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miércoles, 11 de junio de 2025

Acerca de tres libros de la poeta argentina Nélida Cañas

Comparto mi reseña "Acerca de tres libros de la poeta argentina Nélida Cañas en la revista Masticadores:



ACERCA DE TRES LIBROS DE LA POETA ARGENTINA NÉLIDA CAÑAS



RESPIRO UN CAMPO DE LINO

Como ya nos tiene acostumbrados, Nélida Cañas, poeta de lo sutil y desatendido, vuelve a conmovernos con “Respiro un campo de lino”. Ella sabe captar con maestría lo mínimo, lo que en apariencia no reviste importancia, pero que −visto a la luz de las estaciones y de su mirada atenta− dibuja esas huella certera y sutil que emociona. Los movimientos de la naturaleza son perfilados minuciosamente y, a la vez, desde lo alto, desde la visión de un pájaro en vuelo.

Insinuación, apunte preciso, magia secreta de los espacios abiertos, campos propicios para reflexionar sobre la belleza. Esos elementos son los que nos dona Nélida con su poemario, esa suerte de trascendencia que habita en lo minúsculo.

Festejamos la calidez de nuevos significados. Aquel espíritu que nos acuna, cuando sabemos leer entre líneas. Tres versos como estos, “El viento/ se hace ovillo/ en los rastrojos”, traerán a nuestra sensibilidad una ráfaga de significados. En los rastrojos, aquello último y olvidado, es justamente donde el viento se entretiene y recrea. ¿Acaso en nuestra vida la verdad y la luz no se pasean más a sus anchas en aquello que descuidamos?

A veces, una imagen potente y muy vívida le vale a la escritora para definir un paisaje (“El huso de la noche/ hila sueños./ El día lo deshace”); otras, su planteamiento se desgrana y nos regala un conjunto más extenso de asombros (“La lluvia reverbera/ en la laguna./ Una garza/ se sostiene en la orilla/ en una sola pata”).

Adjetivos precisos que prestan textura y cuentan una historia con limitados recursos: “Una hojita leve/ y sola/ en la indigencia de la tarde”. Esa “indigencia” posee una gran carga simbólica en estos momentos en que hemos dejado a la naturaleza desprotegida y devastada. La autora sabe jugar con lo medido, con una baraja de pocas palabras gana la mente del lector.

Hermosísimos poemas nos dejarán un gusto de levedad, de extrañeza, de añoranza: “Entra un rayo de sol:/ tu ventana/ se sostiene/ en la pared ruinosa”.

Y quizá este texto sea el que mejor pueda definir el conjunto, su voluntad, sus pilares: “Escribir./ Escribir lo sublime/ como quien pinta el cielo/ o traza un círculo”. Porque queremos ese dibujo que Nélida Cañas hace de la vida, sus pasajes, su acontecer. Queremos estar imbuidas en su esperanza, en el cúmulo de sus deseos, en esa mirada puesta sobre lo amable y lo ínfimo. Necesitamos que la voz de la poesía nos arrastre por las facetas menos erosionadas de lo humano. Su voz cercana al aire.



EL LIBRO DE LAS FLORES

En este bello poemario que se compone de seis partes o momentos −en palabras de la autora− “Lenguaje”, “Danza”, “Ofrenda”, “Enunciación”, “Florecimiento” y “Habla”, Nélida Cañas destila, con un lenguaje preciso, colorido y profundo, un acercamiento al simbolismo contenido en las flores. El libro es una verdadera delicia para los sentidos. Lo plástico, la metáfora, acompasan una voz madura y medida, una voz que no necesita artificios para hablarnos sobre aquello escondido en realidades mínimas. Sirva de ejemplo el poema “Trigales”: “círculo amarillo/ en la memoria/ aro de fuego/ en el que ardo”. O en el excelente texto titulado “Rosa” en el que se compara a esta flor con un mandala en que abreva la luna.

Con citas muy bien escogidas, Nélida va guiándonos por un camino de sensaciones sutiles, va adentrándonos en su universo único, abanico de pureza léxica y de hallazgos. Quizás los versos “alcanza la belleza de lo que calla” o en “florecer/ florecer al fin/ en el silencio/ de lo leve” sean dos de los textos que mejor definan esta propuesta de la poeta.

El libro nos seducirá −también− por su vocabulario rico y acorde con lo contado: “inefable planicie/ de lo divino”, “hecho de ideogramas perfumados”, “para ofrecerle la secreta/ vinculación de sus jugos”.

Os invito a despertar vuestros sentidos en este jardín de encantamientos líricos, “como amantes enloquecidos” de las etéreas delicias de la vida.



