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viernes, 13 de febrero de 2026

"Indómitas y reflexivas: Mary Oliver" en Culturamas

Muy contenta de iniciar la sección "Indómitas y reflexivas" en Culturamas. Espero que os guste esta primera autora que os traigo. El artículo ha sido editado con mimo por el redactor jefe de la sección de poesía, nuestro querido Jesús Cárdenas Sánchez. Gracias a esta revista por apoyar siempre la difusión cultural.



MARY OLIVER
Feb 13, 2026 | Dossier, Indómitas y reflexivas, Poesía
Por Marina Tapia.

Frente al sonido persistente de la lluvia, frente a la manifestación de los elementos en la ventana una se pregunta: dentro de este engranaje amplio y maravilloso ¿quién soy?, ¿lato en consonancia con mi naturaleza?, ¿vibro acorde a lo que guardo en mi interior?, ¿tengo siempre presente que pertenezco a un todo? Y es gustoso buscar estas respuestas dialogando secretamente con Mary Oliver, llegar a nuestro propio camino de su mano, seguirla imaginariamente en sus incursiones al bosque, estar atenta a la mirada de esta gran autora, de esta persona que fue fiel a su empuje sustancial. A través de tres de sus libros que han venido acompañándome en este periodo, Horas de invierno, La escritura indómita, y Vita Longa, voy aprendiendo otra manera de mirar el entorno.

Ser un eslabón de una cadena, ser parte de algo más extenso en vez de ejecutoras siempre: al hombre y a la mujer nos viene bien no ser el centro, nos viene bien sentirnos colectividad. Mary nos recuerda: «Ningún poema trata sobre uno −o algunos− de nosotros, sino sobre todos nosotros. El poema forma parte de un largo documento sobre la especie».

Esta lluvia copiosa que no deja de caer en Granada, pone el foco en las imponentes fuerzas primordiales de nuestro planeta, abre un espacio de reflexión, crea recintos nuevos en los que afirmar con Oliver: «En las vastas esferas de lo eterno, todo lo material y lo temporal languidecerá, incluida la presencia del ser humano. En este universo se nos conceden dos regalos, la capacidad de amar y la capacidad de hacer preguntas, que son, a un tiempo, las llamas que nos calientan y las llamas que nos abrasan». Y al recitar estas frases soy parte, con ella y con todas las que me acompañan, de un sonido arcano, de una música antigua pero nueva, de un olor a tiempo, de la plasticidad de los elementos que hilvanan −a la vez− el pensamiento y el agua que percibimos. Cuando se sale del habitáculo íntimo, y se amplía la visión hacia otras esferas, la contemplación suele brindarnos respuestas.

La lluvia en los secanos es una bendición, tiene aura de milagro y de necesidad. Callo para unirme a los conciertos de las nubes, acompaso mi escucha a la maravilla de un solo sonido repetido (ploc ploc) una y mil veces sobre la tierra. Agua con fuerza de expresión. Agua meditabunda, agua-diana disparando con su arco sobre nuestros sentidos y, también, a esa región interna. Escribo junto a Mary Oliver, mi latir se une al suyo celebrando los elementos indomables:

«Camino y percibo. Soy sensual para ser espiritual. Lo evalúo todo sin diseccionar nada», «el ser humano que no conoce la naturaleza, que no camina bajo las hojas como bajo su propio techo, es parcial y está herido», «bajo los árboles, por las pálidas laderas de arena, camino en un vínculo creciente con el éxtasis, que celebro con palabras. Veo y amo con locura lo manifiesto».

Martillemos con ella, a un mismo compás, el clavo en la madera para la construcción de la casa del lenguaje (ella vivió la experiencia de construir enteramente una casa con sus manos, ella indagó en los propósitos de la poesía). Aprendamos de su impulso. Salgamos cada día a recorrer el mundo del que somos parte, dispuestas a dejarnos deslumbrar por lo pequeño y escondido, aquello que guarda señales y sutiles mensajes, contemplemos el salto de una rana, el sonido particular de un ave, las estrellas al aire libre; y repensemos la escritura, liberémosla del dictado del yo:

«En el acto de escribir el poema soy obediente y sumisa. En la medida de lo posible, dejo de lado el ego y la vanidad, incluso la intención. Escucho. Lo que oigo es casi una voz, casi un idioma. Es un segundo océano, alzándose, cantándole al oído, o muy dentro del oído, susurrando en esos recovecos en los que no eres tanto tú misma como parte de una única comunidad indivisible». «Escribir poesía −para mí, al menos− es una manera de dedicar alabanzas al mundo. Plantéatelos así, como pequeños aleluyas». «De esto no cabe duda: el trabajo creativo exige una lealtad tan absoluta como la lealtad del agua a la fuerza de la gravedad».

