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sábado, 31 de octubre de 2026

Reseña de "Nômade" por Jesús Cárdenas en la revista República de las Letras

Agradecidísima y maravillada con la reseña del escritor, crítico y amigo Jesús Cárdenas publicada en la revista República de las Letras. No todos los días se puede leer un análisis tan certero, capaz de llegar a la raíz de una manera a la vez sintética y profunda. Os dejo con el enlace a esta espléndida reseña de "Nômade".


Marina Tapia nos enseña a retratar la edad

En Nômade, Marina Tapia convierte un viaje por Portugal en una ocasión para explorar memoria e identidad. Lo hace con un espíritu errante, en una sugerente combinación entre el verso libre y el soneto clásico.

© JESÚS CÁRDENAS

Conocedor del trayecto poético de Marina Tapia —poeta, artista plástica y divulgadora cultural, nacida en Valparaíso (1975) y afincada en Granada—, su vocación sostenida encuentra un nuevo cauce en Nômade (Entorno Gráfico Ediciones), que es un libro nacido a raíz de su estancia en Óbidos en 2023, tal y como señala atinadamente Virgilio Cara Valero en las páginas preliminares. La anterior antología, Mixtura (Averso), que reunía diez libros y adelantaba algunos inéditos, permitía reconocer ya una poética asentada sobre determinados núcleos, tales como identidad, paisaje, erotismo, memoria y reflexión sobre la propia poesía. A ellos, se les pueden añadir unos rasgos formales que aquí adquieren especial relieve: la plasticidad de las imágenes, la riqueza sensorial, la densidad simbólica y un tono íntimo que nunca pierde su dimensión metapoética.

Nômade reúne casi cuarenta poemas articulados en dos capítulos y una coda. No se trata, sin embargo, de una simple distribución organizativa: la estructura reproduce el movimiento esencial del libro. El primer capítulo, «Cuaderno portugués», dialoga con Pessoa y Ana Luísa Amaral, convirtiendo el desplazamiento por Óbidos, Caldas da Rainha, Peniche y otras geografías en una experiencia de conocimiento. En Tapia, la geografía se interioriza, se vuelve memoria y acaba modificando a quien la contempla. Portugal y Valparaíso, Granada y Sierra Nevada, terminan configurando la cartografía del afecto, en la que el origen es precisamente aquello que se reconoce al desplazarse.

Cuarenta poemas y una coda

Así se presenta en «Destino», donde las «viejas chimeneas», los «arcos que se caen» y las «puertas derribadas» componen una arquitectura de la ruina. En este caso, el poema avanza mediante una sucesión de imágenes visuales, casi pictóricas, y el movimiento verbal —«Me iré», «Buscaré»— transforma el viaje exterior en búsqueda de una esencia que será, paradójicamente, «intensa y diluida». La paradoja es relevante: no puede poseerse del todo aquello que persigue. De ahí que el lenguaje aparezca como insuficiente. «No hacen falta recuerdos ni poemas», afirma en «De la existencia de otros lenguajes», para concluir: «Hoy no necesitamos las palabras». Eso nos deja ante su paradoja fundacional: cuando la experiencia alcanza determinada intensidad, la palabra descubre sus límites a la par que la confirma en su necesidad.

El verso libre que integra esta primera parte propicia esa condición errante. Los encabalgamientos, las pausas y las enumeraciones favorecen el desplazamiento de la mirada de un objeto a otro sin someterse a una arquitectura excesivamente cerrada. La sintaxis hace ahora de cámara que recorre fachadas, muros, sombras, musgos y objetos. «La luz, alguna sombra, el musgo y el verdín / dibujan las palabras», así transmuta la percepción en escritura: pintura y poesía, en ese momento de la revelación, llegan a hermanarse. Algo similar sucede en «Bodegón portugués», donde la cerámica remite al «barro elemental», materia originaria que ya había adquirido relevancia en su anterior poemario, Piedra que mengua. El objeto primario y cotidiano conserva una memoria de la materia y del tiempo.

El segundo capítulo propone un desplazamiento decisivo: los poemas adoptan la forma del soneto clásico consonante. La poeta nómada se somete ahora a una forma rigurosa. Esta aparente contradicción constituye uno de los aciertos estructurales de Nômade: la errancia se encauza. Endecasílabos, rima y distribución estrófica canalizan la emoción sin anularla: «Fui nómada, lo sé, una emigrante» condensa así una identidad que, además de recorrer el itinerario, hace de ese movimiento su condición existencial.

