Muy feliz de seguir con mi sección "Indómitas y reflexivas" en la revista Culturamas. En esta ocasión, abordo la poesía contenida en la obra "Paraíso inhabilitado" de Ana María Matute, gran mujer independiente y comprometida con la literatura. Muchísimas gracias a Jesús Cárdenas Sánchez, redactor jefe de la sección de poesía de esta revista, que siempre acoge con tanto mimo nuestro trabajo. ¡Espero que os guste y os anime a revisitar a una autora única!
ANA MARÍA MATUTE
Sep 30, 2026 | Indómitas y reflexivas
Por Marina Tapia.
La literatura acompaña esta soledad espinosa, esta necesidad de otros estratos de comunicación. Las que no queremos hablar sobre hechos insustanciales, ni hacer un recuento de nuestro día a día, ni posar la mirada sobre frases hechas y manidas sino, más bien, vagar entre sensaciones, ensueños y recuerdos difusos estamos destinadas al mundo de los libros. Tantas veces me he preguntado: ¿Con quién puedo contrastar estados internos que no tienen palabras definidas? ¿Con quién puedo ir acopiando revelaciones mínimas y sensoriales? ¿Con quién puedo comentar cómo cambia nuestro enfoque ante las circunstancias, cómo las nubes oscuras de los que te rodean sombrean los hechos, para ti, luminosos? Cuando no se quiere sentar cátedra y sólo se aspira a bucear en algo profundo, y a compartir un estado de observación, la mayoría de las veces solo encuentro a los libros. Ellos están ahí, ellos te acompañan en ese dialogar diferente, único y a destiempo. Siempre son interlocutores ecuánimes. En general, todo lo que busco vive entre sus páginas. Allí está la humanidad atrapada en sus historias, la emoción contenida en sus poemas. Custodian un precioso decantado de generaciones, saben a savia verdadera, van más allá de la argumentación o del deseo de llenar el vacío. Las descripciones ambientadas en la atmósfera de otra época calzan en la tuya porque todo cambia y nada cambia. Y una desea sumergirse en ese mar denso y a la vez cristalino, en ese medio más amplio y significativo que te presta voces de otras razas y espacios geográficos. Ser abducida unos días, unas semanas, largo tiempo. Ola luminosa que al final del proceso te devuelve a lo real con una sensación de nueva claridad.
Todas estas reflexiones nacieron leyendo «Paraíso inhabitado» de Ana María Matute. Me sentí hermanada con su voz, me sentí realmente en compañía. Mi niñez se abrazó a la niñez descrita por ella. A través del símbolo del unicornio que cobraba vida –excelente hilo conductor de la historia–, recompuso escenas olvidadas de mi pasado, apaciguó la necesidad de afectos duraderos, limpió la casa de mi memoria.
«Paraíso inhabitado», según mi opinión, es una obra de arte, no sólo por cómo describe con detalle y minuciosidad el paso de la niñez a la adultez, o por cómo construye, con una psicología profunda y verdadera, cada personaje de la trama (hasta los menos importantes en el engranaje), sino también por su lenguaje preciso y poético. Hay muchas capas en esta narración, es una obra que anima a la relectura. Se denuncia en ella la inmovilidad de las clases sociales y las normas relacionadas con los roles de género: «Los niños juegan con los niños, y las niñas, con las niñas». Hay, asimismo, una defensa de la individualidad, un mirada protectora hacia el ser humano diferente, el que se sale de la norma. Podemos comprender la vida de tantos niños y niñas desasistidos, que crecen en familias desestructuradas y que están a cargo de criadas, tatas, cocineras o cuidadores. Y entender cómo esos niños arman su propia ‘familia de elección’.
