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martes, 24 de marzo de 2026

"Poetas en construcción" en la revista Zenda

Gracias a la revista Zenda y, en especial, a Patricia Crespo, por esta completa reseña de "Poetas en construcción", libro tan bien cuidado y editado por Misael Ruiz. Un gusto formar parte de este proyecto que se acerca, de manera profunda y minuciosa, al acto de escribir, y un gusto estar en compañía de poetas tan interesantes.



¿Cómo se escribe un poema?

22 Mar 2026/Patricia Crespo  

Sin brújula ni mapa, aunque investido de un don o éxtasis divino, el poeta escribe. Bien lo sabían Homero y Hesíodo, cuyos poemas se abren con una invocación a las Musas. O tal vez no, y sea la escritura poética un acto mucho más prosaico. A lo largo del año 2024 en Barcelona el poeta Misael Ruiz conversó con quince poetas en un ciclo de entrevistas con el fin de indagar en sus procesos creativos. El resultado es este inspirador libro Poetas en construcción, publicado por Animal Sospechoso (2026), en el que los poetas Neus Aguado, José Ángel Cilleruelo, Laura Giordani, Cristina Grisolía, Rodolfo Häsler, Álvaro Hernando, Tere Irastortza, Antonio Méndez Rubio, Corina Oproae, Mónica Picorel, Miriam Reyes, Juan Pablo Roa, Misael Ruiz, Teresa Shaw y Marina Tapia revisan y observan la intimidad de su escritura, cómo se propicia el estado mental y físico del que emana el poema.

Poetas en construcción no es un manual de escritura poética ni un tratado teórico, tampoco una antología poética, sino un ejercicio de pensar la poesía desde la praxis de su origen, que documenta y registra la experiencia individual de cada uno de los poetas entrevistados en el silencio de la creación. Por ello, su testimonio deja al descubierto ese reverso oculto. Y, aunque no es una muestra exhaustiva de cómo convive el poeta con su escritura, es significativa dada la heterogeneidad de los poetas. La reflexión en torno al hecho poético no es destino cerrado y quizá aquí radique una de las aportaciones más necesarias de esta obra: la imposibilidad de acotar un proceso homogéneo que, sin embargo, trasluce conexiones sólo visibles en un volumen como éste. A pesar de partir de un diálogo, el planteamiento de la edición no ha sido el de una entrevista, al obviarse las preguntas, sino que, después del poema inicial que guía en cierta medida las reflexiones, cada poeta disecciona sus procesos. Esta articulación permite que, al no explicitarse las preguntas —aunque puedan inferirse—, el lector quede sin la directriz exacta de aquello a lo que responde el poeta. De este modo, toda la atención recae en su palabra y el lector se ve obligado a participar activamente en la conversación. Tras cada reflexión aparece una selección de poemas publicados o inéditos, algunos de temática metapoética, aunque no todos. Las notas biobibliográficas y la procedencia de los poemas quedan en conjunto al final para no interferir en la lectura.

Aún con la ausencia de esas preguntas, se pueden rastrear algunos de los ejes que este ciclo pretendía explorar, en concreto cómo, dónde y cuándo llega el poema, la existencia de la inspiración, la importancia de la oralidad y del ritmo, la organización del libro o la titulación de los poemas, los primeros lectores, influencias y el peso de la tradición, el proceso de corrección, la ficcionalización del yo, la metaescritura o el propio lenguaje poético, entre otros.