La dedicatoria —«A Valparaíso y a Granada, tierras de asombro y errantía»— establece los principios de esta segunda sección. El origen ha llegado a convertirse en una doble pertenencia. «Sierra Nevada: en ti Valparaíso» funde espacios distantes mediante una imagen de superposición temporal: «contenido el ayer en el ahora». El paisaje se modifica entonces por un territorio interior donde memoria y presente se reconocen. Y por supuesto, la escritura proporciona una forma de arraigo: «solo escribiendo sola en mi solsticio, / puliendo cada texto sin apremios»; y más adelante, con una formulación que puede servir como declaración de poética: «mi tiempo es el lenguaje». La errancia determina un modo de estar.

La poeta construye toda una cartografía del afecto.

La tradición literaria aparece asumida como otra forma de viaje. José Hierro, Gonzalo Rojas y Valente conviven con las autoras del soneto 7 —Rosalía, Emily, Alfonsina, Mulder, Atencia, Gloria, Ángela Varela, Pizarnik y Szymborska—, cuya herencia se resume en una triple anáfora: «Me mueve». La repetición imprime ritmo y convierte la genealogía literaria en latido: «Me mueve su lenguaje que es latido. / Me mueve esa verdad en femenino. / Me mueve para amar lo que perdura». La tradición no pesa como biblioteca, sino que actúa como impulso vital y conciencia ética.

De esta manera, la pregunta vertebra la mayor parte del libro: «¿quién huye de una vida proyectada?», «¿Quién cambia lo seguro por la nada?». Aquí el nomadismo toma otra  dimensión interior: si se elige una «vida fronteriza», se acepta la incertidumbre en el contexto de una forma de integridad. El viaje exterior se revela finalmente como movilización de una conciencia y de una búsqueda de una identidad que existe por abrirse.

La coda mantiene esa tensión que recupera a su vez en la imagen final de enorme potencia: «¿Qué paisaje de fondo en mi retrato?». La poeta termina viene a ser figura y paisaje a la vez. Nômade convierte la errancia en método de conocimiento. Tal vez ser nómada consista en aprender que el destino también se escribe mientras se busca.

 

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Ana María Matute en la sección "Indómitas y reflexivas".

Muy feliz de seguir con mi sección "Indómitas y reflexivas" en la revista Culturamas. En esta ocasión, abordo la poesía contenida en la obra "Paraíso inhabilitado" de Ana María Matute, gran mujer independiente y comprometida con la literatura. Muchísimas gracias a Jesús Cárdenas Sánchez, redactor jefe de la sección de poesía de esta revista, que siempre acoge con tanto mimo nuestro trabajo. ¡Espero que os guste y os anime a revisitar a una autora única!


ANA MARÍA MATUTE
Sep 30, 2026 | Indómitas y reflexivas

Por Marina Tapia.

La literatura acompaña esta soledad espinosa, esta necesidad de otros estratos de comunicación. Las que no queremos hablar sobre hechos insustanciales, ni hacer un recuento de nuestro día a día, ni posar la mirada sobre frases hechas y manidas sino, más bien, vagar entre sensaciones, ensueños y recuerdos difusos estamos destinadas al mundo de los libros. Tantas veces me he preguntado: ¿Con quién puedo contrastar estados internos que no tienen palabras definidas? ¿Con quién puedo ir acopiando revelaciones mínimas y sensoriales? ¿Con quién puedo comentar cómo cambia nuestro enfoque ante las circunstancias, cómo las nubes oscuras de los que te rodean sombrean los hechos, para ti, luminosos? Cuando no se quiere sentar cátedra y sólo se aspira a bucear en algo profundo, y a compartir un estado de observación, la mayoría de las veces solo encuentro a los libros. Ellos están ahí, ellos te acompañan en ese dialogar diferente, único y a destiempo. Siempre son interlocutores ecuánimes. En general, todo lo que busco vive entre sus páginas. Allí está la humanidad atrapada en sus historias, la emoción contenida en sus poemas. Custodian un precioso decantado de generaciones, saben a savia verdadera, van más allá de la argumentación o del deseo de llenar el vacío. Las descripciones ambientadas en la atmósfera de otra época calzan en la tuya porque todo cambia y nada cambia. Y una desea sumergirse en ese mar denso y a la vez cristalino, en ese medio más amplio y significativo que te presta voces de otras razas y espacios geográficos. Ser abducida unos días, unas semanas, largo tiempo. Ola luminosa que al final del proceso te devuelve a lo real con una sensación de nueva claridad.