Y así como el agua desemboca en los ríos y en los lagos, y se une a otros flujos distantes, así, las que la leemos, sacamos fuerzas para vivir siguiendo nuestra propia corriente. En todos sus escritos buscaremos la médula, el órgano que late, el cartílago y la sustancia, lo esencial de cada componente de los seres del mundo. Ella, mujer asilvestrada, mujer con disciplina en la escritura, entregada a sus ideales, amante del silencio: «A lo extraordinario le gustan los espacios abiertos. Le gusta una mente concentrada. Le gusta la soledad», ella dejará huellas imborrables.

Toda escritora necesita maestras, modelos, guías y pilares. Durante muchos años nos han faltado referentes, tuvimos que levantar nuestra genealogía, y ni la historia ni el canon literario quisieron incluirlas. Hoy celebramos encontrarnos con su legado.

Leer a Mary Oliver es volver a la tierra en busca de nosotras.

sábado, 16 de septiembre de 2023

Reseña de "Obra completa II. Ensayo y géneros afines" de Eugenio Montejo

Comparto con ilusión esta reciente publicación en CaoCultura acerca de un libro que es una verdadera e impresionante experiencia literaria: 'Obra Completa. II Ensayo y géneros afines’, de Eugenio Montejo. Espero que os gusten mis palabras (quizás la reseña más extensa, completa y de la que estoy más satisfecha).



FULGURACIONES MENTALES EN EL TRÓPICO 


Hay quien lee para entrar en una historia ficcionada, hay quien lo hace para sentir las pulsaciones líricas de otro espíritu, y hay quien sólo desea navegar a mar abierto por la mente de un pensador, para ser parte de su bogar por reflexiones densas y brumosas. No es tan habitual que nos aficionemos a la lectura de ensayos o reseñas, tampoco lo es que los poetas disfruten escribiéndolas casi más que realizando su obra personal. Ha sido un verdadero disfrute convivir durante los últimos meses con la ‘Obra Completa. II Ensayo y géneros afines’, de Eugenio Montejo. Pocas veces un libro cala en uno de manera tan especial, y desata tanto entusiasmo renovando a su vez la mirada. Publicado por la editorial Pre-Textos en 2022, este volumen al cuidado de Antonio López Ortega, Miguel Gomes y Graciela Yáñez Vicentini es una muestra de lucidez, humanismo y de amor por la expresión escrita.

Al transitar por el laberinto de las anotaciones de nuestro poeta, profesor e investigador venezolano, las compuertas de su mundo se dibujan y acomodan delicadamente en nuestra escucha. Y, al terminar de leer este generoso tomo, se diría que seguimos escuchando la cálida retórica del autor, que ha penetrado con fuerza en nuestros sentidos y pensamientos y, cada vez que se dispara una idea nueva, buscamos el cobijo de su mirada honda y celebrativa de la realidad. Montejo es uno de esos escritores que marcan, que propician un diálogo fértil (e interior) cuando parece comentar con nosotros sus lecturas y observaciones.

Late en todo articulista un curioso y particular afán didáctico, un deslumbramiento expansivo por la cultura, una alegría generosa que quiere compartir con los demás. Y en Eugenio Montejo vemos todo esto. Cualquier suceso artístico que llama su atención es motivo de una fiesta lingüística: puede detenerse en la importancia del monosílabo, en una exposición de pintura en particular, o acercarse a todo un movimiento literario. Él nos traslada, de manera lúcida y amable, serena y colorida, a su época, a su país, a su continente y al perfil de las tierras que recorrió. En una especie de auto sacramental, reverencia el intelecto, los valores, la belleza del arte y del lenguaje de nuestra especie. Estas páginas suponen un maravilloso cofre de tesoros para aprender e indagar en diversas materias. Autores muy conocidos como Neruda, Cavafis, Paz, Cernuda, Borges o Valéry están presentes, así como una escogida muestra de interesantes creadores venezolanos (Andrés Bello, Ramos Sucre o Rafael Cadenas ).

