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sábado, 21 de junio de 2025

Entrevista en Ahorateleo

Muy agradecida a Carmen Hernández Montalbán por su entrevista en Ahorateleo, de la asociación La Oruga Azul, a propósito de la publicación de "Mixtura" (Averso). !Espero que os guste, amig@s!




-Háblanos un poco de ti.

Nací en una ciudad muy particular, en Valparaíso, un enclave con una geografía única: puerto en movimiento continuo, casas amontonadas subiendo por sus cuarenta y dos cerros, decadentes caserones estilo inglés, escaleras interminables, perros callejeros por doquier, ‘arte a cielo abierto’ y curiosos funiculares (ascensores). Creo que el paisaje siempre marca. Era un mundo de estímulos, de colores y de cúmulos, la mayor parte del año, grises, un espacio que tendía a la nostalgia, donde en las radios de las micros se escuchaba música desfasada, de la ‘nueva ola’, donde todavía existían ‘emporios’ y locales de aspecto decimonónico o bares de ambiente marinero. Nací dentro de un pasado detenido. Y siempre estuve rodeada de arte y de libros. Mi padre y mi madre se conocieron en la escuela de Bellas Artes y son pintores y poetas. Nosotros, sus hijos, tuvimos la suerte de que nos inculcaran el arte desde pequeños, y de poder desarrollarlo en comunidad, en familia, en diversos talleres y grupos. El arte era un acto cotidiano. Esta base es la que tengo, y sobre ella se ha ido construyendo mi andadura poética. Gracias a mis padres y a su entorno, aprendimos a cultivar la observación detenida de lo que veíamos, a tomar siempre apuntes en libretas que se llevaban a todas partes, a tener una rutina de lectura, a ser críticos con lo realizado, a disfrutar con la creación. Es extraño haber crecido en esa burbuja de creatividad en plena dictadura. El golpe de estado había hecho fracasar la floreciente época cultural que vivieron mis padres: la de la canción popular con Víctor Jara y Violeta Parra a la cabeza. Yo ya nací en dictadura. Hay un verso de mi libro “Corteza” que, de alguna manera, me define y quizá engloba a toda una generación: “soy esa conjunción de mis dolores / el vuelo sobre el cielo del fracaso”. Volamos desde el dolor de lo real a través del arte. Un proyecto social e igualitario que aplacó Pinochet… pero el canto, la música de protesta de sus canciones jamás murió. Después, ya en los noventa, parte de nuestra familia emigró a Madrid, y luego cada uno ha cogido su propio rumbo: Granada, París, Berlín, Vigo… Creo que lo artístico y el hecho de cambiar de lugar (con todo el camino de aprendizaje personal que eso conlleva) es lo más determinante y es lo que nos define como familia y también de manera individual.

-¿Qué podemos encontrar entre las páginas de Mixtura?

Una amplia muestra de los diez poemarios que he publicado hasta el momento. De cada libro se recogen más de veinte poemas. Y cuenta además con un bellísimo y muy completo prólogo de Juan José Castro. Es una destilación de mi trabajo creativo en el área de la poesía. He intentado que todas las temáticas que he cultivado estuvieran presentes: la identidad femenina, el silencio y la palabra, la naturaleza, el amor y el erotismo, la errancia y la plástica.
Esta mixtura, esta fusión de sustancias interiores, creo que puede dar cuenta de lo que me ha importado siempre: la búsqueda de una voz propia, el deseo de trabajar el lenguaje con mimo, la importancia que doy a los ritmos y a la musicalidad, la necesidad del entorno natural y salvaje para encontrar nuestro lugar en la poesía y en el mundo, y la mirada hacia la otredad, hacia los seres humanos hecha con atención y empatía.

-¿En qué ingrediente reside la fuerza de este libro?

Creo que a pesar de su variedad de temáticas, todas ellas se hermanan en una voz asombrada ante lo observado, un lirismo muy atento a los cinco sentidos, que otorga más plasticidad a los versos. Muchas amistades escritoras dicen que mi poesía es muy sensual y, algunas veces, con un erotismo muy marcado. Creo que este libro a pesar de contener diez trabajos con distintas claves posee un sutil hilo conductor, que es, según mi opinión nada objetiva: la vibración de la voz poética al contemplar el mundo. Siento que hay algo vivaz, no estático, una búsqueda contante. Pero lo más bonito es que los lectores me digan cuál es la fuerza de este compendio. Son las opiniones de ellos las que importan y que, espero, me vayan llegando tras su lectura. Ya se sabe que una vez publicado un trabajo ya no te pertenece, los libros viven de una manera única y particular en cada persona que los lee.