Entre todas estas cuestiones, algunas resultan cuanto menos curiosas, por ejemplo, la controvertida relación entre el acto poético y la manida inspiración. Al respecto Rodolfo Häsler afirma: “Inspiración me suena a algo incluso negativo, devalúa al poema (…). Veo más aceptable hablar de atención, lentitud, afinamiento de la emoción”; tampoco José Ángel Cilleruelo la defiende al asegurar que el poema es el resultado de un trabajo. No obstante, sí existe cierta unanimidad en que el poema de alguna manera llega. La descripción de este momento varía de unos a otros, aunque, en general, se manifiesta por medio de una palabra o imagen que, como simiente, convoca al poema; para Tere Irastortza sucede cuando una idea, una palabra, una ocurrencia la detiene en medio de cualquier tarea o para Cristina Grisolía: “En muchas ocasiones, mis poemas parten de una palabra, de su sonoridad, incluso de la extrañeza que esta me produce desnuda de contexto”, un poema que se escribe cuando quiere, según Neus Aguado, en una conexión con algo indefinible e inexplicable, en la que hay mucho de inconsciente, tal y como Laura Giordani señala. Este momento inicial no se describe únicamente en términos mentales o intuitivos, sino también corporales. Para Antonio Méndez Rubio la inspiración es “una cierta disponibilidad o espontaneidad que arranca de la situación cotidiana, parecida a la del aire que cruza porque sí el cuerpo (… es así como se forma un ritmo corporal”, y es que muchos de los poetas indican el indisoluble vínculo entre el poema, su pensamiento, y el cuerpo, pues parece residir en él antes de ser escrito: “Para mí hay algo casi físico en esto. Es una sensación contundente, una certeza de que ese texto, que antes no existía, ha cobrado vida, como si se tratase de dar a luz a una criatura”, asegura Corina Oproae y, en la misma línea, Cristina Grisolía: “La sensación de que el poema pasa por mi cuerpo, que las palabras son percibidas por él”; algo semejante ocurre para Marina Tapia, es lo corporal quien engendra lo poético: “Yo llego a la escritura a través de lo sensorial; es decir, al sentir los olores, al tocar distintas texturas…”. Sin embargo, un mismo poeta puede llegar al poema de distintas formas, así lo expone Teresa Shaw:

 “En cuanto a cómo nace el poema, no siempre es igual. Pero la mayor parte de las veces hay algo que me impele a escribir, quizás una imagen, incluso una palabra, pero casi nunca sé lo que saldrá de allí, el lenguaje, las palabras me guían y desvían casi siempre de la primera intención”.

En ese proceso de gestación la “observación y contemplación del mundo” es un trabajo que el poema refleja, así lo siente Álvaro Hernando; Miriam Reyes lo denomina “estado de atención” y Mónica Picorel “estado de observación de lo cotidiano” que provoca que la revelación o intuición pueda materializarse. Una manera de mirar con asombro. Para Rodolfo Häsler el poeta no es un ser especial, dotado de algún don —ni divino ni sobrenatural—, mas simplemente atento, “cultiva la mirada sobre lo que es humano, lo destaca y lo muestra a los demás para que ahí reconozcan algo”. Así sobreviene el poema. El impulso de escribir es descrito como una especie de “rapto”, una “sensación de inminencia”, una “vibración”, un “dictado”, en que el poeta la mayoría de las veces no sabe qué va a escribir, en este sentido Juan Pablo Roa asevera:

“Nunca sé exactamente lo que busco en el momento de la escritura, pero sí hay un modo, un sentido, un estado emocional o anímico en el que la expresión hace de antena parabólica que me ayuda, que habla desde mí para hilvanar un balbuceo casi ininteligible…”

En consecuencia, el poema sabe que habla, pero no de qué, como quien entra en un espacio desmesurado y desconocido para descubrirnos algo ignorado con la única orientación del lenguaje. Porque es el lenguaje y su tensión uno de los territorios donde el poema se revela en su desnudez. En este sentido, Misael Ruiz afirma: “Entiendo la poesía como un lenguaje extremo, un pensamiento sin límites”. Es en el lenguaje poético donde la lengua se libera de los corsés: “Al quebrar la sintaxis ordinaria, la poesía burla las aduanas identitarias para expandirnos”, expone Laura Giordani, y de modo similar Juan Pablo Roa describe:

“El poema es ante todo una gran protesta en contra de la lengua, pues en origen la lengua, la sintaxis, la gramática no están diseñadas para hacer un poema; escribimos poemas a pesar de la lengua, a pesar de nosotros mismos desde un malestar que nos lleva a dinamitar toda regla que antecede el poema.”

Cuando el poema llega a la lengua, ésta ha de sostenerlo. Ahora bien, para José Ángel Cilleruelo: “El lenguaje está implicado en la esencia misma del poema, pero no es su germen. Cuando el texto nace del lenguaje y se apodera de él por completo, el poema se resiente”, cuestionando la reflexión lingüística en el propio poema. En cualquier caso, como apunta Corina Oproae, la escritura misma revela los entresijos del propio proceso creativo.