SINFONÍA DE AGOSTO

Tal como nos cuenta Estela Sanlungo en el prólogo de “Sinfonía de agosto”, este poemario es como un libro de definiciones, una especie de diccionario personal donde la poeta nos traslada, de forma delicada y precisa, sus impresiones acerca de un abanico de conceptos que desea volver a revisar y definir. Para ello va allegando múltiples elementos del mundo natural con el que Nélida Cañas -tal como he visto en anteriores trabajos suyos- guarda una relación muy estrecha.

Y como si fuera un cuento lo que nos quisiera contar con cada poema-definición, la autora comienza sus textos con la palabra “cuando”, llevándonos así a ese tiempo pasado que ahora nuevamente se recrea.

Nélida se vale de lo conciso, de lo breve, hay un claro intento de apresar algo mínimo y describirlo también con las mínimas palabras. Porque no es necesario adjetivar demasiado cuando lo que se nombra contiene en sí mismo una carga simbólica y plástica. Esto lo sabe muy bien nuestra poeta. Ella nos dice (definiendo la escritura) “cuando abro/ mi libreta de notas/ y/ me dejo decir/ por el lenguaje”. Sí, dejarse decir es lo que busca su poesía, quizá ser un conducto o un canal en el que un lenguaje secreto y no tan evidente se manifieste.

Veremos en este conjunto que lo mágico, lo onírico, el mundo de la infancia, están muy presentes: “cuando encuentro/ entre las hojas de la hierbabuena/ la leve pluma/ del ángel de la guarda”. Nélida no le teme al diminutivo, a las palabras empapadas de ternura, porque sabe bien regalarles otras dimensiones, lograr que suenen a belleza y sinceridad en nuestros oídos.

La figura de Emily Dickinson sobrevuela las páginas de esta sinfonía: ambas escritoras cultivan el mundo íntimo de la naturaleza (“y al fin/ no se niega/ al lenguaje de la flor”, “cuando un pajarito/ leve y solo/ es un chisporroteo/ de agua clara”), rescatan el asombro por asuntos que, de tan cercanos, se tornan invisibles para nuestra contemplación.

Encontraremos también un diálogo bosquejado −a través de precisas pinceladas− con otras autoras y personajes de distintas épocas, que hacen más rico este original diccionario poético.

Dejad que los compases de estos versos vegetales y serenos, cargados de estaciones y de pequeños hallazgos se desgranen lentamente en el mantel de vuestra escucha.


Marina Tapia

domingo, 25 de mayo de 2025

Reseña de "Un hombre que no conoce Nueva York"

Os traigo por aquí una reseña que no llegó a publicarse en revistas digitales pero que quisiera compartir. Espero que os guste mi mirada lectora acerca de "Un hombre que no conoce Nueva York", de Gregorio Dávila de Tena.







YA NO RECUERDAS LA SIMIENTE


Quizá una de las mejores y más estimulantes maneras de acercarse en profundidad a un libro y a su autor, sea conociendo la zona geográfica inspiradora del texto. Tal vez esos paisajes rurales en los que vivió Gregorio Dávila de Tena, estén contenidos en “Un hombre que no conoce Nueva York”, y muy cerca de ellos como telón de fondo, escribo mi aproximación a este profundo poemario. Ahora que he sido “como ese hombre que duerme en la piedra/ donde chirrían las chicharras”, que me he apartado de la ciudad para descansar en la Sierra Norte de Sevilla, en su mundo de alcornocales infinitos, compongo estas sencillas palabras acerca del libro, deseando que os animen a leerlo.

En este volumen, el poeta nos acerca a su ideario personal, realiza una sutil defensa de lo rural y de lo sencillo frente a las supuestas luces de la ciudad-laberinto. Desde su título tan categórico, y a la vez metafórico, nos iremos encaminando poco a poco a su poética, a su mundo.

Publicado de forma impecable y sobria por la editorial Renacimiento en 2022, este título que fue galardonado con el VIII Premio de Poesía Juana Castro, nos dejará una serena melancolía, un feliz estado de evocación del pasado por medio de estampas, de historias que gravitan entre la infancia, la juventud y la madurez (con su vuelta al pueblo a raíz del confinamiento).

En todo el conjunto hallaremos la idea de la nostalgia revisitada, quizá porque las cosas que se nombran adquieren otro peso, porque es fácil reflexionar cuando se hace un mapa de lo vivido, y así encontrar la identidad.

Intertextualidad, conversación íntima con otros escritores de distintas épocas (Hierro, Lorca, Vallejo, Gamoneda, Valente, Li Po, Pizarnik, Juan de Yepes, Maillard...), pero también un diálogo sentido con otras figuras importantes para el autor, presencias de su familia que, aunque no estén, siguen siendo partícipes de su vida. Y todo planteado sin dramatismos, con la serenidad de la plenitud, con un tono emocionado pero lleno de templanza.

