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viernes, 12 de diciembre de 2025

Reseña de "Mixtura" en El Fescambre, por Jimy Ruiz Vega

Contentísima con esta reseña de "Mixtura. Antología personal" (Averso, 2025) de la mano de Jimy Ruiz Vega, crítico y perspicaz lector al que tanto admiro. Podéis leerla en la página El Fescambre.



Digerir el mundo
Jimy Ruiz Vega

El primer elemento con el que se encuentra un lector cuando empieza un poemario es la voz de quien habla, susurra o canta entre verso y verso. Esta voz nos va a acompañar desde el primer poema hasta el último que cierra el libro, y nosotros, los lectores, debemos reconocerla y creer en ella. Como mínimo, debería hacernos sentir algo que nos permita labrarnos una opinión concreta sobre su idiosincrasia y mundo simbólico. Son sus palabras, su ritmo y disposición las que nos van a aportar, de inmediato, detalles, imágenes y emociones sobre su creación poética; todo al unísono, bajo un conjuro, tal como ocurre cuando paseamos por la calle y alguien se pone de repente a contar batallitas de estados emocionales en una esquina.

Es fácil quedarse atrapado por la voz poética de Marina Tapia (Valparaíso, Chile, 1975) de lo que evoca y vislumbra en sus versos sobre sus recuerdos de infancia, lugares habitados e identidad femenina. Todo ese mundo suyo de emociones y vivencias airean con sencillez y naturalidad una conciencia ética. Su poesía emerge desde la tensión experimentada, vista y sentida al propio tiempo que el poema inicia su viaje o descubrimiento: /Busco la voz que escale a lo callado/, dice la poeta en Cantaora, uno de los ciento cincuenta y cuatro poemas reunidos en Mixtura (Averso, 2025). Esta antología personal, editada con primor y mucho gusto, aparece como una vista panorámica de la trayectoria poética de Marina desde 2013 hasta 2024, un recuento de su trabajo creativo en el que despunta la naturaleza, el erotismo, el amor y el vínculo errante de vivir y estar en el mundo.

Mixtura es una antología que pone al lector frente a una exposición de poemas en el que el yo lírico se deja ver en el tiempo, desde su estado de entusiasmo e inspiración, hasta de éxtasis y fervor por la naturaleza. Esa actitud de asombro y señuelo ante la naturaleza está muy presente: /El bosque siempre guarda habitaciones/, sostiene el verso final de Salvaje; /He encontrado mi voz / en el murmullo amplio y colectivo / del río, del sendero / hacia los bosques./, confiesa en otro poema. En Marina, la poesía está totalmente despojada de retórica, y la metáfora nunca impide ver la vida, antes bien, se pone a su disposición.: Yo vine para esto, / para regocijarme en el avance, / para encontrar mi voz de nervadura, / para llegar un día / al lecho de la tierra que transforma.

No me olvido en resaltar la condición e identidad femenina que conforma el modo de vida propio de la poeta, así como su fascinante juego intelectual y erótico por el que transita con destreza lo dicho y lo callado de su poesía. En El relámpago en la habitación, quizá el poemario más espiritual, erótico y sensual de su producción, encontramos versos y cantos propicios que van no solo más allá de su significado aparente de realidad íntima, sino de realidad trascendida: Escucha, / la lujuria / es santa, / no te pierdas / el goce de saberte un animal. En El deleite, otro poemario que pone en alza los sentidos, el resurgir erótico de estos y su cartografía, como muestran estos versos de su poema El tacto, tan evocador y emotivo: Soy la miga de pan que retiene tu mano, / que dan forma tus dedos / (con un gesto aparente de calma) / y al ritmo sostenido del amor.

También está presente en la antología algunos de los poemas de Islario, un libro del que guardo una grata estancia lectora, que le valen a Marina para otear paisajes vívidos y razones para rememorar sus ecos y confluencias. Tiempo, amor, memoria, paraísos anhelados, destino, señales y vestigios, son temas recurrentes en su poesía, en la palabra como hacedora de mundos, como así refleja estos versos del poema Certeza: Soy el recorte vivo de un recuerdo que nunca sucedió. / Pertenezco a esa tierra que atrae / solamente a las voces perdidas. En esos encajes, entre palabras y estados de ánimo, se sustenta de alguna manera todo el sentido de lo que uno percibe de la poesía, y sucede, en verdad, cuando se tocan la vida reflejada de quien la escribe y de quien la lee. Marina es fundamentalmente una observadora del mundo que pisa, y de sí misma, una poeta encariñada con el paisaje y su memoria de donde, a su entender, parte todo.

La poesía de Marina Tapia, “de palabra vivida y significada, poeta de la tierra y el amor”, como recapitula Juan José Castro Martín en el prólogo del libro, transmite humanidad, ternura y arrobo. Su poesía no se aleja en ningún momento del pálpito de las palabras, del estremecimiento que suscitan y de sus significados. En estos encajes, entre palabras y estados de ánimo, diría que su poesía no hipnotiza, más bien despierta y busca instalarse dentro del lector: Me doy / pero me guardo, / he ahí mi mercancía. / Dejadme que conserve / algún secreto / furioso / entre los dientes. / Por lo demás, leedme sin piedad.

