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viernes, 27 de febrero de 2026

Reseña de "Piedra que mengua" en la revista En Sentido Figurado, por Ana Isabel Alvea

Una alegría y una sorpresa recibir la estupenda colaboración de la escritora, crítica literaria y profesora Ana Isabel Alvea. Su reseña de 'Piedra que mengua' en la revista En Sentido Figurado es magnífica y hace hincapié en esos sutiles, pero fundamentales, elementos de la cultura mapuche que están presentes en el libro. 



LO SAGRADO EN EL TEMPLO DE LA POESÍA
Por Ana Isabel Alvea Sánchez 


Por casualidad, leí que el poemario «Piedra que Mengua» fue ganador del XL Premio Ángel Martínez Baigorri, el mismo que yo obtuve en 2019 con «La pared del caracol». Esa hermandad propició que Marina y yo leyéramos nuestros respectivos libros, unidas por una complicidad y aquella entrañable experiencia.

Este libro, como la casa del ser o la morada de la vida, se construye sobre su metáfora y eje principal: la piedra. Su estructura se configura como un todo cohesionado, un río que sigue recto la corriente, aunque su hilo conductor —la piedra— se ramifique en afluentes de significados.

Se abre el poemario con una referencia al principio: la creación, como una génesis, con imágenes que evocan el origen del mundo, donde prevalece el magma de un amor de fuego. La voz —el ser, la mujer, la poesía— nace de esa colisión; la bautizan Piedra: ‘y me envolviste entera de firmeza’, ‘de claridades férreas’, para convertirse en palabra y poema.

Comienza entonces a rodar la piedra sólida y resiliente; no obstante, ‘Todo reduce el agua del vivir’, y se reconoce como una ‘Piedra que mengua’, consciente de que quedará en ‘cadáver, / polvo, / sombra, nada’. A partir de ahí, inicia la búsqueda de un fuego inextinguible que perdure frente al tiempo y las inclemencias.

Recorre un viaje en el que se pierde y se desorienta, pero logra hallar el milagro y parece que la fe, o bien el amor, o tal vez la poesía, o todo en su conjunto, le procura la dicha. Durante ese tránsito, siente la nostalgia por su país, se ve extranjera y errante.

Aparecen algunos poemas-caligramas en los que se define como roca y expresa un amor arrebatador, ‘cúspide de la dicha’. Apela al poder del amor para transformarnos, pues es el amor quien nos otorga tamaña energía, como si en nuestro interior creciera un sol radiante.

Extiende una mirada crítica al mundo actual y a nuestro modo de vivir: sin ilusión, con angustia y cansancio, en una constante búsqueda de lo eterno y lo perenne. Siente una íntima y profunda conexión con la tierra, Madre Piedra, a la que desea cuidar frente al poder destructor y la codicia de los humanos.

‘Escribes desde dentro de la tierra...con la memoria honda de tu especie’. Late en su voz un sentir primigenio y ancestral, se siente roca madre. Tal vez subyace la influencia de la cultura mapuche, “gente de la tierra”. Los mapuches conciben que todos llevamos dentro energía, fuerza vital y espíritu. Para ellos la piedra simboliza fuerza y permanencia. Parece que la autora contrasta esa cosmovisión con el pensamiento occidental. Y es a esa fuerza a la que apela, la que la sustenta y la impulsa en la creación.

Aflora en todo el poemario un sentir sagrado, una divinidad interior, la Piedra es una potencia que irradia dentro de cada uno de nosotros, nos da refugio y nos salva y puede constituirse gracias a la fe, al amor, a la creación.

Los últimos poemas se centran en la inspiración, piedra matriz, ‘única fuerza sobre la cual gravita mi poema’. Constituyen reflexiones metaliterarias, como la idea de que, para que la poesía exista, el poeta debe menguar. Afirma así su propósito: ¡Que mi canción minúscula transite / el ojo de una aguja, / para bordar por siempre / un manto enamorado de tu mundo’.

Poesía sembrada de referencias bíblicas, cuyo tono evoca el de los Testamentos: una voz sentenciosa, depurada y elegante, firme y potente que entabla un diálogo tanto con la tradición mística como con la poesía contemporánea. En sus poemas se dirige a un tú que podría ser Dios, el amor o el amado, la creación o la propia poesía. Un poemario que es en sí mismo un clamor y que se eleva como un canto inextinguible en el templo de la poesía.






jueves, 8 de enero de 2026

Reseña de "Mixtura", por Marga Mayordomo, en la revista Almiar

Muy agradecida a la poeta Marga Mayordomo por tan profunda y minuciosa reseña acerca de "Mixtura. Antología personal" (Averso, 2025), publicada en la revista Almiar. ¡Un gusto compartir su mirada!

Tiene Marina Tapia, poeta nacida en Valparaíso, Chile, y afincada en España desde el año 2000, la contundencia y el oficio de quien lleva a sus espaldas una larga trayectoria literaria. Esto se evidencia en los poemas seleccionados de los diez libros, más dos exentos, (entre 2013-2024), recogidos en la antología Mixtura (Aliar Ediciones, colección Averso, 2025). Unos poemas que transitan, entre lo íntimo y lo exterior, el dentro y el afuera, es decir entre el mundo de la experiencia y el mundo físico, a cual de mayor enjundia.

Aun cuando cada poemario tiene su trasunto y su parámetro estético, sí podemos observar un ecosistema atravesado por huellas y/o afinidades con algunos autores consagrados como García Lorca, Rubén Darío, Gabriela Mistral o Emily Dickinson, por mencionar solo algunos, así como por temas recurrentes como pueden ser la identidad femenina, el amor, el erotismo, la errantía, la libertad, la naturaleza, y la metapoesía.

Probadme, mordisquead mis pensamientos, // … Me doy / pero me guardo, / he ahí mi mercancía. / Dejadme que conserve / algún secreto / furioso / entre los dientes. // Por lo demás, leedme sin piedad.

De ese modo, en títulos como 50 mujeres desnudas, Relámpago en la habitación, El deleite, Corteza y en Exentos II-III, cobra preeminencia, grosso modo, el tema de la mujer: su revalidación como ser libre, dueña de su cuerpo, su sexualidad, su pensamiento; dueña de su acontecer vital, en definitiva. Estos presupuestos, que constituyen toda una «declaración de intenciones» de la poeta, los vamos a encontrar sobrevolando, a lo largo de toda la antología.

Almidoné mi cuerpo / y tenso se dispone a tu arrebato. // Escucha / la lujuria es santa

En otros libros como Marjales de interior, Jardín imposible, Islario, y Piedra que mengua, la prima donna ahora son los paisajes a un lado y otro del Atlántico y/o la naturaleza, bien de forma autónoma, o bien imbricada con el erotismo, y a veces con el recuerdo. Así nos escribe:

Cristalina, radiante marcharé hacia la costa / después de copular con el azul.

Finalmente, en enunciados como Bosque y silencio, Kilim de palabras y Exentos I, el centro de atención es la metapoesía, es decir, la preocupación de la autora por el lenguaje poético, por el proceso de escritura; preocupación que también es visible, en mayor o menor medida, en toda la obra.

En secreto lo alumbro / con dolor y placer, / conduzco a mi exterior / un hato de preguntas, / de mieles y quejidos / que llamo poesía.

En cuanto al estilo, observamos una escritura que se incardina en la línea clara, con finales conclusivos o aforísticos en algunas ocasiones. Aunque hay textos en prosa la mayoría adoptan la forma versal, conformada por un vocabulario accesible, sencillo, y con signos de puntuación. La sintaxis es limpia y sin rebuscamientos y tiene una lógica correcta. Una sintaxis que liga las palabras, que no busca la ruptura, sino la alianza; de hecho, llama la atención la fluidez del verbo, como si a Marina le manaran las letras sin esfuerzo. Por otra parte, existe una preferencia por la primera persona, (de hecho, la única voz es el yo poético), así como por el verso libre, con presencia de los clásicos heptasílabos, endecasílabos, y alejandrinos, aunque puntualmente se opta por otras medidas, lo que dota de buen ritmo y/o musicalidad al poema. Utiliza con soltura recursos retóricos como metáforas, metonimias, encabalgamientos, al igual que originales imágenes de bello impacto.