Todas estas reflexiones nacieron leyendo «Paraíso inhabitado» de Ana María Matute. Me sentí hermanada con su voz, me sentí realmente en compañía. Mi niñez se abrazó a la niñez descrita por ella. A través del símbolo del unicornio que cobraba vida –excelente hilo conductor de la historia–, recompuso escenas olvidadas de mi pasado, apaciguó la necesidad de afectos duraderos, limpió la casa de mi memoria.

«Paraíso inhabitado», según mi opinión, es una obra de arte, no sólo por cómo describe con detalle y minuciosidad el paso de la niñez a la adultez, o por cómo construye, con una psicología profunda y verdadera, cada personaje de la trama (hasta los menos importantes en el engranaje), sino también por su lenguaje preciso y poético. Hay muchas capas en esta narración, es una obra que anima a la relectura. Se denuncia en ella la inmovilidad de las clases sociales y las normas relacionadas con los roles de género: «Los niños juegan con los niños, y las niñas, con las niñas». Hay, asimismo, una defensa de la individualidad, un mirada protectora hacia el ser humano diferente, el que se sale de la norma. Podemos comprender la vida de tantos niños y niñas desasistidos, que crecen en familias desestructuradas y que están a cargo de criadas, tatas, cocineras o cuidadores. Y entender cómo esos niños arman su propia ‘familia de elección’.

Es realmente un compendio extraordinario que me ha llevado a meditar acerca de la soledad, impuesta o buscada. Acerca de cómo construimos, en edades tempranas, un universo propio para alejarnos de lo establecido por los adultos y nos quedamos suspendidas eternamente en ese mundo de juegos, oralidad e imaginación sin límites. Este libro me ha ayudado a escuchar a la niña que soy –y a la que sigo siendo–, me ha acercado a la adolescente que fantaseó en exceso, y también me ha permitido atisbar los convulsos años treinta en España, la realidad de un país a punto de embarcarse en una guerra fraticida. Comparto un pasaje que describe deliciosamente las sensaciones vividas por Adriana, la protagonista, en el Cuarto Oscuro donde es encerrada: «Al principio, la oscuridad fue total, puesto que el único ventanuco, que daba al patio interior, estaba tapado por un armario. Luego, poco a poco, muy lentamente, fueron apareciendo distintas siluetas. Parecía que la oscuridad adquiría una luz propia, una luz diferente a la conocida: la luz de la oscuridad que luego, a través de los años, he llegado alguna vez a recordar. Me senté en el suelo, en un rincón, y estuve atenta a todo cuanto me rodeaba. Escuchaba y sentía una mezcla de curiosidad y desazón. Al poco, las siluetas de los armarios fueron tomando cuerpo en la oscuridad. No llegaban al techo y, unos más altos que otros, formaban algo parecido al contorno de una ciudad flotante que, en la oscuridad, adquiría una dimensión desconocida […] O mejor dicho, como si la misma oscuridad, cada vez más transparente, fuera una enorme lupa que aumentaba y a la vez aproximaba a mí cuanto me rodeaba: algo parecido a cuando, en soledad y silencio, poco a poco, me invadía otra oscuridad luminosa: aquella en la que me sumergía como cuando iba adentrándome en las páginas de un libro».

Gracias, Ana María, por conducirnos al mundo de la inocencia, de la amistad que se convierte en amor y en sincronía. Gracias por traernos el universo alegórico de los cuentos tradicionales, por enredarnos suavemente en tramas de apariencia sencilla (pero que encierran tanto). Gracias por tender un puente hacia la fábula –con sus arquetipos milenarios–, hacia lo simbólico y lo fantástico. Gracias por ser una escritora indomesticable que, a pesar de diversos episodios de censura, tuvo la audacia de trascender el realismo social imperante en su época, de poner el foco de atención en los marginados del mundo, de explorar a fondo y de combinar distintos géneros narrativos, de mantener su independencia y ser fiel a su tempo.