Esta antología personal atesora agudeza y un río de buenos poemas. Marina Tapia firma un jugoso compendio de su itinerario vital y creativo, ámbitos bien esparcidos a lo largo del volumen, como testimonio propio de su quehacer y de su pasión por la poesía. Solo me queda añadir que Mixtura despierta la sensibilidad que todos llevamos con nosotros mismos. Si la poesía importa no es por otra cosa que por saber que tiene algo distinto que ofrecer, algo tal vez más admirable, estético y sorprendente por desvelar e interiorizar, pero no por ello menos cierto o enigmático. Por eso nos gusta la poesía. Y nos seguirá complaciendo, sin tener que acudir a destacarlo con el énfasis artificioso de antaño.

sábado, 29 de abril de 2023

Reseña de "Islario" por Jimy Ruiz Vega

Muy agradecida y feliz por esta preciosa reseña que el crítico Jimy Ruiz Vega ha regalado a mi "Islario", publicada en su blog El Fescambre.



CARTOGRAFÍA GOZOSA


Jimy Ruiz Vega

El área geográfica que abarca Islario (Amargord, 2023) representa un mapa extenso en el que la poeta Marina Tapia (Valparaíso, Chile, 1975) convierte en ventanas y en cantos sus mudanzas, requiebros y memoria viva a través de un conjunto de poemas en los que se proyecta el misterio y el compás interior de islas, territorios y enclaves que le han propiciado una buena dosis de añoranza, emoción, amor o extrañeza a la hora de concebir su sentido y significado. En ese deambular de estar y encontrarse, arranca con una cita de Dionisia García para sopesar y ceñir el campo impredecible de la poesía: Incansable la vida. / Tanto mundo no cabe en el poema.
El libro en sí está concebido bajo la idea de que la poesía está en todas partes. Cada ruta, como dice en el primer poema, sugiere voces perdidas que reclaman el recuerdo vivo de una estancia. Bajo este sentir, de esclarecer lo vivido, entona en el siguiente: Debo sentir la tierra como un todo, / mirar a las ciudades desde el faro / sensible del asombro. Con sencillez y honestidad, Tapia busca explicarse a sí misma en su periplo creativo para tratar de comprender e interpretar sus remembranzas y asomos que, a modo de cuaderno de viaje, lo atraviesa: puertos, islas y parajes emotivos, como las Islas Canarias, la Playa de Vera, Setenil, Baeza, Granada o el mirador de Priego.

En la medida en que el libro nos lleva de un lugar a otro, la poeta confiere al contenido del poema un enfoque memorable, buscando transmitir que el sonido del mismo se convierta en la sede del tiempo en el poema, como telón de fondo: Pero nunca me alejo: / todo pueblo comienza a vivir / completamente en mí / cuando me marcho. Cada poema es un viaje, o el final de un viaje por el que entramos en otra noción del tiempo y, también, en otra manera de vivirlo. Así lo deja ver al final de uno de sus poemas más extensos y reveladores que tiene por escenario Fuente Vaqueros: Yo vine para ser / voluble como el sol sobre la fuente, / para dar lo que pide / cada hora del cielo, / cada verso en que estoy contenida.

En Islario hay toda una travesía en la que, como bien subraya Agustín Pérez Leal en el prólogo, se convierte en un viaje de la imaginación y del espíritu en el que “la autora busca estar, encontrarse, ser, y no simplemente visitar”. Ahí lo condensa todo, o casi todo. Escribe desde su presente mirando atrás. En sus versos hay ensoñación, fulgor, espejismo y perplejidad, que le valen para otear paisajes vívidos y razones para evocar sus ecos y confluencias. Tiempo, amor, memoria, paraísos anhelados, destino, consuelo, señales, vestigios, son temas presentes en su poesía, en la palabra como hacedora de mundos para que se cumpla aquello que decía Rilke: «Para escribir un solo verso hay que haber visto muchas ciudades».

La poesía de Tapia, bien jalonada en versos endecasílabos y heptasílabos, exprime los surcos más cercanos a la evocación y a las estancias de un recorrido vital, sin gritos ni susurros, hablando siempre a media voz. Así es como se hace notar. No como trinchera, sino como iniciación al examen de un discurrir, como paseo por lo indecible. En ese sentido, Islario es un poemario que no cierra el paso a nadie, a condición de que quien se adentre en él lo haga sin prejuicios, sin ataduras, sin importarle acometer una expedición por lugares costeros y rincones de tierra adentro, dando paso a la realidad desbordante del otro, la del poeta que habla desde su irreductible individualidad y afectos, con suma naturalidad.

Diría que en este libro viajamos hacia unos espacios en los que la belleza y el suspiro existencial ponen su son y verdad, no solo a la realidad, sino a la propia tentativa poética que lo impulsa. Las entradas en estos itinerarios que van de Valparaíso a Granada, de Vancouver a Tenerife o de Zürich a Lishui se producen desde dentro y desde fuera, es decir, de lo que nace en su interior y de lo que sucede ante sus ojos.

Cada lector tiene la posibilidad de convertirse en otro fingidor, como diría Pessoa, y este hermoso libro de Marina Tapia se presta a ello. Cartografiar con gozo su lectura, sacando punta entre verso y verso, requiere dejarse llevar por lo que sopla dentro de sus palabras, tono y cadencia.