Espada del crear, / tormenta de ir vistiendo / de fuego las palabras, / de acometer al mundo, / de estremecer al lobo del silencio.

Si bien, lo dicho sobre el estilo se adapta a la mayoría de los epígrafes, en Jardín imposible y en El deleite la lengua se hace menos fresca menos contemporánea. Aquí el lenguaje discurre por caminos líricos de sesgos más románticos, donde destaca el virtuosismo técnico. Ahora se maneja un léxico de gusto, elevado, preciosista y sensual, que persigue el perfeccionismo y la belleza de la palabra; palabra que acostumbra a demorarse en el sentimiento, o en jardines exóticos de fontanas, hadas y deidades, entre otras cosas de ese cariz.

Ah, ¿cómo prohibir / al tímpano que guarde cada risa y ahogo, / cada voto y suspiro / que sale del arroyo de tu boca?

… yo calzo las sandalias que conducen / a la arboleda de los dones, / a las Ninfas del Atardecer.

Finalmente referirnos a la temperatura de la lengua. El tono que encontramos es habitualmente apasionado, vehemente y lleno de sentimientos; y al mismo tiempo armonioso, y amable, en donde siempre hay hueco a la esperanza y al optimismo. Es un tono exento de acidez, de aspereza, o de volteretas al vacío. No hay transgresión, ni sobresaltos, ni en la forma ni en la lógica. Tampoco dudas, o territorios inciertos, sino que hay seguridad del verbo en su plenitud poética.

Lucharé por tu cuerpo / de gamo iluminado en la tormenta. //… Yo te rescataré sobre mi lecho; / Tu alarido será / tan alto / tan espeso. / Nadie te raptará de mi jardín. / Ni siquiera / la vida.

En resumen, nos encontramos ante una poesía consolidada, de fuerte componente experiencial y alto lirismo, recorrida por una única voz rotunda, convencida del terreno que pisa; la voz de una mujer del presente, enamorada de la vida, segura de sí y de su pluma, que no es lluvia ácida sino belleza y armonía de la palabra escrita. Así lo manifiesta ella misma.

Esperando aumentar mi colección / de íntimos tesoros, recurrí con esmero; / a la lectura suave en tus oídos, / al verso que acorrala, / hechizos de la voz. // Debo confesar a mis lectores / que utilicé el poema / de señuelo.


viernes, 12 de diciembre de 2025

Tres poemas en la revista Vórtice

 Muchas gracias al poeta Sebastián Núñez Torres por compartir en Vórtice (revista de literatura contemporánea) una muestra de "Mixtura". Es un gusto estar en ese espacio de difusión.


Tres poemas de Marina Tapia



Poeta



Así como se guardan pétalos y hojas
en medio de los libros
yo guardaba
ciertos trozos de ti,
cutículas,
las hebras de la ropa
que perdías.
Estas cosas las hice sin pudor,
con algo de malicia.

Esperando aumentar mi colección
de íntimos tesoros,
recurrí con esmero:
a la lectura suave en tus oídos,
al verso que acorrala,
hechizos de la voz.

Debo confesar a mis lectores
que utilicé al poema
de señuelo.



El relámpago en la habitación


Llegas a mí sediento y luminoso,
nadie te ve en mi cuarto,
nadie ha visto
esa vía de luz
de tu esperma,
esa forma -tan tuya-
de evocar a los juncos y al cirio.

El amante tapiza de sudor su calzada
y una punción penetra, con soltura,
en puntos cardinales florecidos.

Soy el cielo que ataja el sonido del rayo,
como la aldeana, grito,
y guardo mi rebaño en la tormenta.

Espero,
secretamente espero,
el arrebato ardiente que cambie la campiña,
dulce fiebre de noche revuelta.


Como esclava liberta

He de saber que el mundo
mañana
me juzgará con celo
porque expuse
esta querencia nueva (y tan antigua),
este deseo intenso de buscar
-en la hondura del bosque-
soledad y silencio.

Le cerraré la puerta cuando toque
pidiendo aclaraciones.
Vendrá para ganarme con sortijas,
para falsear con méritos mi sed.

No pagaré su diezmo.

Nací de otra vertiente,
inútil desviar este camino
que claro me conduce hacia la ausencia.

Reseña de "Mixtura" en El Fescambre, por Jimy Ruiz Vega

Contentísima con esta reseña de "Mixtura. Antología personal" (Averso, 2025) de la mano de Jimy Ruiz Vega, crítico y perspicaz lector al que tanto admiro. Podéis leerla en la página El Fescambre.



Digerir el mundo
Jimy Ruiz Vega

El primer elemento con el que se encuentra un lector cuando empieza un poemario es la voz de quien habla, susurra o canta entre verso y verso. Esta voz nos va a acompañar desde el primer poema hasta el último que cierra el libro, y nosotros, los lectores, debemos reconocerla y creer en ella. Como mínimo, debería hacernos sentir algo que nos permita labrarnos una opinión concreta sobre su idiosincrasia y mundo simbólico. Son sus palabras, su ritmo y disposición las que nos van a aportar, de inmediato, detalles, imágenes y emociones sobre su creación poética; todo al unísono, bajo un conjuro, tal como ocurre cuando paseamos por la calle y alguien se pone de repente a contar batallitas de estados emocionales en una esquina.

Es fácil quedarse atrapado por la voz poética de Marina Tapia (Valparaíso, Chile, 1975) de lo que evoca y vislumbra en sus versos sobre sus recuerdos de infancia, lugares habitados e identidad femenina. Todo ese mundo suyo de emociones y vivencias airean con sencillez y naturalidad una conciencia ética. Su poesía emerge desde la tensión experimentada, vista y sentida al propio tiempo que el poema inicia su viaje o descubrimiento: /Busco la voz que escale a lo callado/, dice la poeta en Cantaora, uno de los ciento cincuenta y cuatro poemas reunidos en Mixtura (Averso, 2025). Esta antología personal, editada con primor y mucho gusto, aparece como una vista panorámica de la trayectoria poética de Marina desde 2013 hasta 2024, un recuento de su trabajo creativo en el que despunta la naturaleza, el erotismo, el amor y el vínculo errante de vivir y estar en el mundo.

Mixtura es una antología que pone al lector frente a una exposición de poemas en el que el yo lírico se deja ver en el tiempo, desde su estado de entusiasmo e inspiración, hasta de éxtasis y fervor por la naturaleza. Esa actitud de asombro y señuelo ante la naturaleza está muy presente: /El bosque siempre guarda habitaciones/, sostiene el verso final de Salvaje; /He encontrado mi voz / en el murmullo amplio y colectivo / del río, del sendero / hacia los bosques./, confiesa en otro poema. En Marina, la poesía está totalmente despojada de retórica, y la metáfora nunca impide ver la vida, antes bien, se pone a su disposición.: Yo vine para esto, / para regocijarme en el avance, / para encontrar mi voz de nervadura, / para llegar un día / al lecho de la tierra que transforma.

No me olvido en resaltar la condición e identidad femenina que conforma el modo de vida propio de la poeta, así como su fascinante juego intelectual y erótico por el que transita con destreza lo dicho y lo callado de su poesía. En El relámpago en la habitación, quizá el poemario más espiritual, erótico y sensual de su producción, encontramos versos y cantos propicios que van no solo más allá de su significado aparente de realidad íntima, sino de realidad trascendida: Escucha, / la lujuria / es santa, / no te pierdas / el goce de saberte un animal. En El deleite, otro poemario que pone en alza los sentidos, el resurgir erótico de estos y su cartografía, como muestran estos versos de su poema El tacto, tan evocador y emotivo: Soy la miga de pan que retiene tu mano, / que dan forma tus dedos / (con un gesto aparente de calma) / y al ritmo sostenido del amor.