Sé que esta no es una reseña al uso, sino dejar constancia del vínculo que crea un libro con los lectores y lectoras. Es una invitación a lanzarse al camino de las lecturas capaces de marcarnos, la que contienen las gubias precisas que nos van cincelando. Leer: acto subversivo y nunca inocuo. Hay novelas que desatan un lenguaje milimétrico. Y qué fértil es charlar con Ana María Matute. Un abanico de imágenes florecen en esa primavera que sus textos despiertan. Su voz deja en nosotras sanación y un eco de instantáneas universales. Nos adormece su nana compuesta especialmente para acunar la pubertad. Restaura nuestra herida difusa con sus personajes vivos. Antes de «Paraíso inhabitado», había atesorado en mi biblioteca «Primera memoria», «Algunos muchachos», «El árbol de oro y otros cuentos» y «Los niños tontos». Toda su obra es un paraíso a recorrer, y ya me espera, promisorio, el vergel de «Olvidado rey Gudú».

La autora, en una de sus entrevistas, dijo: «A veces la infancia es más larga que la vida». Y al calor de sus letras una parece regresar a ese periodo donde lo que se buscaba era esconderse, correr a ese terrado que nadie visita, acampar en la oscuridad tras cortinas y biombos. Sentir la liberación que nos regalan los espacios ajenos a la mirada de los ‘Gigantes’. He aquí un delicioso y plástico fragmento en el que hace un guiño lorquiano y cervantino al mundo de los teatrillos de marionetas: «Empezaba haciendo funciones para la Tata e Isabel, con los brazos en alto y dos muñecos enfundados en mis manos de niña –aquellos puños pequeños y apretados–, y acababa siendo totalmente olvidada por las dos mujeres, hasta el punto de hacerme realmente invisible, como cada vez más me gustaba sentirme, Agazapada bajo el pequeño escenario, sentada en el suelo, con los muñecos a mi alrededor y a una suave penumbra atravesada por la luz rojiza que transparentaba el telón, pude escuchar infinidad de historias, sobre mi familia, sobre mí misma, sobre la familia de las Tatas, y sobre otras muchas cosas más. Fue mi nuevo refugio, y, aunque a ellas ahora sí conocían mi escondite, el saberlo las despreocupaba, y no me buscaban, ni me llamaban, ni me importunaban».

«Paraíso inhabitado» es un libro realmente revelador. No dejéis de leer a esta grandísima autora indómita y reflexiva.

sábado, 28 de febrero de 2026

Reseña de "Mixtura" en Culturamas, por Jesús Cárdenas

Muy feliz y muy agradecida por esta extraordinaria reseña de 'Mixtura' a cargo del escritor y crítico Jesús Cárdenas, aparecida en la revista Culturamas. Seguramente la más completa y profesional que he tenido la suerte de recibir acerca de mi antología personal.



''MIXTURA'' DE MARINA TAPIA

(Por Jesús Cárdenas)

Nos encontramos ante la figura de Marina Tapia, poeta, artista plástica y divulgadora cultural, nacida en Valparaíso y afincada en Granada, cuya trayectoria se despliega ahora con vocación de conjunto en 'Mixtura' (Averso), que, por cierto, también ilustra de forma radiante la cubierta. La antología reúne diez libros de poemas y dos textos publicados de forma exenta, presentados cronológicamente, y se ofrece al lector como un gran jardín orgánico en el que cada especie conserva su rareza y su estación. La obra de Tapia ha crecido en distintos territorios editoriales —muchos de ellos vinculados a premios municipales y ediciones no venales— que dificultaron su circulación. Resultaba, por tanto, necesario recoger esas flores dispersas y disponerlas en un espacio accesible que permitiera apreciar la continuidad de una voz. Esta compilación salda una deuda con los lectores y afirma, al mismo tiempo, la coherencia de un proyecto poético sostenido: el de sondear la palabra hasta rozar su misterio.

Cada poema funciona como ventana a un paisaje interior que no teme exhibir sus fisuras. La lectura se convierte así en tránsito entre lo íntimo y lo colectivo, entre la memoria privada y el eco de otras voces que comparten desarraigos y celebraciones. Si el jardín sugiere abundancia y diversidad, la casa implica refugio; ambas imágenes conviven en un libro que conjuga hospitalidad y extrañeza, arraigo y desplazamiento; palabras que adquieren una importancia vital en el volumen. El prólogo de Juan José Castro Martín acierta al definir a Tapia como «poeta de palabra vivida y significada, poeta de la tierra y el amor, poeta, en definitiva, de la vida y, por tanto, verdadera». En esas palabras finales se cifra una de las claves de 'Mixtura': la autenticidad de una experiencia transformada en lenguaje.