Por todo ello, leer Poetas en construcción nos lleva a descubrir, a quienes escribimos (poesía), las conexiones o no en este proceso. Sólo destacaré, quizá por interés personal, la importancia de la intuición y del primer verso —así lo menciona Neus Aguado citando a Paul Valéry— en esta construcción poética. Así como las sugestivas aportaciones sobre la ficcionalización del ‘yo’ en la poesía, desdiciendo la siempre asentada idea de la poesía biográfica y aventurándose en otras propuestas para la presencia del poeta en su escritura. Desde este punto, Poetas en construcción nos desvela que las Musas son, cuanto menos, caprichosas. No tanto rituales y manías escriturales son recogidos, como los mecanismos conscientes (o no) que orientan este proceso, dejando expuestas las contradicciones entre lo que el poeta hace y lo que cree que hace. Aquí la inclusión de los poemas —y la consiguiente reflexión sobre alguno de ellos— viene a confirmar o desmentir, reflejados en la conclusión del poema, esos procedimientos, modos y estrategias.

Poetas en construcción es una obra original cuya capacidad para evocar, desvestir y desafiar la epifánica escritura poética es indiscutible. Es imposible simplificar la riqueza de matices aportada por cada una de estas voces en el complejo e íntimo acto de pensar ¿cómo se escribe un poema?

sábado, 28 de febrero de 2026

Escritores en la frontera, por Dori Delgado García

Gracias, querida Dori Delgado García, por tan interesante artículo! Pone de relieve cómo nos enriquece el mestizaje cultural y el intercambio.

ESCRITORES EN LA FRONTERA
Ideal 23.2.2026

Estamos en tiempos de radicalismos y catalogaciones cerradas en todos los ámbitos: los diez libros del siglo, los profesores estelares, los mejores coches, las películas imprescindibles… Todo esto sin entrar en encasillamientos políticos o ideológicos. Es imposible manifestar acuerdos o desacuerdos con distintas posturas sin el riesgo de ser etiquetado.

Y la literatura, aunque sea hermana pobre en el paraíso consumista, no escapa a esta moda clasificatoria: escritores de esta provincia o comunidad, premiados, no premiados, de esta corriente o de la otra… No tenemos más que ver las redes sociales. Más que a leer o a escribir, nos dedicamos a tildar y a hacer ruido. Y en medio de ese sucio ruido “sucede que me canso de ser hombre” como escribió Neruda.

Una servidora ha sido recientemente incluida entre los escritores de la comarca de Guadix y entre los de Valdepeñas de Jaén. Increíble, ¿verdad? Pues es posible. A ambos, manifiesto mi agradecimiento infinito y en ambas orillas se asienta mi vida y mi escritura. Y en el resto del planeta: “Mi única patria la mar”.

No soy partidaria de exclusiones, clasificaciones o rivalidades y son demasiado actuales las segregaciones geográficas de todo tipo. “Es de aquí o no es de aquí” es parecido a “es de los nuestros o es de fuera”.

Escritores de ayer y de hoy han viajado por el mundo sin necesidad de atarse a un lugar de origen o a una única influencia. Y más en estos años de globalización. ¿Qué habría sido de Shakespeare o Goethe sin la cultura grecolatina? No todos somos Delibes, Proust, Verne o Dickinson y su anclaje a un territorio. Algunos, por desgracia, tuvieron que ampliar horizontes de forma obligada debido al exilio.

En el ámbito más cercano, Granada ha atraído y atrapado a escritores de la Andalucía Oriental. Y ahí tenemos a la ubetense Mónica Doña o a la almeriense Carmen Canet. Podemos encontrar a jienenses en otras provincias como Francisco Morales Lomas, Carmen Camacho o Pedro Luis Casanova; y cordobeses de Cazorla como Manuel Molina González. Granadinos como Antonio Enrique tuvieron casa e inspiración en Úbeda o Antonio Praena que la sigue teniendo en Valencia. Y el gran oriolano de Quesada. Por no hablar de andaluces de Chile como Marina Tapia o errantes difusores de la cultura española por el mundo como Juan Vicente Piqueras. Y esto es solo por nombrar algunos ejemplos.

Esta libertad de movimiento, de orígenes e influencias mestizas es el mejor ejemplo que puede dar la literatura a un mundo gris, fanático y excluyente. La mirada es más libre si traspasa fronteras, si se enfrenta a la duda y abarca varios puntos de vista.