Encontraremos también en el libro múltiples acercamientos a lo que es y a lo que significan la poesía y el idioma: enfoques, aproximaciones, datos desconocidos que enriquecerán y ampliarán nuestro bagaje porque, como él decía, “las palabras se van puliendo al rodar entre los hombres, como las piedras de un río, y las que perviven resultan a la postre las más estimadas por el alma colectiva”. La lengua, esa construcción múltiple, siempre empapada de otras voces lejanas y anónimas, siempre renovándose con cada generación que llega, siempre motivo de gratitud a los que nos precedieron, se convierte en diana de sus observaciones. En palabras de Montejo, la lírica es “el melodioso ajedrez que jugamos con Dios en solitario”.

El compendio está dividido en tres partes, ‘La ventana oblicua’, ‘El taller blanco’ y ‘Prosas misceláneas’. Y aunque las meditaciones del volumen versan mayoritariamente sobre el arte poético, sobre la poesía en un tiempo sin poesía, tratan también otros temas que van desde el ‘I Ching’ y las artes plásticas hasta el ciclo de la Tabla Redonda, desde el alfabeto y la Cábala hasta la aventura surrealista y expresionista.

Eugenio Montejo, en su discurso de aceptación del Doctorado ‘honoris causa’ de la Universidad de los Andes de Mérida (que aparece en este libro), mostró su devoción y deslumbramiento por nuestro idioma: “Una vida destinada a servir la poesía no sólo como un menester de verbal ornato y refinamientos expresivos, que también son de atender, sino como indagación de cuanto la palabra poética puede hacer para elevar a los hombres en nuestra común existencia”. Fiel a esta autoexigencia y a este deseo, Montejo nos ha dejado un conjunto de reflexiones lentas y reposadas, nacidas de su vocación de servicio al lenguaje.

Y comulgo con esta actitud implícita de su escritura, la de un autor que detiene su mirada en otros creadores, que sale del círculo del “yo” y del ego para brindar la calidez de su trabajo a otros hermanos de batallas y cruzadas inmateriales. Este ejercicio de escoger citas y pasajes, de darnos el poso en vez de la taza de café, de regalarnos la miel obtenida del polen de la cultura, este acto amoroso para con los lectores que buscamos asir y comprender el universo, mirar el pasado y analizarlo es, en Montejo, una acción admirable. Porque casi podemos sentir el cariño con que realiza su cometido: su amoroso tono verbal, la cuidada búsqueda de la precisión y la imagen para apoyar lo que cuenta, el entusiasmo y el colorido de su prosa dan, en todo momento, buena cuenta de ello. Valoramos su dedicación hoy más que nunca, en estos tiempos en los que una avalancha turbia de información nos desnorta, en este siglo de prisas cuando todo parece inabarcable; sí, es en este trance en el que necesitamos esa voz del ensayista que facilite nuestra labor de acopio. Sus reflexiones curan, abren ventanas, oxigenan, y nos hacen comprender (de una forma más global) el lenguaje que se ha asentado −con sus particulares formas− a ambos lados del océano atlántico, ese castellano mestizo y empapado de historias y de pueblos que, como ninguno, muestra quiénes somos y a dónde vamos.

Desearíamos que siguiera decantándose la creación a través de voces tan equilibradas, sabias y porosas como la de Eugenio Montejo y de otros como él. Desearíamos, como lectores, estos lúcidos resúmenes, estos perfumes de letras almizcladas, estos compendios que glosan tan bien el quehacer cultural de todo un siglo. Agradezco tener entre mis manos su ‘Obra Completa’, e invito encarecidamente a entrar en ella. Pues, como dijo el mexicano Adolfo Castañón tras el fallecimiento de Montejo en 2008, nos hallamos ante un “hermano mayor y maestro en el arte de ordenar las palabras y la vida, poeta grande y escritor mayor”.

Emocionante y confesional resulta, en especial, el texto ‘El taller blanco’, titulado como uno de los bloques, donde el poeta rememora y relaciona el oficio de su padre panadero con su vocación literaria: “Los panes, una vez amasados, son cubiertos con un lienzo y dispuestos en largos estantes como peces dormidos, hasta que alcanzan el punto en que deben hornearse. ¿Cuántas veces, al guardar el primer borrador de un poema para revisarlo después, no he sentido que lo cubro yo mismo con un lienzo para decidir más tarde su suerte?”.

Para Eugenio Montejo, la única tarea importante de un escritor es su misión fundadora, es decir, la palabra que funda porque, con este recordatorio y con el buen hacer de Eugenio, volvemos a la esencia del acto creativo, al impulso de reinterpretar −a través del lenguaje− el vasto mundo en el que vivimos, de remozarlo o reconstruirlo bajo nuevos prismas.