-¿Cómo describirías tu trayectoria de escritor desde la primera publicación hasta esta última?

Es posible que haya ido ganando más seguridad a la hora de escribir. Atreviéndome a ser más conceptual y hermética. Con “Piedra que mengua”, no estuvo tan presente la consideración de ser entendida, cercana. Me dejé llevar, fue un rapto. Este último tiempo, me he atrevido con el soneto que siempre impone mucho, y he experimentado con poesía visual, voy dejándome llevar. No hay nada que demostrar. Sólo me acuna esa fascinación por las palabras, ese deslumbramiento de siempre. Voy escuchando a la que dentro de mí habla. También tengo que destacar y agradecer vivir con un gran escritor como lo es Ángel Olgoso. Él es un referente continuo para mí, su independencia, su manera de afrontar la escritura y la lectura, con tantísima entrega y responsabilidad, me nutren cada día. Soy una privilegiada.

-¿Cuál fue el último libro que leíste? ¿Por qué lo elegiste?

A raíz de ver un documental sobre Ana María Matute (Imprescindibles de RTVE), caí en la cuenta que me faltaba leer alguno de sus libros. Así que acabo de terminar “Algunos muchachos”, una obra densa, que deja estela. Esa manera suya de mezclar la crueldad del ser humano con la inocencia es única. Es como exponer un pecho desnudo y rozagante junto a otro tapado. Es increíble cómo expone las fricciones de la emoción con un pensamiento aprendido. Es como si desembocaran, en un mismo embalse, ríos opuestos. Muestra el contraste entre clases sociales que tan bien armonizan; como si nos dijera: todos somos hijos de un instinto de supervivencia primitivo. Por eso los lectores nos vemos reflejados en personajes tan diversos y contradictorios: no hay negro sobre blanco ni blanco sobre negro, sólo mixtura humana. En su literatura nada es grave ni categórico, aletea una risa sutil, una ironía mansa que agradecemos. Su prosa tiene flecos. Tiene compuertas desdibujadas donde podemos entrar, si queremos, para hacer nuestras propias interpretaciones. Este conjunto de relatos tiene finales inesperados, nada tópicos. Simbología. Un lugar para las preguntas.

-Y ahora qué, ¿algún nuevo proyecto?

Sí, he estado terminando las ilustraciones de un libro de poesía infantil que he escrito. Este proyecto lo tengo hace bastante tiempo en marcha, desde Óbidos, pero he ido aumentándolo y perfeccionándolo, también ‘probando’ mucha de sus poesías con el alumnado de los colegios a los que voy. Mi deseo era que cada poema tuviera su ilustración. ¡Y ya por fin las tengo todas! Todo hecho a mano por supuesto, sin ayuda de ordenadores o de IA, jejeje. Me ilusiona muchísimo ver este libro publicado, poder regalárselo a mi sobrina Minagua (a la que está dedicado), poder hermanarme con tantas otras poetas que admiro que hicieron un espacio a la poesía infantil, además de la dirigida a los adultos, como mis queridas Gabriela Mistral, Gloria Fuertes y Angela Figuera Aymerich. A veces siento que la escritura es también amor hecho palabras, y yo siento mucho cariño por ese niño que todos llevamos, ese inventor, ese mago, ese ‘rimador’, ese fabulador que siempre persiste en cada uno. Quisiera que este libro lleve imaginación y risa a quien lo lea.

martes, 25 de junio de 2024

Reseña de "Sobrevivir a la fragilidad"

Reseña de "Sobrevivir a la fragilidad", de Dori Hernández Montalbán, en la revista digital La Oruga Azul.




FRÁGIL FORTALEZA


“Sobrevivir en la fragilidad”, de Dori Hernández Montalbán, es de esos libros que te invitan a reflexionar acerca de la actitud ante la existencia y de nuestra relación con la poesía. Editado por Aliar Ediciones este 2014, recoge de forma cuidada y estética los últimos poemas de una creadora muy activa en distintas disciplinas como el teatro y el cine, además de la escritura.