La selección, realizada por la propia autora con la colaboración de Ángel Olgoso, Susana Drangosch y Juan Cameron —según se indica en la nota inicial—, permite advertir una etapa de aprendizaje en los dos primeros libros, '50 mujeres desnudas' y 'El relámpago en la habitación', a la que siguen, en apenas seis años, publicaciones cada vez más depuradas y personales. Destaca la amplia representación de 'Marjales de interior' frente a la más breve de 'Un kilim de palabras', lo que sugiere una jerarquía interna dentro del propio corpus. Este recorrido revela una voz que gana en concisión y hondura sin perder la intensidad original.

Desde los primeros versos, Tapia interpela al lector con una declaración que es casi un desafío: «Probadme, mordisquead mis pensamientos». Extraída de «Derechos y deberes de la autora», el verso propone una ética de lectura activa. La poeta exige un lector partícipe que roce, cuestione y dialogue con la materia verbal. La desnudez invocada conlleva la exploración de una identidad múltiple y consciente de su vulnerabilidad. En adelante, se dirá que lo corpóreo y lo matérico forman parte consustancial en la lírica de la poeta chileno-española.

Uno de los ejes vertebradores del libro es la migración. «Para la migración / yo fui educada» y «Exiliarse fue un acto rotundo» condensan una experiencia que, aunque arraigada en lo biográfico, trasciende lo personal para convertirse en reflexión sobre la identidad contemporánea. Valparaíso y Granada operan como coordenadas simbólicas entre las que se tensa la escritura. En este punto, su voz dialoga con la tradición de la literatura del exilio latinoamericano, pero también con una conciencia contemporánea que entiende la identidad como proceso. Hay en estos versos una intuición que recuerda a la reflexión de María Zambrano sobre el destierro: la patria verdadera es, en realidad, la fidelidad a la propia voz. Tapia convierte la fractura en impulso creador, la distancia en perspectiva crítica. El desplazamiento es convertido en aprendizaje: una forma de mirar desde la distancia. Así, cuando afirma querer «derrotar a la nostalgia» a partir de un boceto de Valparaíso, la autora convierte la memoria en acto de resistencia frente al olvido. El paisaje deja de ser mero decorado para convertirse en conciencia histórica y emocional. En este uso simbólico del espacio se advierte una lección cercana a la de Antonio Machado. Tapia convierte cada enclave en un nodo de significaciones donde convergen pasado y presente.

Esta dimensión geográfica se amplía en composiciones como «Bajo las vidrieras de Chagall», donde «todas las voces que acallo la muerte, / y todas sus pisadas, / viven aquí, / colgando de este muro». El espacio se carga de memoria y arte; la contemplación deviene diálogo con lo ausente. Del mismo modo, el «volantín de aire» en Valparaíso o el paseo por Granada articulan un mapa afectivo que enlaza biografía y cultura. Cada enclave es un nodo de significaciones donde confluyen pasado y presente.

Sin embargo, 'Mixtura' no se repliega en la herida del exilio. Frente al riesgo elegíaco, emerge una sensualidad luminosa que celebra el cuerpo y el encuentro. «Llegas a mi sediento y luminoso, / nadie te ve en mi cuarto, / nadie ha visto / esa vía de luz / de tu esperma» nombra la intimidad sin veladuras retóricas. La experiencia amorosa adquiere una dimensión casi sagrada, sostenida por la intensidad de la imagen. Asimismo, en «Y no posar el labio, y no besarte, / y no guardar tu rizo de saliva, / no darle de mamar a tus suspiros, / qué pecado de amor, clavo y espina», la reiteración negativa subraya la tensión entre deseo y privación. Puede advertirse una afinidad con la poesía de Idea Vilariño, en el acto de valentía de asumir el deseo sin velos moralizantes. Tapia escribe el cuerpo desde el cuerpo, con una claridad que evita tanto la obscenidad gratuita como la idealización ingenua. El erotismo, lejos de la obscenidad gratuita o la idealización ingenua, se convierte en afirmación vital, en energía que atraviesa la palabra y la sostiene.

La riqueza sensorial atraviesa el conjunto. «Acércate al reinado del oído», «La luz será una colcha que te guarde», «Soy la miga de pan que retiene tu mano»: en estos versos el oído, la vista, el tacto y el gusto se erigen en vías de conocimiento. La verdad poética se alcanza a través de lo corpóreo; el mundo se entiende tocándolo, respirándolo, saboreándolo. Esta claridad sensorial no excluye la complejidad simbólica, sino que la encarna. La poeta rehúye el hermetismo autosuficiente y apuesta por una transparencia cargada de resonancias.