También está presente en la antología algunos de los poemas de Islario, un libro del que guardo una grata estancia lectora, que le valen a Marina para otear paisajes vívidos y razones para rememorar sus ecos y confluencias. Tiempo, amor, memoria, paraísos anhelados, destino, señales y vestigios, son temas recurrentes en su poesía, en la palabra como hacedora de mundos, como así refleja estos versos del poema Certeza: Soy el recorte vivo de un recuerdo que nunca sucedió. / Pertenezco a esa tierra que atrae / solamente a las voces perdidas. En esos encajes, entre palabras y estados de ánimo, se sustenta de alguna manera todo el sentido de lo que uno percibe de la poesía, y sucede, en verdad, cuando se tocan la vida reflejada de quien la escribe y de quien la lee. Marina es fundamentalmente una observadora del mundo que pisa, y de sí misma, una poeta encariñada con el paisaje y su memoria de donde, a su entender, parte todo.

La poesía de Marina Tapia, “de palabra vivida y significada, poeta de la tierra y el amor”, como recapitula Juan José Castro Martín en el prólogo del libro, transmite humanidad, ternura y arrobo. Su poesía no se aleja en ningún momento del pálpito de las palabras, del estremecimiento que suscitan y de sus significados. En estos encajes, entre palabras y estados de ánimo, diría que su poesía no hipnotiza, más bien despierta y busca instalarse dentro del lector: Me doy / pero me guardo, / he ahí mi mercancía. / Dejadme que conserve / algún secreto / furioso / entre los dientes. / Por lo demás, leedme sin piedad.

Esta antología personal atesora agudeza y un río de buenos poemas. Marina Tapia firma un jugoso compendio de su itinerario vital y creativo, ámbitos bien esparcidos a lo largo del volumen, como testimonio propio de su quehacer y de su pasión por la poesía. Solo me queda añadir que Mixtura despierta la sensibilidad que todos llevamos con nosotros mismos. Si la poesía importa no es por otra cosa que por saber que tiene algo distinto que ofrecer, algo tal vez más admirable, estético y sorprendente por desvelar e interiorizar, pero no por ello menos cierto o enigmático. Por eso nos gusta la poesía. Y nos seguirá complaciendo, sin tener que acudir a destacarlo con el énfasis artificioso de antaño.

viernes, 7 de noviembre de 2025

Reseña de "Mixtura" por Juan Carlos Rodríguez Torres

Muchísimas gracias a Juan Carlos Rodriguez Torres, por esta maravillosa reseña de "Mixtura. Antología personal" (Averso, 2025) en la revista Hojas sueltas. Sus palabras dan una bella visión panorámica del libro, resaltando elementos muy importantes para mí como la búsqueda de lo esencial, el viaje como camino y los lazos con la naturaleza.


UN VIAJE CIRCULAR A LA PUREZA

Suelen ser las antologías un compendio, una muestra de lo escrito por alguien durante un periodo de tiempo. Pero no debemos olvidar que una antología es un libro, y como tal tiene cuerpo propio, historia propia, una vida que funciona de forma independiente. Mixtura, de Marina Tapia, poeta chilena que ya pertenece al mundo, es un viaje circular que la propia autora realiza para encontrarse a sí misma y de esta manera ofrendarse al mundo con natural generosidad.

Mixtura está compuesto por diez libros en los que la autora recorre los distintos senderos que la conforman: la identidad, el exilio, el amor y la pasión, la naturaleza. Y los recorre en espiral, y a cada vuelta es más consciente, más humana, más persona.

Comienza este viaje atendiendo a su propia identidad, reivindicando su ser mujer y su ser humana libre, tomando conciencia de todos sus condicionantes, de aquello que la limita y de aquello que la hace fuerte con el único propósito de avanzar, de vivir. Aparece aquí la imagen de la mujer enjaulada en lo cotidiano, la mujer exiliada que necesita la acogida, el vértigo. Y va transformando poco a poco la piedra en escultura, en su afán de entregarse a los demás siempre en libertad. Los pájaros no deben seguir haciendo nido en las heridas.

La condición errante de la poeta convierte su vida en un viaje real, físico, doloroso. Pero trata de hacer también de este viaje una aventura, el misterio de la búsqueda y el encuentro, el sabor amargo y excitante de la incertidumbre, la necesidad de llegar a un lugar al que llamar mío. Todos tratamos de encontrar nuestro lugar en el mundo, y Marina Tapia va haciendo del mundo entero su lugar, transformando la tragedia de la huida en la oportunidad de ser de todos lados. Debo sentir la tierra como un todo, mirar a las ciudades desde el faro sensible del asombro.

Y qué sería de un viaje sin amor, un amor también físico, natural y salvaje. La poeta goza sin tapujos de su cuerpo (no te pierdas el goce de saberte un animal), usando tanto las metáforas naturales como el lenguaje explícito, y da rienda suelta a la pasión de forma natural, a la corpórea y a la espiritual, como en la vida misma. Y en este viaje, va vinculando el amor con lo sagrado, tratándolo desde todos los sentidos, un amor que va desde lo sencillo, desde lo real, desde todos los momentos, hasta el éxtasis. Una mujer que vive la pasión como ella elige y sigue lo que dictan sus latidos.

El paisaje, lo natural, es parte irremediable del camino, y sabernos parte de él puede ser sin duda la llegada. En el encuentro con paisajes nuevos que la acogen descubre la poeta una belleza deslumbrante, y siente que la ayudarán a limar las asperezas de su vida. Y poco a poco lo va sintiendo tan dentro que comienza a convertirse en el paisaje mismo. Y así, esta unión de poeta y paisaje se va enraizando a lo largo del libro, y en ese sentirse naturaleza, conversa con ella, con los árboles, con las flores, y también con otros seres humanos que descubre como parte de la misma. Y aquí, en este sentirse parte de lo natural, rechaza la existencia sin hondura. Me duele la simpleza de la vida que ahora se me anuncia, me espanta este vivir elemental.

Los viajes circulares terminan en el puerto de inicio, pero la persona ya no es la misma. Y este trayecto concluye como empezó, reivindicando a la persona, a la persona nueva, a la persona completada en el viaje, la persona que es historia, origen, emoción, cuerpo. La persona que grita soy persona, soy mujer. Un final del viaje que se muestra como una evolución temática de su poesía, una conclusión a la búsqueda para encontrarse a ella misma, la poeta pura que ha de entregar esta pureza a los demás. Tan solo quiero ampliar la voz de un grito, pesar mi identidad, ser un conducto.

Pero no nos engañemos, el final de un viaje es solo el comienzo de uno nuevo. De esta manera, cuando la poeta llega al final de su viaje personal, descubierta y asumida, sintiéndose parte de un todo, tiene ahora la capacidad de mirar al mundo natural con ojos nuevos, con neutral pureza, para descubrir el don que han recibido aquellos que han transitado este camino: ver la historia del mundo y la humanidad desde el sentimiento humilde de pertenencia, una especie de nirvana en la tierra que nos hace gozar de cada inspiración que llega a los pulmones. Hoy vuelvo a ser basalto, pizarra y arenisca, hoy vuelvo a ser mapuche, la hija de la tierra, serena como templo bajo el sol.

Es por tanto Mixtura un viaje que todos deberíamos realizar para ver el mundo con ojos nuevos, para sentirnos parte del mundo y así cuidarlo y disfrutarlo, para sentirnos parte de la humanidad y así cuidarla y disfrutarla, que nuestro viaje es corto y nos pasamos la mayor parte del tiempo sin mirar por la ventana.

(Juan Carlos Rodríguez Torres)

domingo, 21 de septiembre de 2025

Comparto mi reseña del poemario "La veladora" (Olé Libros), de Gerardo Venteo, publicada en CaoCultura.



CONSERVAR LA TERNURA


    La veladora (Olé Libros, Colección Imaginal, 2025), del escritor granadino Gerardo Venteo, es una apuesta por la elegía −renovada y contemporánea− desde una voz conmovida que es ofrenda. Estructurado en dos partes, “Juana” y «La cosecha”, dividida esta última a su vez en “Un hijo” y “Otro hijo”, el poemario, de tema unitario, es un pozo del que afloran emociones, diálogos interiores y recuerdos en torno a la figura clave del hogar: la madre.

