o tienden a atajos fáciles, a fórmulas complacientes. Son manzanas caramelizadas y no los dátiles toscos −y a la vez dulces− que la autora nos regala.
En la primera parte del libro, el agua y el mar son usados como metáfora del devenir que no puede contener el dique de nuestra voluntad. Con gran acierto, la enfermedad de los padres mayores de la poeta se va hilvanando con un delicado hilo líquido: “con ellos oigo el mar./ Oigo el mar y visito los huecos/ de la sombra en sus labios.”, “perdidos en la barca/ de la orilla y la cama.”, “y os dejo con la lluvia y el temblor de los trenes”.
Otro elemento que sirve de eje a lo largo de toda esta emotiva narración poética, es el acto de comer, esa ofrenda nutricia que nos otorga la madre desde el primer momento. En la lectura volvemos a recrearnos con los goces sencillos que despiertan los alimentos. Esto se aprecia en el título del poema Hubo un manjar de oro, que hace referencia a los garbanzos: “mis canicas rosadas y jugosas/ igual que sus pezones que soltaban gotitas”, en el poema Mordedura (“para tus manos grises/ de cristal y avellana”) o en Retornos, magnífico texto donde Juana hace un recorrido vivencial partiendo del inicio de la dentición (“apuntan los primeros/ incisivos de azúcar/ en la primera encía:/ la boca es una fiesta”) para concluir que “el mundo es una fiesta/ que nos deja desnudos […] latiendo todavía en la condena/ de un amor ensañado/ que en su vergüenza olvida/ también la sola fiesta de morir.”. Y así, una serie de versos donde el acto de comer se eleva de necesidad elemental a ritual trascendente: “si otra vez soy un niño,/ y en este laberinto de manzanas/ ando solo y me pierdo”, “el sol tiene un aroma de membrillos/ y el esplendor enciende/ su fogata de sed en cada hoja.”
En esta obra se alternan las voces, la cuidadora, la madre-niña, la hija que habla desde el pasado o desde el presente, el padre… No siempre sabemos con exactitud quién nos relata, quién desgrana sus sentimientos. Juana es un pozo que atrapa los múltiples ecos y, sorprendentemente, podemos oír incluso el nuestro.
No hay poema que no deje huella en este volumen, no hay textos de relleno ni tanteos, cada uno cava una zanja profunda en los lectores. Poesía que roza la filosofía. Poesía con peso de plomada, difícil pero suave en su degustación. Escuchemos la voz de Juana Castro, tan necesaria, dejemos que esta maestra nos alumbre.
Bellamente editado por la editorial Tigres de Papel y perteneciente a la colección Genialogías, el libro cuenta además con un cuidado prólogo de Ana Mañeru Méndez, y con la interesantísima entrevista hecha a la autora por Yaiza Martínez.
Marina Tapia
domingo, 30 de mayo de 2021
Recital "Salí del fuego caminando"
LA GUARDIANA
A mi hija Camila
Nunca encontrarás sosiego en este mundo,
nunca encontrarás justicia entre los hombres,
solo el saber del bosque, de la tierra,
y aquella perfección llamada savia
te ha de salvar.
No dejes que aprisionen
tu destino
de fruto que madura junto al sol.
Las hojas de tus pies
perennes y lustrosas
se acercan sin saberlo hacia el sendero.
Cante tu ser salvaje:
liquidámbar, liquidámbar, yo te conjuro.
Soy ésta, ¿no me ves?, ¿no me conoces?,
soy polen que arrojado al firmamento
puede volverse
estrella.
Eres el Aster Acris, la Centaurea,
aquella que escapaba hasta los patios
a construir metáforas florales
para aguardar al íbice violeta.
Políglota,
no te importaba hablarle a los helechos,
inventar un lenguaje cifrado
de estambres, nomeolvides y corolas.
Rizoma, lentitud, floración espontánea…
Y no querer más voces que el silencio
que adentro de la tierra se desgaja.
Con el mentón mirando hacia las nubes,
llegue la flor,
llegue la hembra clara
a su dominio.
Espejos de los ríos
aguardan tus facciones de esperanza.
Creciste cual palmera de En-Gadi,
brotaste como rosa de Jericó,
arabis del desierto
donde cada día es verano
y cada noche es invierno.
Debes ser el hervor
profundo
del planeta,
y la depuración de sus sonidos,
el tallo que recibe la humedad.
Sinceramente ser
un punto del camino
donde diversas formas
de la vida
se extiendan y se afinen.
Y en tu fragilidad de receptora,
de tutor, de Atenea:
empaparte de tiempo,
de días,
de estaciones,
superponer las horas de la luz,
dormir y renacer
sin miedo
debajo del latir de la existencia.
domingo, 18 de octubre de 2020
El dolor no se ve, se escucha
RUEGO DE LA CUIDADORA
Sin estorbo
acojo las palabras que regalas,
mientras doy a tu espalda el alivio
que otorgan las pomadas y mi escucha.
Soy como una compuerta
que se abre
donde puede fluir libremente
tu río de quejidos y saberes.
Vivimos cada día encadenadas
a ritos del aseo,
a pautas del menú,
a largas procesiones de pastillas,
a las gotas que calman tu pupila rendida.
Me llevas sin remedio
a la última estación de los caminos,
a intuir el perfil de la muerte.
Y este salón modesto de mi risa
pierde su frescura, y me encuentro preguntas
al cerrar los armarios,
mientras tejen nostalgias
cada hebra de luz, cada objeto,
y un olor de penumbra-desidia
impregna los cajones de las horas.
Ordenar los cojines, disponer la blandura
para tu voz de fénix
que ya no tararea en las mañanas.
No pienses, no convoques, no busques el final,
acomódate aquí, que te traigo
películas antiguas,
libros, discos,
mensajes de lugares,
castillos interiores.
Mira,
el nardo del invierno ya se abrió:
plantaremos un sol en mitad de tu noche.