Frente a las batallas en el barro auspiciadas por demasiados tertulianos televisivos de mirada única o por el reloj roto de las redes sociales convertidas en vertederos inmisericordes, la literatura pone luz, belleza, cultura, moderación, empatía o mano tendida más allá de las fronteras. Creo que algo así es lo que cantamos los andaluces en nuestro himno estos días.

viernes, 13 de febrero de 2026

"Indómitas y reflexivas: Mary Oliver" en Culturamas

Muy contenta de iniciar la sección "Indómitas y reflexivas" en Culturamas. Espero que os guste esta primera autora que os traigo. El artículo ha sido editado con mimo por el redactor jefe de la sección de poesía, nuestro querido Jesús Cárdenas Sánchez. Gracias a esta revista por apoyar siempre la difusión cultural.



MARY OLIVER
Feb 13, 2026 | Dossier, Indómitas y reflexivas, Poesía
Por Marina Tapia.

Frente al sonido persistente de la lluvia, frente a la manifestación de los elementos en la ventana una se pregunta: dentro de este engranaje amplio y maravilloso ¿quién soy?, ¿lato en consonancia con mi naturaleza?, ¿vibro acorde a lo que guardo en mi interior?, ¿tengo siempre presente que pertenezco a un todo? Y es gustoso buscar estas respuestas dialogando secretamente con Mary Oliver, llegar a nuestro propio camino de su mano, seguirla imaginariamente en sus incursiones al bosque, estar atenta a la mirada de esta gran autora, de esta persona que fue fiel a su empuje sustancial. A través de tres de sus libros que han venido acompañándome en este periodo, Horas de invierno, La escritura indómita, y Vita Longa, voy aprendiendo otra manera de mirar el entorno.

Ser un eslabón de una cadena, ser parte de algo más extenso en vez de ejecutoras siempre: al hombre y a la mujer nos viene bien no ser el centro, nos viene bien sentirnos colectividad. Mary nos recuerda: «Ningún poema trata sobre uno −o algunos− de nosotros, sino sobre todos nosotros. El poema forma parte de un largo documento sobre la especie».

Esta lluvia copiosa que no deja de caer en Granada, pone el foco en las imponentes fuerzas primordiales de nuestro planeta, abre un espacio de reflexión, crea recintos nuevos en los que afirmar con Oliver: «En las vastas esferas de lo eterno, todo lo material y lo temporal languidecerá, incluida la presencia del ser humano. En este universo se nos conceden dos regalos, la capacidad de amar y la capacidad de hacer preguntas, que son, a un tiempo, las llamas que nos calientan y las llamas que nos abrasan». Y al recitar estas frases soy parte, con ella y con todas las que me acompañan, de un sonido arcano, de una música antigua pero nueva, de un olor a tiempo, de la plasticidad de los elementos que hilvanan −a la vez− el pensamiento y el agua que percibimos. Cuando se sale del habitáculo íntimo, y se amplía la visión hacia otras esferas, la contemplación suele brindarnos respuestas.

La lluvia en los secanos es una bendición, tiene aura de milagro y de necesidad. Callo para unirme a los conciertos de las nubes, acompaso mi escucha a la maravilla de un solo sonido repetido (ploc ploc) una y mil veces sobre la tierra. Agua con fuerza de expresión. Agua meditabunda, agua-diana disparando con su arco sobre nuestros sentidos y, también, a esa región interna. Escribo junto a Mary Oliver, mi latir se une al suyo celebrando los elementos indomables:

«Camino y percibo. Soy sensual para ser espiritual. Lo evalúo todo sin diseccionar nada», «el ser humano que no conoce la naturaleza, que no camina bajo las hojas como bajo su propio techo, es parcial y está herido», «bajo los árboles, por las pálidas laderas de arena, camino en un vínculo creciente con el éxtasis, que celebro con palabras. Veo y amo con locura lo manifiesto».