    Salir de la esfera del yo, detener la mirada para cantar −con toda la fuerza interior− a otra persona, en este caso a la mujer que ha dado a luz y cuidado con tanto esmero a sus hijos, es un gesto, en poesía, poco habitual. Es más frecuente que una escritora aborde la maternidad y la crianza, pero es menos común encontrarse con versos de un hijo dedicados a su madre y, menos todavía, que todo un poemario esté centrado en este tema. Porque, insisto, no es un apartado, sino un libro completo articulado bajo la sombra de esta figura. “Escribo para (re) parar / en agradecimiento”, declara la voz poética.

    Con palabras cercanas y tan usuales como ‘amor’, ‘cosas’, ‘verbos’, el escritor inaugura su carta de gratitud y reconocimiento, situando como elemento principal la hondura que ella guarda en sus maneras y en su fondo como el gran legado donado a su descendencia. Quiero citar también el poético texto (a modo de prólogo) escrito por Susana Drangosh. En él se pregunta: “¿Cómo es posible que su vida se evapore; cuerpo caliente que ha mudado en despojo sin que nadie la haya rechazado?”

    La primera parte nos da pinceladas acerca de la historia de Juana. Nos contará su origen, sus cualidades, su destino, su luto: «la que lo fue de todos y de nadie; la sola […], la veladora». Y entendemos el velar como un acto que va más allá de lo físico y más allá del tiempo; como una actitud que desplaza los límites del yo, haciendo que los otros sean parte de un todo orgánico indivisible, una extensión de la conciencia: “Estaba hecha de músculo dulce de miga de pan”, “su vocación es animal”, “su temblor se adivina en la cautela, en cómo traza la duda de los pasos”. Y termina este apartado con la voz de la protagonista, dando aliento a los que se quedan cuando ella parte hacia ese descanso llamado muerte.

    En el segundo bloque, Gerardo pinta estampas del día a día, de las rutinas compartidas dentro del hogar al que describe como una patria, como un lugar al que regresar siempre o como agua para la sed de todos los desiertos. Hay poetas contenidos que crean una represa y van destilando gota a gota sus emociones; y hay otros parecidos a un río que se desborda, que desean envolver al lector, contar cada detalle, conmover y hacerlo partícipe de su experiencia. Gerardo Venteo es uno de estos últimos. Nos estremece su escritura vivaz que hace acopio de tan diversos detalles.

    En “Otro hijo”, comienza con un poema que abarca también a otras madres: “Fueron mujeres épicas de otra época. / Su obligación se la creyeron a pies juntillas. / Entre ellas / y su servicio / no había distinción. / Eran fuente, pozo de donación / a la deriva. / Su vida entera, fueron / pronombre solo en los pronombres”. En este conjunto, la costura, la oración y el rito se entremezclan. Imitación, fronteras desdibujadas, territorio emocional sin límites. El recitado del hijo transmuta y da paso al de la madre hasta confundirse en uno solo. Un tono totalmente confesional e íntimo tiñe los textos finales. Hermosa composición la que cierra el libro, en la que se presta voz a la madre: “Y sin embargo, esa no he sido yo / sino sólo la escrita. / Porque mi voz ha sido un nido / de silencio, ahora me inventan. / Solo yo supe la que fui y lo que hice / y mi tiempo fue solo / mi tiempo, solo, / entre todo”. Con este cierre se plantea si la percepción que tenemos acerca de nosotros se corresponde siempre con la que tienen las personas que nos han amado y que creen conocernos. Por eso, de alguna manera, la escritura atrapa otras versiones. Versiones escritas, que tal vez perdurarán incluso mucho más que lo sentido como verdad.

    En estos últimos años se está luchando por visibilizar la dura tarea de los cuidados que han estado −a lo largo de los siglos− sostenidos por las mujeres. Pero el poeta intenta ir más allá de lo político o de un discurso. Quiere comprender el universo de una casa, quiere bucear en el deseo que impulsa a una madre a atender y a poner, tantas veces, como prioridad las necesidades de su familia en lugar de las propias. Ella es un modelo, un pilar, un espejo, y es el paradigma: una estatua sumergida que hay que rescatar del fondo interior. Ella es la única forma de entendernos a nosotros mismos.

    Con un ritmo y una musicalidad envolvente, con equilibrada alternancia de verso libre y prosa poética, el tono del poemario se asemeja al arrullo o al zureo que adormece nuestra inquietud, ganando especial potencia cuando lo simbólico cobra más protagonismo: “Cabalga / a lomo del día, / sujeta la brida, / equilibra / constantemente / el eje del cuerpo”. Narración que se viste de una fuerza inusitada en las comparaciones de Juana con animales o elementos concretos de la naturaleza: “Su alegría no es liebre que salta ligera como cantan los pájaros. Su amor es un bancal, tierra alimentando raíces, cuerpo vivo en el alojo de su desalojo”, “Guarda la hebra del carácter / por si hiciera falta abrir / la boca y mostrar los colmillos / y bufar como las gatas que celan / el cuidado de sus crías”.

    El autor nos explica que La veladora pertenece a una trilogía emocional que comenzó con ‘En el corazón dormido del esparto’ (Proyecto Sur Ediciones, 2001), que aborda desde la prosa poética la descripción de un paisaje humano, en una especie de anuario, una reflexión a partir de la memoria colectiva. Le sigue “Casa de dos plantas” (Sonámbulos Ediciones, 2021) que vuelve a incidir en el mismo tema, ahondando sobre la casa y sus estancias. Esta Veladora, de alguna manera, concreta y particulariza lo que se ha venido apuntando en los libros anteriores.

    Podemos afirmar lo expuesto en su contraportada: “Este poemario recoge el testigo de una herencia que nos mejora y mejora el mundo”. Porque la gratitud es un gesto-norte, es una conjugación de la esperanza. Sencillez y lirismo. Leamos estas piezas de Gerardo Venteo uniéndonos a su loa, a su tributo al amor filial.

jueves, 11 de septiembre de 2025

Mi reseña de "Estigia", de Ángel Olgoso, en Masticadores

Una gran alegría compartir mi mirada lectora acerca de "Estigia" un excelente y atrapante libro de Ángel Olgoso. Gracias a Masticadores, en especial a Felicitas Rebaque, por su publicación.




UN CARONTE GRANADINO

“Estigia”, el tercer volumen de la compilación de los cuentos completos de Ángel Olgoso, y que con un cuidado al mínimo detalle, publicado por Eolas, dentro de su colección “Las puertas de lo posible” (2025), viene una vez más a confirmarnos que nos encontramos con un verdadero maestro de la literatura. 

Aunque la muerte pueda parecer un tema sombrío o un eje vertebrador complejo y del que muchas veces nuestra sensibilidad desea huir, la manera magistral de abordarla, el abanico variado de historias y situaciones diversas (un centenar de relatos de calidad sostenida), nos ayuda a superar nuestra posible percepción estrecha de la muerte abriendo galaxias de posibilidades y nuevos ángulos de enfoque. 

Qué estimulante resulta adentrarse en las páginas de un libro con buenas citas. Las seleccionadas por Ángel, son todas lúcidas y precisas, y nos ayudan a entender más profundamente algunas ideas contenidas en sus relatos. Por ejemplo, el enfoque de Jules Renard, concluyendo que lo dulce de la muerte nos libera del pensamiento de la muerte, es genial. También la de Giuseppe Mazzini apuntando que no existe la muerte, sino el olvido. Como siempre, Olgoso escogerá para nosotros interesantes frases desbrozadas de sus numerosas lecturas y las entrelazará −con el nudo de su reflexión siempre en guardia− en los encabezamientos de su obra. Él siempre tendrá sus píldoras aromáticas de pensamientos para regalárnoslas en el momento justo, cuando empieza la tos. 

Los relatos que inician el conjunto abren inmejorablemente el apetito del lector. Textos como “Designaciones” o “Relámpagos” son piezas magistrales (uno se pregunta, de manera inevitable, por qué tras más de cuatro décadas de trabajo silencioso y de múltiples premios y traducciones, un autor de tan probada excelencia, todo un referente del relato en español, no brilla con la fuerza que merece en el lugar que le corresponde). 