Junto a estos motivos, el libro despliega un sostenido tono metapoético. «He sido, soy, seré poeta. / […] Poeta precedida de otros vuelos / […] Elevación y hondura» constituye una declaración de identidad y de filiación. Tapia se reconoce heredera de una tradición y asume la escritura como destino. La exhortación «Escribamos poesía, / pero que sea sol, verdad rotunda, / como un deslumbramiento que acorrala» revela una concepción ética de la palabra: la poesía como iluminación y responsabilidad. Podría pensarse en la influencia de Gabriela Mistral, por la concepción de la poesía como destino y responsabilidad. No obstante, la autora no ignora los límites del lenguaje: «un puñado de versos no apaciguan el día». Esa conciencia de insuficiencia matiza cualquier tentación de grandilocuencia y devuelve la escritura a su dimensión humana.

En el tramo final del volumen emerge una zona más áspera: la confrontación con la familia y los límites de la comunicación. «Mi familia es un bloque / de cajones pequeños / que no pueden tocarse. / Y vuelan sobre hilos paralelos, / mas nunca formarán una madeja» ofrece una imagen de poderosa plasticidad. La familia aparece como estructura compartimentada, historias que conviven sin entrelazarse. La metáfora sugiere incomunicación, pero también una arquitectura inevitable que condiciona la identidad. Tapia examina el origen sin estridencias, con una lucidez que transforma la experiencia personal en reflexión universal sobre la dificultad de comprender al otro.

El penúltimo movimiento profundiza en esa tensión mediante la figura de la «Madre Piedra”, a quien dedica una oración. «Me bautizaste Piedra, / […] y ya no supe / ser otra que esta roca conmovida / —que entera— / te sostiene» condensa dureza y amparo, resistencia y cobijo. La piedra, símbolo de permanencia, dialoga con la condición migrante: frente al desplazamiento, una raíz; frente a la inestabilidad, un núcleo. La imagen sugiere que la fortaleza no excluye la conmoción, que el acto de sostener implica asimismo vulnerabilidad. Así, la poesía se convierte en espacio de reconciliación parcial entre herencia y elección.

En conjunto, 'Mixtura' se impone como una compilación coherente que articula memoria, deseo, territorio y reflexión crítica. Marina Tapia somete lo vivido a un proceso de decantación estética que confía en la potencia de la imagen y en la inteligencia del lector. Su lenguaje, claro sin ser simple y audaz sin caer en el exceso, construye un itinerario íntimo y compartido. Aceptar la invitación inicial a «mordisquear sus pensamientos» supone entrar en un territorio donde la palabra es acto de resistencia y de amor; y también, una poderosa revitalización del Carpe Diem. Entre el jardín y la casa, entre la migración y la piedra, Tapia traza un recorrido luminoso. El lector concluye la travesía con la sensación de haber habitado un espacio donde cada verso encuentra su lugar en un entramado orgánico que confirma la madurez y la verdad de una voz poética sostenida en el tiempo.

viernes, 13 de febrero de 2026

"Indómitas y reflexivas: Mary Oliver" en Culturamas

Muy contenta de iniciar la sección "Indómitas y reflexivas" en Culturamas. Espero que os guste esta primera autora que os traigo. El artículo ha sido editado con mimo por el redactor jefe de la sección de poesía, nuestro querido Jesús Cárdenas Sánchez. Gracias a esta revista por apoyar siempre la difusión cultural.



MARY OLIVER
Feb 13, 2026 | Dossier, Indómitas y reflexivas, Poesía
Por Marina Tapia.

Frente al sonido persistente de la lluvia, frente a la manifestación de los elementos en la ventana una se pregunta: dentro de este engranaje amplio y maravilloso ¿quién soy?, ¿lato en consonancia con mi naturaleza?, ¿vibro acorde a lo que guardo en mi interior?, ¿tengo siempre presente que pertenezco a un todo? Y es gustoso buscar estas respuestas dialogando secretamente con Mary Oliver, llegar a nuestro propio camino de su mano, seguirla imaginariamente en sus incursiones al bosque, estar atenta a la mirada de esta gran autora, de esta persona que fue fiel a su empuje sustancial. A través de tres de sus libros que han venido acompañándome en este periodo, Horas de invierno, La escritura indómita, y Vita Longa, voy aprendiendo otra manera de mirar el entorno.