Martillemos con ella, a un mismo compás, el clavo en la madera para la construcción de la casa del lenguaje (ella vivió la experiencia de construir enteramente una casa con sus manos, ella indagó en los propósitos de la poesía). Aprendamos de su impulso. Salgamos cada día a recorrer el mundo del que somos parte, dispuestas a dejarnos deslumbrar por lo pequeño y escondido, aquello que guarda señales y sutiles mensajes, contemplemos el salto de una rana, el sonido particular de un ave, las estrellas al aire libre; y repensemos la escritura, liberémosla del dictado del yo:

«En el acto de escribir el poema soy obediente y sumisa. En la medida de lo posible, dejo de lado el ego y la vanidad, incluso la intención. Escucho. Lo que oigo es casi una voz, casi un idioma. Es un segundo océano, alzándose, cantándole al oído, o muy dentro del oído, susurrando en esos recovecos en los que no eres tanto tú misma como parte de una única comunidad indivisible». «Escribir poesía −para mí, al menos− es una manera de dedicar alabanzas al mundo. Plantéatelos así, como pequeños aleluyas». «De esto no cabe duda: el trabajo creativo exige una lealtad tan absoluta como la lealtad del agua a la fuerza de la gravedad».

Y así como el agua desemboca en los ríos y en los lagos, y se une a otros flujos distantes, así, las que la leemos, sacamos fuerzas para vivir siguiendo nuestra propia corriente. En todos sus escritos buscaremos la médula, el órgano que late, el cartílago y la sustancia, lo esencial de cada componente de los seres del mundo. Ella, mujer asilvestrada, mujer con disciplina en la escritura, entregada a sus ideales, amante del silencio: «A lo extraordinario le gustan los espacios abiertos. Le gusta una mente concentrada. Le gusta la soledad», ella dejará huellas imborrables.

Toda escritora necesita maestras, modelos, guías y pilares. Durante muchos años nos han faltado referentes, tuvimos que levantar nuestra genealogía, y ni la historia ni el canon literario quisieron incluirlas. Hoy celebramos encontrarnos con su legado.

Leer a Mary Oliver es volver a la tierra en busca de nosotras.

miércoles, 5 de febrero de 2025

Elogio del arte de las reseñas

ELOGIO DEL ARTE DE LAS RESEÑAS

A mis queridos Ángel Olgoso, Miguel Arnas, José Luis Gärt, Gregorio Dávila de Tena, Jesús Cárdenas, Ana Isabel Alvea Sánchez, Jose Antonio Santano, Álvaro Salvador, Nélida Cañas, Agustín Pérez Leal, Pura Fernández Segura, Santos Domínguez Ramos, Jimy Ruiz Vega, Custodio Tejada, Ivonne Sánchez Barea, Luis Cerón, José Abad, Javier Gallego Dueñas, y a tantas amistades que ejercen esta labor desinteresadamente.

"Imagínate que no es necesario que nadie te resuma nada, que nadie te adelante lo que resonará después en tu cabeza; que no es preciso que extienda ante tu escucha una serie de aromas sobre platos colmados que luego degustarás. El lector sabe muy bien que la opinión del reseñista no pesa lo suficiente, que su discurso se desvanece ante el impacto de una imagen potente de una portada, o ante el listado de los libros favoritos de ese año, o ante cualquier campaña bien orquestada por los grandes sellos editoriales. El apresto de su prosa que desea sostener el entusiasmo por un libro denso, trabajado y original se destensa rápidamente. Lector y reseñista creen –quizás en lo más hondo de sí mismos− que lo verdaderamente importante no es el ascua que encenderá una reseña, no es esa chispa-invitación que vivirá unos instantes (tal vez unas horas) y que permitirá una relación especial con un libro. Son capaces de asegurar que lo más importante es: esa obra única que el lector inventará en su cabeza a partir de su desbroce. Cadena de hallazgos, reminiscencias, encuentros.

Los reseñistas escriben tan solo para sentir que son partícipes de esa intimidad. Intentan hacer las presentaciones correspondientes, ayudan a levantar una armazón etérea −pero cierta−, un edificio único que materialice la creación. Los que reseñan buscan elaborar un salón de espejos, un juego de ecos entre montañas. Se sacian con el hecho de pensar que sus apuntes pueden contener alguna pieza de hierro, de cemento, o la argamasa para construir ese puente hacia la ermita de las palabras.

***

No sé si fue bajo el influjo de mi compañero, el escritor Ángel Olgoso, que comenzó mi afición por escribir reseñas y otros géneros afines (cercanos al ensayo y la reflexión); no sé si fue al quedar maravillada por la posibilidad de crear una especie de obertura, un esbozo delicado y preciso −al modo de Da Vinci−, algo que se asemejara al arte; no sé si deseé que un aroma penetrante y avivador fuera invitando a los comensales a la mesa del libro; o si la excitación lujuriosa que me produce la textura del papel hecho piel y vivencia era tan poderosa, que deseé convertir ese fuego en una llamada a la jauría para devorar la carne fresca de tales palabras encontradas.