Esta colección olgosiana en Eolas es un verdadero festín para sus lectores, a los que nos gusta tener en nuestra biblioteca, bien recopilados y a nuestro alcance, toda su creación −desde los textos breves a los más extensos−. Hoy en día, disfrutar la obra completa de alguien que ha participado en numerosas antologías y cuyo material se encuentra disperso o descatalogado, es un milagro. Cuántas veces he buscado en Internet un escritor o una poeta que me interesaba, y sólo he encontrado fragmentos, paja y neblina. Son muy de celebrar este tipo de compilaciones realizadas con elegancia y rigurosidad, que ponen a nuestro alcance las versiones definitivas, escogidas y agrupadas por el propio autor. También es una suerte este tipo de volúmenes temáticos que nos ayudará a localizar más fácilmente un relato en cuestión. Gracias a este trabajo editorial, podemos hacer una inmersión en el universo olgosiano sin ninguna cortapisa.

Volveremos a llorar con “La muerte desordena” porque, aunque se haya leído y se conozca su planteamiento, es un tejido de emociones palpitantes tan bien hilado que vuelve a conmover. Impresionante asimismo “La ciénaga”, descarnada visión del hermano que vuelve de la muerte con otra percepción: una narración inquietante, lóbrega, de sorprendente final, una acertada reescritura bíblica. Sentiremos la voz desalentada de la naturaleza en “Días felices”. El mundo rural nos acogerá en su fértil territorio para lo atávico con “Las huellas de los pájaros en el aire”, “Jueces del Valle de Josefat” o “Estorninos en la higuera”. Lo poético vendrá de la mano de “Los simunes del deseo”, “El papel” o “Armonía de las esferas”. El simbolismo trascendente de “Umbrales” o “Los despeñaderos” nos deslumbrará. El mundo de los afectos familiares palpita bellamente en “Suero” o en “Vínculos”. Nos extasiaremos con la belleza de “El pigmento de la creación”, “La piel en el rompiente”, “Mujeres desnudas bajo impermeables mojados” o “Diadema en tu cabello”. La presencia del cuerpo, con sus huesos, jugos y descomposiciones, con su deseos pujando más allá de la muerte, erizarán nuestra piel: el autor nos trae aquí por ejemplo “Manos que ven”, De masticatione mortuorum” o “Un introito para arpa de tendones humanos”. Y, como es habitual, Ángel nos transportará a la cultura del Japón que tanto ama y que no puede faltar en cada libro, esta vez con “Fantasmas de las Cuatro Suertes”. Hay espacio para lo oscuro, para la ironía, para lo metafísico, para lo imaginativo, para lo mítico, para lo erudito y lo fantástico. Este verano, acompañados de “Estigia”, se nos hará mucho más fresco y más corto gozando con esta colección tan heterogénea y excelsa.

Navegad, marineros en la laguna de sus letras, llegad a horizontes velados e infinitos. Porque, como dice Ana María Shua en el prólogo, nada es tan simple cuando nuestro Virgilio se llama Ángel Olgoso, que nos hace viajar en el tiempo y en el espacio, atormentándonos dulcemente mientras leemos y nadamos, con la cabeza apenas sobresaliendo de las negras aguas. 

Y, para terminar, y a modo de invitación, quiero dejaros con “El purgatorio”, relato con el que finaliza el libro:

“En la última página de su última obra, el autor escribió la palabra «Fin». Los empleados de la funeraria −que mostraban ya una cortés impaciencia− pudieron entonces asegurar la tapa del ataúd.”>>

lunes, 25 de agosto de 2025

"Mixtura" en Librújula

Muchísimas gracias a la revista Librújula por hacerse eco de "Mixtura. Antología personal" (Averso, 2025), un libro que ya se encuentra en librerías y que será presentado prontito. Da gusto ver que, poco a poco, este libro va caminando.


<<Este poema 22, 'Madre piedra que estás en la tierra' figura en este volumen Mixtura, de reciente publicación, que es una antología poética personal con una amplia muestra de los diez libros publicados, hasta el momento, por esta poeta chilenoespañola, Marina Tapia. Una oportunidad única para hacerse con muchos de ellos, inencontrables dada su condición de libros premiados y no venales, y de adentrarse en su creación elegante, sensorial y rítmica. Su permanente búsqueda de nuevos registros ha tenido como ejes la naturaleza, la identidad femenina, la escritura y el silencio, el amor y el erotismo, lo plástico y la errancia geográfica y vital. En palabras de Juan José Castro, Mixtura recoge «una mirada retrospectiva, ya serena, dueña de su oficio, consciente de la inmensa labor estética que conlleva sostener una carrera poética ascendente, sin renunciar por ello a la verdad de la palabra».

Poema 22.

Madre Piedra que estás en la tierra,

significada sea tu estirpe.

Vuelva a nosotros tu reino.

Hágase tu voluntad,

así en el magma como en el cosmos.

El agua nuestra de cada día

dánosla hoy

para lavar el cuerpo,

para lavar el alma.

Y perdona nuestras ofensas,

nuestra extracción voraz de tu materia,

ese eterno saqueo.

No nos dejes caer en la codicia.

Y líbranos de nosotros,

Piedra Madre. >>

sábado, 21 de junio de 2025

Entrevista en Ahorateleo

Muy agradecida a Carmen Hernández Montalbán por su entrevista en Ahorateleo, de la asociación La Oruga Azul, a propósito de la publicación de "Mixtura" (Averso). !Espero que os guste, amig@s!




-Háblanos un poco de ti.

Nací en una ciudad muy particular, en Valparaíso, un enclave con una geografía única: puerto en movimiento continuo, casas amontonadas subiendo por sus cuarenta y dos cerros, decadentes caserones estilo inglés, escaleras interminables, perros callejeros por doquier, ‘arte a cielo abierto’ y curiosos funiculares (ascensores). Creo que el paisaje siempre marca. Era un mundo de estímulos, de colores y de cúmulos, la mayor parte del año, grises, un espacio que tendía a la nostalgia, donde en las radios de las micros se escuchaba música desfasada, de la ‘nueva ola’, donde todavía existían ‘emporios’ y locales de aspecto decimonónico o bares de ambiente marinero. Nací dentro de un pasado detenido. Y siempre estuve rodeada de arte y de libros. Mi padre y mi madre se conocieron en la escuela de Bellas Artes y son pintores y poetas. Nosotros, sus hijos, tuvimos la suerte de que nos inculcaran el arte desde pequeños, y de poder desarrollarlo en comunidad, en familia, en diversos talleres y grupos. El arte era un acto cotidiano. Esta base es la que tengo, y sobre ella se ha ido construyendo mi andadura poética. Gracias a mis padres y a su entorno, aprendimos a cultivar la observación detenida de lo que veíamos, a tomar siempre apuntes en libretas que se llevaban a todas partes, a tener una rutina de lectura, a ser críticos con lo realizado, a disfrutar con la creación. Es extraño haber crecido en esa burbuja de creatividad en plena dictadura. El golpe de estado había hecho fracasar la floreciente época cultural que vivieron mis padres: la de la canción popular con Víctor Jara y Violeta Parra a la cabeza. Yo ya nací en dictadura. Hay un verso de mi libro “Corteza” que, de alguna manera, me define y quizá engloba a toda una generación: “soy esa conjunción de mis dolores / el vuelo sobre el cielo del fracaso”. Volamos desde el dolor de lo real a través del arte. Un proyecto social e igualitario que aplacó Pinochet… pero el canto, la música de protesta de sus canciones jamás murió. Después, ya en los noventa, parte de nuestra familia emigró a Madrid, y luego cada uno ha cogido su propio rumbo: Granada, París, Berlín, Vigo… Creo que lo artístico y el hecho de cambiar de lugar (con todo el camino de aprendizaje personal que eso conlleva) es lo más determinante y es lo que nos define como familia y también de manera individual.

-¿Qué podemos encontrar entre las páginas de Mixtura?