Ser un eslabón de una cadena, ser parte de algo más extenso en vez de ejecutoras siempre: al hombre y a la mujer nos viene bien no ser el centro, nos viene bien sentirnos colectividad. Mary nos recuerda: «Ningún poema trata sobre uno −o algunos− de nosotros, sino sobre todos nosotros. El poema forma parte de un largo documento sobre la especie».

Esta lluvia copiosa que no deja de caer en Granada, pone el foco en las imponentes fuerzas primordiales de nuestro planeta, abre un espacio de reflexión, crea recintos nuevos en los que afirmar con Oliver: «En las vastas esferas de lo eterno, todo lo material y lo temporal languidecerá, incluida la presencia del ser humano. En este universo se nos conceden dos regalos, la capacidad de amar y la capacidad de hacer preguntas, que son, a un tiempo, las llamas que nos calientan y las llamas que nos abrasan». Y al recitar estas frases soy parte, con ella y con todas las que me acompañan, de un sonido arcano, de una música antigua pero nueva, de un olor a tiempo, de la plasticidad de los elementos que hilvanan −a la vez− el pensamiento y el agua que percibimos. Cuando se sale del habitáculo íntimo, y se amplía la visión hacia otras esferas, la contemplación suele brindarnos respuestas.

La lluvia en los secanos es una bendición, tiene aura de milagro y de necesidad. Callo para unirme a los conciertos de las nubes, acompaso mi escucha a la maravilla de un solo sonido repetido (ploc ploc) una y mil veces sobre la tierra. Agua con fuerza de expresión. Agua meditabunda, agua-diana disparando con su arco sobre nuestros sentidos y, también, a esa región interna. Escribo junto a Mary Oliver, mi latir se une al suyo celebrando los elementos indomables:

«Camino y percibo. Soy sensual para ser espiritual. Lo evalúo todo sin diseccionar nada», «el ser humano que no conoce la naturaleza, que no camina bajo las hojas como bajo su propio techo, es parcial y está herido», «bajo los árboles, por las pálidas laderas de arena, camino en un vínculo creciente con el éxtasis, que celebro con palabras. Veo y amo con locura lo manifiesto».

Martillemos con ella, a un mismo compás, el clavo en la madera para la construcción de la casa del lenguaje (ella vivió la experiencia de construir enteramente una casa con sus manos, ella indagó en los propósitos de la poesía). Aprendamos de su impulso. Salgamos cada día a recorrer el mundo del que somos parte, dispuestas a dejarnos deslumbrar por lo pequeño y escondido, aquello que guarda señales y sutiles mensajes, contemplemos el salto de una rana, el sonido particular de un ave, las estrellas al aire libre; y repensemos la escritura, liberémosla del dictado del yo:

«En el acto de escribir el poema soy obediente y sumisa. En la medida de lo posible, dejo de lado el ego y la vanidad, incluso la intención. Escucho. Lo que oigo es casi una voz, casi un idioma. Es un segundo océano, alzándose, cantándole al oído, o muy dentro del oído, susurrando en esos recovecos en los que no eres tanto tú misma como parte de una única comunidad indivisible». «Escribir poesía −para mí, al menos− es una manera de dedicar alabanzas al mundo. Plantéatelos así, como pequeños aleluyas». «De esto no cabe duda: el trabajo creativo exige una lealtad tan absoluta como la lealtad del agua a la fuerza de la gravedad».

Y así como el agua desemboca en los ríos y en los lagos, y se une a otros flujos distantes, así, las que la leemos, sacamos fuerzas para vivir siguiendo nuestra propia corriente. En todos sus escritos buscaremos la médula, el órgano que late, el cartílago y la sustancia, lo esencial de cada componente de los seres del mundo. Ella, mujer asilvestrada, mujer con disciplina en la escritura, entregada a sus ideales, amante del silencio: «A lo extraordinario le gustan los espacios abiertos. Le gusta una mente concentrada. Le gusta la soledad», ella dejará huellas imborrables.

Toda escritora necesita maestras, modelos, guías y pilares. Durante muchos años nos han faltado referentes, tuvimos que levantar nuestra genealogía, y ni la historia ni el canon literario quisieron incluirlas. Hoy celebramos encontrarnos con su legado.

Leer a Mary Oliver es volver a la tierra en busca de nosotras.

miércoles, 21 de septiembre de 2022

Comparto esta reseña mía de "Animales animales", el impresionante libro de Xoán Abeleira. Gracias a Culturamas y a Jesús Cárdenas Sánchez por cederme este espacio de reflexión poética.