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Cómo leer un libro con todo lo que ello implica: bucear en él, disfrutarlo y comentarlo, apuntar alguna frase −o verso− que no deseamos olvidar, leer en voz alta algún pasaje a nuestros amigos o pareja y… nada más. Cómo leer sin desear que en ese espacio que destina la mente a lo nuevo que llega, sólo quede un eco difuso (aunque envuelto de sensaciones intensas), un aroma, una suerte de recuerdo o estela que ese volumen nos dejó. Quizá el espíritu heredado de mi padre de dejar constancia material y detallada de todo lo que pasa (dentro y fuera de nosotros), ese hábito suyo de hacer listados de propósitos, largas enumeraciones de retos pendientes, de llevar a mano libretitas guardainstantes me lleva, en estos momentos en que la lectura es para mí un acto cotidiano y necesario, a querer escribir mientras leo, a desear apuntar sinergias que oscilan con la lectura, a soñar con retener −de forma más contundente− la esencia de cada libro que llega a mis manos. Sirvan estas palabras para justificar mi impulso como reseñista. Pero luego, viene esa sensación de lo expansivo, una visión social y amigable: el crear un abrazo hecho de palabras, el querer compartir la luz que han desatado las páginas en las que me hundí por unos días o semanas.

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Necesitas un libro, no cualquiera: el oportuno, el justo, el personal, el que te refleja, el que te corresponda con amorosas claves, el que te lleva hacia una especie de trance, el que hace casi delictivo el hecho de apropiarte de otras sensaciones, de otras soluciones a conflictos, de otros mundos y paisajes. Y buceas en medio de poemas e historias, y te acuestas con ellas, y fabulas sus derivas.

Los tímidos escritores de reseñas nada piden y nada cobran, no obtienen rédito alguno más que el de imaginar la posibilidad de que se forme un árbol vivo en su interior, un volumen que multiplique las luces de la lectura como un caleidoscopio. Si esto se cumple, ya se dan por satisfechos porque comentaron, remarcaron o ampliaron un pasaje de ese camaleónico invento hecho de tinta, porque ha sido las matronas de ese ser inexacto y cambiante que alumbra la lectura.

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Todo el que lee está sumergido en una búsqueda, pone a funcionar su capacidad de asombro, se embarca en la aventura de transitar por los latidos de otras mentes, suma el movimiento interno de su inquietud a esa ola que el/la poeta han elevado al escribir, han puesto en marcha para todos. Leer es seguir activo, ávido, curioso, inquieto levantando interrogantes, obsesivo debatiendo en la intimidad. Es tratar de encontrar en las fricciones de la lectura: luz, una clase de paz o de movimiento interno y, en especial, un verdadero cambio. Y dentro de la avalancha de voces leídas, algunas dejan un bellísimo destrozo vital, algunas −solamente algunas− ponen patas arriba las convicciones. Son pocos libros pero existen. Por eso, cada reseñista quisiera encontrar y recomendar un texto revulsivo, que se acerque con toda su fuerza a aquello con rostro de verdad.

***

El reseñista lee con fruición, apunta sin descanso, concluye, extracta y encapsula la sustancia de todo lo que deja que recorra su vista. Luego ordena las estanterías de su mente, la avalancha de párrafos que en su interior se agolpan. Se funden sus palabras con aquellas del autor que ha leído, ya no sabe dónde está el límite, en qué lugar se cruza la imaginación de Kafka o de Pizarnik con la suya, dónde comienza su mirada, dónde la foránea creación.

Y, anónimo, levanta textos híbridos, traza rutas para que los que duermen se despierten y vayan tras el ámbar que los libros contienen. En su vida todo es carestía, es gris la cuadratura dominante, es de color plomizo su futuro, escasea el dinero, nadie paga las páginas que alumbra, pero en su territorio de gentiles vocablos ordenados, extendidos cual sábana secándose a los aires, hay una miel secreta, un zumo delicioso que degusta cada vez que relee esa reseña escrita en sus desvelos, y siente que posee esa especie de alma de los libros leídos.