Una amplia muestra de los diez poemarios que he publicado hasta el momento. De cada libro se recogen más de veinte poemas. Y cuenta además con un bellísimo y muy completo prólogo de Juan José Castro. Es una destilación de mi trabajo creativo en el área de la poesía. He intentado que todas las temáticas que he cultivado estuvieran presentes: la identidad femenina, el silencio y la palabra, la naturaleza, el amor y el erotismo, la errancia y la plástica.
Esta mixtura, esta fusión de sustancias interiores, creo que puede dar cuenta de lo que me ha importado siempre: la búsqueda de una voz propia, el deseo de trabajar el lenguaje con mimo, la importancia que doy a los ritmos y a la musicalidad, la necesidad del entorno natural y salvaje para encontrar nuestro lugar en la poesía y en el mundo, y la mirada hacia la otredad, hacia los seres humanos hecha con atención y empatía.

-¿En qué ingrediente reside la fuerza de este libro?

Creo que a pesar de su variedad de temáticas, todas ellas se hermanan en una voz asombrada ante lo observado, un lirismo muy atento a los cinco sentidos, que otorga más plasticidad a los versos. Muchas amistades escritoras dicen que mi poesía es muy sensual y, algunas veces, con un erotismo muy marcado. Creo que este libro a pesar de contener diez trabajos con distintas claves posee un sutil hilo conductor, que es, según mi opinión nada objetiva: la vibración de la voz poética al contemplar el mundo. Siento que hay algo vivaz, no estático, una búsqueda contante. Pero lo más bonito es que los lectores me digan cuál es la fuerza de este compendio. Son las opiniones de ellos las que importan y que, espero, me vayan llegando tras su lectura. Ya se sabe que una vez publicado un trabajo ya no te pertenece, los libros viven de una manera única y particular en cada persona que los lee.

-¿Cómo describirías tu trayectoria de escritor desde la primera publicación hasta esta última?

Es posible que haya ido ganando más seguridad a la hora de escribir. Atreviéndome a ser más conceptual y hermética. Con “Piedra que mengua”, no estuvo tan presente la consideración de ser entendida, cercana. Me dejé llevar, fue un rapto. Este último tiempo, me he atrevido con el soneto que siempre impone mucho, y he experimentado con poesía visual, voy dejándome llevar. No hay nada que demostrar. Sólo me acuna esa fascinación por las palabras, ese deslumbramiento de siempre. Voy escuchando a la que dentro de mí habla. También tengo que destacar y agradecer vivir con un gran escritor como lo es Ángel Olgoso. Él es un referente continuo para mí, su independencia, su manera de afrontar la escritura y la lectura, con tantísima entrega y responsabilidad, me nutren cada día. Soy una privilegiada.

-¿Cuál fue el último libro que leíste? ¿Por qué lo elegiste?

A raíz de ver un documental sobre Ana María Matute (Imprescindibles de RTVE), caí en la cuenta que me faltaba leer alguno de sus libros. Así que acabo de terminar “Algunos muchachos”, una obra densa, que deja estela. Esa manera suya de mezclar la crueldad del ser humano con la inocencia es única. Es como exponer un pecho desnudo y rozagante junto a otro tapado. Es increíble cómo expone las fricciones de la emoción con un pensamiento aprendido. Es como si desembocaran, en un mismo embalse, ríos opuestos. Muestra el contraste entre clases sociales que tan bien armonizan; como si nos dijera: todos somos hijos de un instinto de supervivencia primitivo. Por eso los lectores nos vemos reflejados en personajes tan diversos y contradictorios: no hay negro sobre blanco ni blanco sobre negro, sólo mixtura humana. En su literatura nada es grave ni categórico, aletea una risa sutil, una ironía mansa que agradecemos. Su prosa tiene flecos. Tiene compuertas desdibujadas donde podemos entrar, si queremos, para hacer nuestras propias interpretaciones. Este conjunto de relatos tiene finales inesperados, nada tópicos. Simbología. Un lugar para las preguntas.

-Y ahora qué, ¿algún nuevo proyecto?

Sí, he estado terminando las ilustraciones de un libro de poesía infantil que he escrito. Este proyecto lo tengo hace bastante tiempo en marcha, desde Óbidos, pero he ido aumentándolo y perfeccionándolo, también ‘probando’ mucha de sus poesías con el alumnado de los colegios a los que voy. Mi deseo era que cada poema tuviera su ilustración. ¡Y ya por fin las tengo todas! Todo hecho a mano por supuesto, sin ayuda de ordenadores o de IA, jejeje. Me ilusiona muchísimo ver este libro publicado, poder regalárselo a mi sobrina Minagua (a la que está dedicado), poder hermanarme con tantas otras poetas que admiro que hicieron un espacio a la poesía infantil, además de la dirigida a los adultos, como mis queridas Gabriela Mistral, Gloria Fuertes y Angela Figuera Aymerich. A veces siento que la escritura es también amor hecho palabras, y yo siento mucho cariño por ese niño que todos llevamos, ese inventor, ese mago, ese ‘rimador’, ese fabulador que siempre persiste en cada uno. Quisiera que este libro lleve imaginación y risa a quien lo lea.

miércoles, 11 de junio de 2025

Acerca de tres libros de la poeta argentina Nélida Cañas

Comparto mi reseña "Acerca de tres libros de la poeta argentina Nélida Cañas en la revista Masticadores:



ACERCA DE TRES LIBROS DE LA POETA ARGENTINA NÉLIDA CAÑAS



RESPIRO UN CAMPO DE LINO

Como ya nos tiene acostumbrados, Nélida Cañas, poeta de lo sutil y desatendido, vuelve a conmovernos con “Respiro un campo de lino”. Ella sabe captar con maestría lo mínimo, lo que en apariencia no reviste importancia, pero que −visto a la luz de las estaciones y de su mirada atenta− dibuja esas huella certera y sutil que emociona. Los movimientos de la naturaleza son perfilados minuciosamente y, a la vez, desde lo alto, desde la visión de un pájaro en vuelo.

Insinuación, apunte preciso, magia secreta de los espacios abiertos, campos propicios para reflexionar sobre la belleza. Esos elementos son los que nos dona Nélida con su poemario, esa suerte de trascendencia que habita en lo minúsculo.

Festejamos la calidez de nuevos significados. Aquel espíritu que nos acuna, cuando sabemos leer entre líneas. Tres versos como estos, “El viento/ se hace ovillo/ en los rastrojos”, traerán a nuestra sensibilidad una ráfaga de significados. En los rastrojos, aquello último y olvidado, es justamente donde el viento se entretiene y recrea. ¿Acaso en nuestra vida la verdad y la luz no se pasean más a sus anchas en aquello que descuidamos?

A veces, una imagen potente y muy vívida le vale a la escritora para definir un paisaje (“El huso de la noche/ hila sueños./ El día lo deshace”); otras, su planteamiento se desgrana y nos regala un conjunto más extenso de asombros (“La lluvia reverbera/ en la laguna./ Una garza/ se sostiene en la orilla/ en una sola pata”).

Adjetivos precisos que prestan textura y cuentan una historia con limitados recursos: “Una hojita leve/ y sola/ en la indigencia de la tarde”. Esa “indigencia” posee una gran carga simbólica en estos momentos en que hemos dejado a la naturaleza desprotegida y devastada. La autora sabe jugar con lo medido, con una baraja de pocas palabras gana la mente del lector.

Hermosísimos poemas nos dejarán un gusto de levedad, de extrañeza, de añoranza: “Entra un rayo de sol:/ tu ventana/ se sostiene/ en la pared ruinosa”.

Y quizá este texto sea el que mejor pueda definir el conjunto, su voluntad, sus pilares: “Escribir./ Escribir lo sublime/ como quien pinta el cielo/ o traza un círculo”. Porque queremos ese dibujo que Nélida Cañas hace de la vida, sus pasajes, su acontecer. Queremos estar imbuidas en su esperanza, en el cúmulo de sus deseos, en esa mirada puesta sobre lo amable y lo ínfimo. Necesitamos que la voz de la poesía nos arrastre por las facetas menos erosionadas de lo humano. Su voz cercana al aire.