EL ARTE DEBE SER COMO UN ANIMAL


Esta rotunda cita de Aristóteles encabeza Animales animales, de Xoán Abeleira, editado con mimo por Bartleby en edición bilingüe (castellano-gallego). Todo un cosmos, un estallido sensual, un acercamiento desde la originalidad al mundo de esos animales que, también, somos nosotros. Xoán hace su recorrido desde los tiempos de las cavernas, con potentes poemas ambientados en las cuevas de Altamira y de Lascaux; transita por exuberantes entornos tropicales, por la mitología gallega o por contextos más urbanos y, en cada uno de estos marcos, el poeta se maneja con soltura, haciendo gala de una voz visionaria y empática, capaz de recoger la rica simbología y significación de todas las formas animales evocadas.

Una voluptuosidad y un erotismo desbordante estimulan al lector a lo largo de todo el libro y, en especial, en la parte titulada “Olca” (poemas de amor animal), donde se nombra sin pudor el sexo, los rituales del cortejo y el apareamiento, las reverberaciones de la dicha.

Sus versos tienen el calor y el colorido de las narraciones orales contadas junto al fuego, tienen la musicalidad de las canciones tradicionales o de los refranes, pero también están embebidos de lo mejor de las corrientes del surrealismo, del creacionismo de Huidobro o del arrojo de Gioconda Belli. Cada animal escogido por el poeta lleva una carga simbólica que va más allá de la visión que comúnmente se le ha dado. Xoán aborda la sustancia poética de cada bestia, rescata su espíritu para establecer un dialogo con las emociones humanas, una concordancia.

Otros escritores se han acercado al mundo recogido en este poemario, como Gabriela Mistral, Olvido García Valdés, María Ángeles Pérez López o como el narrador Ángel Olgoso con sus relatos de Bestiario. Y podemos decir que la aproximación de Xoán es carnal y descriptiva, a la vez que simbólica y chamánica, rescatando los elementos e imágenes de nuestro inconsciente colectivo y buscando restaurar un equilibrio antiguo a través de las palabras.

El autor se conduce incluso con vigor en los textos largos, logrando que el lector no pierda jamás el interés y que se sienta inmerso en ese cosmos vibrante de sonidos, aullidos, texturas, instinto y covas que tan magistralmente retrata.

Si muchos nos preguntamos si, a estas alturas de la historia literaria, es posible sorprender y emocionar al mismo tiempo, tenemos la respuesta en este poemario que es un ejercicio gozoso de lenguaje, de soltura y autenticidad. Jabalíes, tortugas, carpas, vacas, halcones, bisontes, libélulas, lobas, estorninos, gaviotas… nada escapa a la mirada de este compilador de vida bajo el arenal del cielo, todos los animales le valen al poeta para remover nuestra memoria dormida.

Hay que agradecer a Xoán Abeleira (artista polifacético y fuera de serie, además de periodista y traductor) sus notas y explicaciones que hallaremos en las páginas finales del volumen. Tan rico material nos ayudará a apreciar con más exactitud muchos de los conceptos y palabras de origen gallego −o de otras tradiciones y lenguas−, las citas asimiladas en los textos y alguna que otra aclaración sobre su proceso creativo. Todo esto hará aún más interesante el acercamiento al intenso y físico universo en el que este creador nos adentra.

Porque todos somos esos adanes y evas exiliados en otro edén exánime y corrupto, porque todos somos esa gata a la que mataron sus hijos pero que guarda uno a salvo en lo más profundo de su vientre, porque todos somos esas aves de María Zambrano que pierden sus formas al volar y que necesitan de esta poesía metafórica, de esa poesía que nos recuerde aquella época en que los hombres eran animales orgullosos de ser animales. Gracias, poeta, por revivir los ritos que guardamos en lo hondo de la mente, por rescatar nuestra sangre que sueña.

viernes, 1 de enero de 2021

"Jardín imposible" en Culturamas

Es una gran alegría que la revista Culturamas haya recomendado mi libro "Jardín imposible" entre las lecturas para este año que comienza. Agradezco a Jesús Cárdenas sus palabras.

 



"Marina Tapia, asegura en Jardín imposible (Ayto. Baena) que el amor se halla sujeto a la naturaleza, asombro y exploración interior: "Y llegará ese tiempo en el que todo se vuelva expectación, / y mudaré el impulso y el soporte, / la forma de mirar al firmamento. / Y dejaré de ser espectadora de tramas moribundas, / ancladas en raíces sin razón".