Es realmente un compendio extraordinario que me ha llevado a meditar acerca de la soledad, impuesta o buscada. Acerca de cómo construimos, en edades tempranas, un universo propio para alejarnos de lo establecido por los adultos y nos quedamos suspendidas eternamente en ese mundo de juegos, oralidad e imaginación sin límites. Este libro me ha ayudado a escuchar a la niña que soy –y a la que sigo siendo–, me ha acercado a la adolescente que fantaseó en exceso, y también me ha permitido atisbar los convulsos años treinta en España, la realidad de un país a punto de embarcarse en una guerra fraticida. Comparto un pasaje que describe deliciosamente las sensaciones vividas por Adriana, la protagonista, en el Cuarto Oscuro donde es encerrada: «Al principio, la oscuridad fue total, puesto que el único ventanuco, que daba al patio interior, estaba tapado por un armario. Luego, poco a poco, muy lentamente, fueron apareciendo distintas siluetas. Parecía que la oscuridad adquiría una luz propia, una luz diferente a la conocida: la luz de la oscuridad que luego, a través de los años, he llegado alguna vez a recordar. Me senté en el suelo, en un rincón, y estuve atenta a todo cuanto me rodeaba. Escuchaba y sentía una mezcla de curiosidad y desazón. Al poco, las siluetas de los armarios fueron tomando cuerpo en la oscuridad. No llegaban al techo y, unos más altos que otros, formaban algo parecido al contorno de una ciudad flotante que, en la oscuridad, adquiría una dimensión desconocida […] O mejor dicho, como si la misma oscuridad, cada vez más transparente, fuera una enorme lupa que aumentaba y a la vez aproximaba a mí cuanto me rodeaba: algo parecido a cuando, en soledad y silencio, poco a poco, me invadía otra oscuridad luminosa: aquella en la que me sumergía como cuando iba adentrándome en las páginas de un libro».
Gracias, Ana María, por conducirnos al mundo de la inocencia, de la amistad que se convierte en amor y en sincronía. Gracias por traernos el universo alegórico de los cuentos tradicionales, por enredarnos suavemente en tramas de apariencia sencilla (pero que encierran tanto). Gracias por tender un puente hacia la fábula –con sus arquetipos milenarios–, hacia lo simbólico y lo fantástico. Gracias por ser una escritora indomesticable que, a pesar de diversos episodios de censura, tuvo la audacia de trascender el realismo social imperante en su época, de poner el foco de atención en los marginados del mundo, de explorar a fondo y de combinar distintos géneros narrativos, de mantener su independencia y ser fiel a su tempo.
Sé que esta no es una reseña al uso, sino dejar constancia del vínculo que crea un libro con los lectores y lectoras. Es una invitación a lanzarse al camino de las lecturas capaces de marcarnos, la que contienen las gubias precisas que nos van cincelando. Leer: acto subversivo y nunca inocuo. Hay novelas que desatan un lenguaje milimétrico. Y qué fértil es charlar con Ana María Matute. Un abanico de imágenes florecen en esa primavera que sus textos despiertan. Su voz deja en nosotras sanación y un eco de instantáneas universales. Nos adormece su nana compuesta especialmente para acunar la pubertad. Restaura nuestra herida difusa con sus personajes vivos. Antes de «Paraíso inhabitado», había atesorado en mi biblioteca «Primera memoria», «Algunos muchachos», «El árbol de oro y otros cuentos» y «Los niños tontos». Toda su obra es un paraíso a recorrer, y ya me espera, promisorio, el vergel de «Olvidado rey Gudú».
La autora, en una de sus entrevistas, dijo: «A veces la infancia es más larga que la vida». Y al calor de sus letras una parece regresar a ese periodo donde lo que se buscaba era esconderse, correr a ese terrado que nadie visita, acampar en la oscuridad tras cortinas y biombos. Sentir la liberación que nos regalan los espacios ajenos a la mirada de los ‘Gigantes’. He aquí un delicioso y plástico fragmento en el que hace un guiño lorquiano y cervantino al mundo de los teatrillos de marionetas: «Empezaba haciendo funciones para la Tata e Isabel, con los brazos en alto y dos muñecos enfundados en mis manos de niña –aquellos puños pequeños y apretados–, y acababa siendo totalmente olvidada por las dos mujeres, hasta el punto de hacerme realmente invisible, como cada vez más me gustaba sentirme, Agazapada bajo el pequeño escenario, sentada en el suelo, con los muñecos a mi alrededor y a una suave penumbra atravesada por la luz rojiza que transparentaba el telón, pude escuchar infinidad de historias, sobre mi familia, sobre mí misma, sobre la familia de las Tatas, y sobre otras muchas cosas más. Fue mi nuevo refugio, y, aunque a ellas ahora sí conocían mi escondite, el saberlo las despreocupaba, y no me buscaban, ni me llamaban, ni me importunaban».
«Paraíso inhabitado» es un libro realmente revelador. No dejéis de leer a esta grandísima autora indómita y reflexiva.

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