EL LIBRO DE LAS FLORES

En este bello poemario que se compone de seis partes o momentos −en palabras de la autora− “Lenguaje”, “Danza”, “Ofrenda”, “Enunciación”, “Florecimiento” y “Habla”, Nélida Cañas destila, con un lenguaje preciso, colorido y profundo, un acercamiento al simbolismo contenido en las flores. El libro es una verdadera delicia para los sentidos. Lo plástico, la metáfora, acompasan una voz madura y medida, una voz que no necesita artificios para hablarnos sobre aquello escondido en realidades mínimas. Sirva de ejemplo el poema “Trigales”: “círculo amarillo/ en la memoria/ aro de fuego/ en el que ardo”. O en el excelente texto titulado “Rosa” en el que se compara a esta flor con un mandala en que abreva la luna.

Con citas muy bien escogidas, Nélida va guiándonos por un camino de sensaciones sutiles, va adentrándonos en su universo único, abanico de pureza léxica y de hallazgos. Quizás los versos “alcanza la belleza de lo que calla” o en “florecer/ florecer al fin/ en el silencio/ de lo leve” sean dos de los textos que mejor definan esta propuesta de la poeta.

El libro nos seducirá −también− por su vocabulario rico y acorde con lo contado: “inefable planicie/ de lo divino”, “hecho de ideogramas perfumados”, “para ofrecerle la secreta/ vinculación de sus jugos”.

Os invito a despertar vuestros sentidos en este jardín de encantamientos líricos, “como amantes enloquecidos” de las etéreas delicias de la vida.



SINFONÍA DE AGOSTO

Tal como nos cuenta Estela Sanlungo en el prólogo de “Sinfonía de agosto”, este poemario es como un libro de definiciones, una especie de diccionario personal donde la poeta nos traslada, de forma delicada y precisa, sus impresiones acerca de un abanico de conceptos que desea volver a revisar y definir. Para ello va allegando múltiples elementos del mundo natural con el que Nélida Cañas -tal como he visto en anteriores trabajos suyos- guarda una relación muy estrecha.

Y como si fuera un cuento lo que nos quisiera contar con cada poema-definición, la autora comienza sus textos con la palabra “cuando”, llevándonos así a ese tiempo pasado que ahora nuevamente se recrea.

Nélida se vale de lo conciso, de lo breve, hay un claro intento de apresar algo mínimo y describirlo también con las mínimas palabras. Porque no es necesario adjetivar demasiado cuando lo que se nombra contiene en sí mismo una carga simbólica y plástica. Esto lo sabe muy bien nuestra poeta. Ella nos dice (definiendo la escritura) “cuando abro/ mi libreta de notas/ y/ me dejo decir/ por el lenguaje”. Sí, dejarse decir es lo que busca su poesía, quizá ser un conducto o un canal en el que un lenguaje secreto y no tan evidente se manifieste.

Veremos en este conjunto que lo mágico, lo onírico, el mundo de la infancia, están muy presentes: “cuando encuentro/ entre las hojas de la hierbabuena/ la leve pluma/ del ángel de la guarda”. Nélida no le teme al diminutivo, a las palabras empapadas de ternura, porque sabe bien regalarles otras dimensiones, lograr que suenen a belleza y sinceridad en nuestros oídos.

La figura de Emily Dickinson sobrevuela las páginas de esta sinfonía: ambas escritoras cultivan el mundo íntimo de la naturaleza (“y al fin/ no se niega/ al lenguaje de la flor”, “cuando un pajarito/ leve y solo/ es un chisporroteo/ de agua clara”), rescatan el asombro por asuntos que, de tan cercanos, se tornan invisibles para nuestra contemplación.

Encontraremos también un diálogo bosquejado −a través de precisas pinceladas− con otras autoras y personajes de distintas épocas, que hacen más rico este original diccionario poético.

Dejad que los compases de estos versos vegetales y serenos, cargados de estaciones y de pequeños hallazgos se desgranen lentamente en el mantel de vuestra escucha.


Marina Tapia

lunes, 9 de junio de 2025

Reseña de "Piedra que mengua" por Gerardo Venteo

Muy agradecida al poeta Gerardo Venteo, por esta preciosa reseña de "Piedra que mengua" publicada en Todoliteratura.es ¡Qué ilusión contar con su mirada!



UN CANTO MINERAL

Vivir, Hacer, Construir, son tareas o actitudes inherentes al ser humano. Para conjugar estos verbos, partimos de la necesidad desde la cual proyectamos nuestra voluntad, nuestra intención y nuestro afán y nos conducimos hacia el logro de la finalidad en la cual debemos emplear un esfuerzo sostenido con la materia prima de la que disponemos. Los elementos que necesitamos están al rededor: es el lugar donde vivimos, el suelo que pisamos,la naturaleza que nos provee. Esta común unión entre humanos y naturaleza hace mucho tiempo que el ser humano la ha roto quedando expuestos al devenir del desastre. Para levantar una casa que nos proteja de la intemperie empleamos el cimiento sólido de la piedra sobre la que poder asentarla. Para construir la casa humana donde quepa del pensamiento y las ideas necesitamos el mineral del lenguaje. Los poemas que aquí nos propone Marina Tapia son también una casa donde pensamiento y emoción se asientan de manera hermosa.

Piedra que mengua (que obtuvo el premio del XL Certamen «Ángel Martínez Baigorri» Lodosa (Navarra) es un poemario sólido, un libro mineral que aborda la gravedad de lo primigenio como sustrato base a partir del cual situarnos y construir un lugar en el mundo y esa casa que es (origen y destino) el amor.: “ Antes de que tu beso/ cambiara mi sustancia y redimiera el núcleo/ del dolor,/ fui Babel.” Comienza así el poema 1: “En el comienzo/ aquella voz magmática/ fundía sobre lava/ su profundo nombrar.” (…) para concluir el poema diciendo: “En el comienzo tú,/ sordo estruendo,/ amor/ de fuego.

Piedra que mengua parte con toda su gravedad de lo esencial y a partir de ahí, palabra a palabra, imagen tras imagen, construye un canto imantado que se eleva estrastosférico alrededor de un concepto; la piedra (sujeto concreto que expele un campo semántico de amplio espectro).

El Libro de Marina aborda la tangente temporal del sujeto poético a través de una voz múltiple (el objeto y sus variantes en distintos escenarios) que parte de una sola voz (la propia voz poética) y habla de heredad como un macizo a partir del cual sucede la historia en la que también sucedemos nosotros “ Cordilleras,/ salientes emotivas./ Sois hálito ascendente,/ o dedos de las diosas que, dormidas,/ levantan sus pulgares y acarician/ la pulpa de las nubes. La poética que atraviesa este Piedra que mengua es un magma que se solidifica en el poema de manera sutil y caleidoscópica.

Sobre lo sólido y grave se construye, en este libro, lo líquido, lo húmedo, lo frágil, lo pequeño y lo hermoso; la voz. Y esta voz se eleva sobre la tangente material del objeto (la piedra) para abrazar con la boca el latido del corazón del poema que a su vez es el magma con el que solidifica y se hace esta casa.

Este poemario basáltico, sólido, polisémico y sedimentario, parte de la contemplación lenta y el pensamiento analítico para conjugar de manera precisa (y preciosa) la emoción que puede llegar a conmovernos con lo que no parecía posible. Con gran sensibilidad y destreza técnica, Marina asigna a la piedra el lugar de un tótem sagrado que sostiene todo y se alza sobre todo y es, desde una mística casi religiosa, que aborda la rotundidad del peso mineral y el origen como lugar sagrado y lo expele (desprovisto de gravedad) en forma de canto.

Este canto de heredad “ Abecé de mi canto,/ que en cada roquedal se enreda./” (ancestral, testimonial, geológico, arqueológico, antropológico) en ascenso vertical, se construye a partir de los cimientos sobre los que se asienta un sujeto moral que forma parte del tiempo, su tiempo propio que atraviesa un momento histórico a través de un paisaje interior cambiante hasta convertirse en un canto rodado arrastrado por el río, un paisaje fértil o un desierto y pronunciando así maneras o una manera de estar y de asistir al mundo. Este canto es una oración. En el poema 36: “Dichosas vosotras/ que lleváis/ el soplo de la tierra en vuestro centro,/ generosas matriuscas,/ pues Canaán os aguarda.// Dichosas vosotras/ que tenéis compasión por todo lo que late,/...”