Tal como nos dice la autora en su nota preliminar, “escribir como un acto de supervivencia y también como un acto de resistencia”. Quizás estas palabras reflejen con bastante precisión uno de los argumentos centrales del libro: el análisis −desde la lírica− del acto de alumbrar palabras y nuestra simbiosis con el mundo. También añade Dori: “y a pesar de ser testigos de la vida y de la belleza, no podemos ver con claridad aquello que todo ser humano debería poder apreciar: la rosa, la belleza que nos rodea, la esperanza, la luz que no hallamos si no es momentáneamente y como un reflejo caprichoso de la naturaleza”. En el poemario se subraya la importancia de ver, pero no sólo la cara luminosa o estimulante de la vida, también sus reveses ya que “no estaría completa la rosa sin espinas”.

El libro se compone, en general, de poemas de largo aliento, distancia en la cual la autora se maneja cómodamente, imprimiendo a los textos gran fuerza y haciendo que el lector no pierda la atención. Buen ejemplo de ello son sus interesantes piezas “Obsidiana”, “El animal que me habita”, “Orden y concierto” o “Escribo con una aguja”.

Hay un trasfondo de volver a lo esencial, de conectar con la naturaleza, con la tierra que nos alumbró, un sutil mensaje ecológico en el conjunto.

Muy sugestivo el poema “Mandala del poeta enamorado”, en el que se encadena una sucesión de imágenes para trasladarnos a un espacio sensorial interior: sueños de una góndola bajo la lluvia que luego será una mujer acunada por el amor cumplido, para volver a transformarse en mandolina, y mutar finalmente en besos o amapolas mecidas por el viento. A través de lo plástico y de fogonazos de elementos potentes, Dori describe muy bien la fiebre de la poesía, que devora a los que la practican.

Mandalas, diosas, enigmas, señales hechas con ceniza, ofrendas de frutos equinocciales: todo un universo de símbolos, de un misticismo casi pagano, que crea un ambiente muy intenso y que trasmiten al lector un mundo poético bien delimitado.

La figura de la rosa, ampliamente citada como un símbolo asociado a la lírica y a lo esencial por distintos poetas, como Huidobro: “no cantéis a la rosa, dejadla florecer en el poema”; Carmen Conde: “¡Una rosa, la Rosa, que me nace a mí sola / acompañando dulce mi desterrado sueño!” o “La rosa incómoda” de Ángela Figuera Aymerich: “A esto hemos llegado, amigos, / a que una fresca rosa nos lastime la mano”. A través de esta simbólica flor, Dori Hernández Montalbán vuelve a redefinir el oficio y el compromiso de la escritura, y lo hace en varios textos a lo largo del libro. Cito algunos versos: “Tu pupila aún no puede ver −la rosa− / espera a que pase esa nube de desconcierto”, “la rosa germina en buena tierra”.

En la primera parte, Dori allega elementos que van cercando el discurso, que lo acotan, va definiendo poco a poco la idea central de este grupo: tomar conciencia de nuestra mirada, del ver, don imprescindible para desarrollar la escritura. En la segunda parte, felizmente titulada “Manual de supervivencia”, la voz poética manifiesta una postura activa y decidida para realizar cambios y coger brío para la vida “Voy a vaciar los armarios de ropas / que solíamos ponernos cuando éramos otros / porque ya no encajan como antes en nuestros cuerpos”. “Para ver si me hallo” es la consigna “desnuda y verdadera”. El bello poema titulado “Plantar un jardín”, ahonda en perfilar la actitud que favorece ese avance por medio de dos símbolos: la silla y el cultivo de un jardín. A través de esa quietud-activa, se puede observar los pequeños cambios, se puede aguardar las señales y se fortalece la voluntad y la resistencia, puede el ser humano consolarse por ser expulsado del paraíso y, también como sugiera la autora, de la poesía.

El cuestionamiento de la utilidad de los poetas se desarrolla muy bien en el poema “¡Qué ironía!”. Un texto con una carga de ironía y profundidad muy bien armonizadas: “Los poetas no servimos para nada / porque somos gente rara, / porque tenemos el don de la premonición, / el don de la inoportunidad, el don de la rebeldía, / y somos el espíritu de la contradicción”.

Os invito a leer “Sobrevivir en la fragilidad”, a dejaros envolver en el pétalo de sus hojas, a hacer vuestros los últimos versos que Dori Hernández Montalbán nos regala, “Las palabras solo brotan en el poema / por eso nunca te rindas, / aunque tengas que inventar de nuevo el mundo / y nombrar las cosas jamás nombradas”. Sigamos pues nombrando a través de cada poemario que leemos nuevos espacios de percepciones. ¡Estáis invitados!


Marina Tapia