***

Ojalá este impulso mío que ha sido tantas veces puesto sobre el papel, sea perdonado por los lectores con mirada académica que buscaban en mis reseñas un análisis sintáctico, morfológico o cultista. Mi mirada será siempre la de una lectora impresionada y activa, sentimental y reflexiva y, sobre todo, entusiasta que desea recoger la “médula” de cada trabajo literario. Y, ojalá, poder así vencer un poco al tiempo, poder luchar contra la desmemoria y los olvidos. Sólo encontraréis la conciencia de una reseñista que realiza con humildad su trabajo, y a la que no le importa derrochar horas y libretas en ese generoso desbordamiento fruto de las lecturas".

(Marina Tapia)

sábado, 24 de octubre de 2020

Presentación de Astrolabio ilustrado en Ideal

Compartimos el artículo de Antonio Arenas publicado en el diario Ideal en su edición en papel el 20 de octubre, así como el enlace a artículo completo del suplemento IDEAL EN CLASE, que contiene fotografías, ilustraciones del volumen y los tres textos íntegros de los presentadores. Gracias a Antonio Arenas por su incansable labor informativa en beneficio de la cultura de Granada.

 



UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD 

PARA 'ASTROLABIO', DE ÁNGEL OLGOSO


                                                                 Foto: Antonio Arenas


Hay libros que se publican y en poco tiempo pasan a dormir el sueño de los justos (por no decir a ser olvidados en una estantería, en el mejor de los casos, o al contenedor de reciclado de papel). Otros, en cambio, como los buenos vinos, ganan con los años e incluso se revalorizan por su rareza, calidad y dificultad para encontrarlos. Algo así es lo que le ha ocurrido a la edición de 'Astrolabio', de Ángel Olgoso (Granada, 1961), editado en 2007 por cuadernos del Vigía que, en las librerías de segunda mano, se cotiza a cerca de 150 euros. Por ello, el autor ha creído que obra merecía una nueva oportunidad -y nuevos lectores- con un importante valor añadido: las ilustraciones de la artista chilena Marina Tapia (Valparaíso, 1975). Y todo por un precio mucho más asequible del que veníamos encontrando en las librerías de segunda mano.


Y, por fin, esta nueva edición ilustrada de la obra "de uno de los grandes cuentistas en la lengua de Cervantes", en palabras de Fernando Valls, se presentó en público en el Cuarto real de Santo Domingo, ante un público que, con cita previa, ocupó este espacio. Sobre la tarima, el periodista Andrés Cárdenas que contó varias curiosidades y anécdotas relacionadas con Olgoso, para terminar afirmando que este narrador "utiliza un universo, su universo, para decir lo que siente y dice lo que siente para completar su universo. Con 'Atrolabio' -añadió-, el lector se lo pasa bien porque le permite acrecentar un montón de sensaciones: la de estupor, la del miedo, la del asombro, la del humor incluso..." Por su parte, Marina Tapia, en su breve intervención, explicó cómo surgió la idea de la reedición con el valor añadido de sus ilustraciones. "Fue el primero que leí y me deslumbró -dijo Tapia-. Se prestaba a ser ilustrado con imágenes potentes pero sencillas que no repitieran lo ya narrado. Me basé sobre todo en el mundo de los objetos".


Caleidoscopio


Ángel Olgoso fue el último en hacer uso de la palabra para leer unos folios en los que fueron desfilando relevantes figuras de la narrativa como Eca de Queirós, Álvaro Cunqueiro, Italo Calvino, Borges, Bioy Casares, perucho, Carlos Edmundo de Ory, para terminar con la lectura de varios de los relatos incluidos en 'Astrolabio' que definió como un "libro poliédrico, versátil, un pequeño caleidoscopio hecho de sueños disparatados, un puñado de miniaturas un tanto desaforadas sorprendidas en esta deliciosa edición de belleza casi artesanal a cargo de la editorial Reino de Cordelia, donde brotan libros hechos para la fruición de los sentidos, con un papel, unos detalles gráficos y una tipografía que son toda una tentación para los lectores ávidos de belleza". Además, el escritor citó a uno de los primeros lectores que le comentó que con este libro "había experimentado algo semejante a un menú de Ferrán Adriá, muy variado, de sabores audaces y texturas sorprendentes que iban de lo dulce a lo salado, de lo crujiente a lo gelatinoso, de lo ácido a lo agrio, de lo esponjoso a lo quebradizo". Tras el acto, Marina y Ángel, provistos de guantes, dedicaron los ejemplares con los que habían acudido la mayoría de los asistentes.