Es difícil destacar unos versos sobre otros en este libro excepcional pues habría que transcribir poemas enteros casi o abundar con profusión y alegría en cada uno de ellos. Así ocurriría con el poema 2 que comienza diciendo: “Me bautizaste piedra,/y me envolviste entera de firmeza,/ (…) y en el cobre/ de mi veta extenuada pusiste/ esa humedad de amor.” o en el poema 3: “ Y ahora soy palabra que se adensa,/ tan firme y compacta:/ un carrusel de ritmos contenidos.”

Marina ha compuesto un canto que bebe desde el interior de las simas y las sobrevuela creando un paisaje hermoso de palabras a partir de lo sólido. Este libro sereno, es un libro de amor que parte desde la tangente mineral de lo más sólido para, a través de la contemplación, el pensamiento y el lenguaje, construir esta casa. “Dulzura es lo que hallo en la sustancia/ que tú me concediste./ Me visto de certezas./ Mi corazón es gruta. / Un blanco laberinto de pilares/ donde tu voz camina.”

martes, 4 de marzo de 2025

7 poemas de "Piedra que mengua" en Vallejo & Co.

Es un honor que Vallejo & Co., una de las revistas culturales más interesantes en el ámbito hispanoamericano, haya dado cobijo a algunos de los poemas de mi último libro, "Piedra que mengua". Esta revista peruana es un activo punto de encuentro para las poéticas y las diversas corrientes literarias y artísticas.



jueves, 2 de enero de 2025

Reseña de "Piedra que mengua" por Gregorio Dávila de Tena

Qué bonito es empezar el año con esta maravillosa reseña de "Piedra que mengua", escrita por el excelente poeta -y buen amigo- Gregorio Dávila de Tena, y publicada en la revista Culturamas.




MADRE PIEDRA, DÁNOS REFUGIO
‘Piedra que mengua’, Marina Tapia. Ayuntamiento de Lodosa, 2024.

(Gregorio Dávila de Tena)


    La creación poética va madurando a través del diálogo fecundo con la tradición literaria a la que pertenecemos. Y el poeta va menguando en favor del poema. Como dijo Gil de Biedma: «Yo creía que quería ser poeta, / pero en el fondo quería ser poema». Este nuevo libro de Marina Tapia es una hermosa muestra de ello.

    ‘Piedra que mengua’ ha recibido el Premio del XL Certamen poético «Ángel Martínez Baigorri» de 2023 y ha sido bellamente editado por el Ayuntamiento de Lodosa (Navarra). Se trata de un libro unitario en su desarrollo y variado en sus tonalidades, con fundamento en un arquetipo o metáfora esencial como es la piedra, y sobre ella va mostrando un rico tapiz de emociones, imágenes y recursos poéticos. Podemos encontrar desde un soneto (poema 18) hasta un poema visual (11) pasando por otras variadas formas líricas como una paráfrasis del Padrenuestro (22) pero dedicado a la Madre Piedra.

    El poemario no tiene secciones y los poemas transitan una senda continua que se recorre con placidez. Me ha llamado la atención el número de poemas: treinta y nueve, que son los mismos que la versión A del Cántico espiritual de San Juan de la Cruz, al que cita en uno de sus versos. También es original la forma de titular los poemas con un verso cualquiera del poema resaltado en negrilla.

    El prólogo de Pura Fernández Segura resalta, entre otras cosas, esa vocación de entrar en lo otro y esa búsqueda interior de lo sagrado. Y en la dedicatoria que hace en mi ejemplar habla de «la hermandad de las búsquedas interiores».

    Cuando nos adentramos en el libro encontramos versos como estos: «Me bautizaste Piedra…/… y en el cobre / de mi veta extenuada pusiste / esa humedad del amor». La piedra y el agua, el agua que brota de la piedra es un símbolo recurrente en la tradición poética. La autora se hace piedra menuda, ‘piedra pequeña’, que acoge «las corrientes y verdades subterráneas», pozo que recoge la lluvia en el desierto.

    Marina es natural de Valparaíso (Chile), tierra de grandes poetas como Neruda, Mistral, Teillier o Rojas y su poesía tiene ese sabor primigenio de la patria natal. Así en el poema 12 nos habla de sus raíces: «No hay belleza más alta que los Andes…». Parece pequeña pero es grande como una cordillera, maternal como el viento, suave como un recuerdo de la infancia, ‘enamorada y alta’.

    Pero Marina vive actualmente (felizmente) en Granada, también tierra de buenos poetas y en sus poemas se transparenta el aroma de esas nuevas influencias. Al final una es ciudadana del mundo y conecta con la humanidad de los seres cercanos. Una no se desterró de ningún lado sino que «Emigré hacia mí misma» dice un verso suyo, «a esa unidad más íntima y compacta». Hay un continuo regreso a ese centro interior donde se encuentra el sosiego.

    El poemario discurre en un tono sereno y delicado, con palabras que acarician y enternecen. Pero también con dentelladas de fuerza que contrastan felizmente en su amena lectura. Se percibe frescura y sensualidad («mis pechos de paloma», «dulzura es lo que hallo en la sustancia / que tú me concediste») junto con el aullido de una voz de fuego, el rugido de un león asirio o el magma de los volcanes.

    A través de los poemas se va desarrollando un diálogo con un tú poético que a veces parece un ser trascendente, un espacio sagrado, y a veces se muestra como otra zona del yo poético, en «¡un doblez luminoso!». Un «tú» que forma parte de un «mí». ‘Yo soy el otro’. «Nosotros» se forma con «nos» (yo) y «otros». Al final «Solo hay un poeta», dice Rilke, y solo uno es el Poema.

    El tema de la identidad se diluye en la Poesía y el ego mengua hasta desaparecer. De modo que es frecuente, al pasar el tiempo, no reconocer lo que uno ha escrito, leer hasta con extrañeza y asombro los versos propios. Creo que es una experiencia común en muchos escritores. Porque como dice Gil de Biedma de nuevo: «Un poema es una criatura de un orden de realidad muy distinta a la de uno mismo», Y sin embargo, en franca oposición o contradicción, dice Francisco Brines: «Todo en el poema está haciendo referencia única al que lo ha escrito». Y creo que ambas declaraciones son ciertas. Esta es una de las grandezas de la poesía.

    La cuestión de la identidad también se refleja en el poema 8 donde «ocurre el milagro de ser / otra cosa —y yo misma—». Algo que sucede sin esperarlo cuando nos visita la belleza y estamos a solas con el misterio de ser. Este yo con el que nos identificamos y que a la vez queremos dejar en la cuneta: «líbranos de nosotros».

    El arquetipo de la Madre aparece con frecuencia en el libro como en el poema 28: «Piedra matriz… / y no puedo decir otra palabra / que el nombre maternal que me atempera». Los poemas son cantos de gozo y esperanza, salmos a la raíz madre, a veces con pinceladas de noche, cansancio y angustia, con «la caricia del canto que la mar ha pulido».

    Al final la autora vuelve (siempre ‘el eterno retorno’), tras un proceso de transformación, para decirnos «cuánto amor ha visto en la pizarra que se quiebra», cómo el desgaste la hace perla, vuelve con un semblante más auténtico, más sereno, hija de la tierra, porque «has mezclado mi voz con arcilla…/ has hecho de la roca mi refugio».

    En sus poemas Marina se hace acompañar de poetas de hondo calado, de profundidad espiritual como el ya citado San Juan de la Cruz, Clara Janés, César Vallejo, Chantal Maillard, Antonio Machado y otros, en esta llamada a «sentir y despertar / con esta escucha nueva que nos ciñe”. Un poemario que sería muy del agrado de Ángel Martínez Baigorri, poeta y jesuita a quien está dedicado este Premio, quien entendía la experiencia poética como un ver en todas las cosas la presencia de lo divino.

    ‘Piedra que mengua’ es un hermoso poemario que abre el espacio a lo más sagrado en nuestro interior, un camino de búsqueda por las collados del corazón, un bautizo en el agua de la esperanza, un cervatillo que araña los velos de la noche.