Gregorio escribe desde un yo desplazado, porque no es sólo su pensamiento lo que nos deja a través de las páginas, también estará la voz de su padre (aquella figura que nunca vio Nueva York), a la cual accedemos mediante frases en paréntesis que van salpicando la lectura. En el poema “La última madrugada” podemos leer esta esclarecedora cita de “El padre” de Sharon Olds: “Al final de su vida, su vida/ empezó a despertar en mí”.

Versos de gran delicadeza quedarán resonando en nuestra mente como aleo de golondrinas en primavera: “¿Qué miras ahora, padre,/ con los ojos llagados de lejanía?”, “Y también es amor/ este perro sin dueño que olfatea tus huellas”, “Por fin los pájaros solitarios se reúnen/ para colgar un canto en el aire/ y alzar el vuelo”; o cuando se refiere al parto de su madre “¿Por qué grita? ¿Qué le pasa?/ ¿Quién le hace daño a mi madre?/ Nunca he visto sangrar a las amapolas”.

Detalles del mundo rural, de sus animales, del paso de las estaciones, del temperamento que va forjando el paisaje de sus habitantes, de la imagen del padre con “su mano grande y segura, su paso firme y decidido” inundando ese mundo que avanza a otro ritmo, de la presencia de la madre “que prepara el canasto de cien comidas” o de la abuela “que vuelve de encalar el cementerio”: estos son los ejes que trazan los caminos del poemario. El trabajoso mundo de la agricultura representa ese esfuerzo por alumbrar una verdad tierna, verde, alimenticia, una verdad que no es de un sólo ser humano sino de la colectividad. La madre y el padre simbolizan una herencia, una filosofía vital, y el escritor lucha con el lenguaje para extraer el mejor grano de su tierra.

El libro, que se compone de tres partes, “Noche en Nueva York”, “La niebla que somos” y “Mandarinas”, cierra con un hermoso poema-epílogo donde se declara con modestia “a veces soy oscuro y otras claro,/ a veces cuervo sabio/ otras charlatán ignorante/ y como urraca voy con la risa entre los naranjos”. Sí, con su voz fresca y de olor a azahar, con sus indagaciones lúcidas, con su vuelo sobre lo superficial, así queremos oír la inmersiva canción de este poeta, que nos siga mostrando esa ruta escondida a lo esencial, a esos tesoros abandonados que son los pueblos. Allí queremos ir, donde “el musgo de la historia, graba su níquel de carcoma y beso”, ¡para qué necesitamos Nueva York!

Marina Tapia

miércoles, 5 de febrero de 2025

Elogio del arte de las reseñas

ELOGIO DEL ARTE DE LAS RESEÑAS

A mis queridos Ángel Olgoso, Miguel Arnas, José Luis Gärt, Gregorio Dávila de Tena, Jesús Cárdenas, Ana Isabel Alvea Sánchez, Jose Antonio Santano, Álvaro Salvador, Nélida Cañas, Agustín Pérez Leal, Pura Fernández Segura, Santos Domínguez Ramos, Jimy Ruiz Vega, Custodio Tejada, Ivonne Sánchez Barea, Luis Cerón, José Abad, Javier Gallego Dueñas, y a tantas amistades que ejercen esta labor desinteresadamente.

"Imagínate que no es necesario que nadie te resuma nada, que nadie te adelante lo que resonará después en tu cabeza; que no es preciso que extienda ante tu escucha una serie de aromas sobre platos colmados que luego degustarás. El lector sabe muy bien que la opinión del reseñista no pesa lo suficiente, que su discurso se desvanece ante el impacto de una imagen potente de una portada, o ante el listado de los libros favoritos de ese año, o ante cualquier campaña bien orquestada por los grandes sellos editoriales. El apresto de su prosa que desea sostener el entusiasmo por un libro denso, trabajado y original se destensa rápidamente. Lector y reseñista creen –quizás en lo más hondo de sí mismos− que lo verdaderamente importante no es el ascua que encenderá una reseña, no es esa chispa-invitación que vivirá unos instantes (tal vez unas horas) y que permitirá una relación especial con un libro. Son capaces de asegurar que lo más importante es: esa obra única que el lector inventará en su cabeza a partir de su desbroce. Cadena de hallazgos, reminiscencias, encuentros.

Los reseñistas escriben tan solo para sentir que son partícipes de esa intimidad. Intentan hacer las presentaciones correspondientes, ayudan a levantar una armazón etérea −pero cierta−, un edificio único que materialice la creación. Los que reseñan buscan elaborar un salón de espejos, un juego de ecos entre montañas. Se sacian con el hecho de pensar que sus apuntes pueden contener alguna pieza de hierro, de cemento, o la argamasa para construir ese puente hacia la ermita de las palabras.

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No sé si fue bajo el influjo de mi compañero, el escritor Ángel Olgoso, que comenzó mi afición por escribir reseñas y otros géneros afines (cercanos al ensayo y la reflexión); no sé si fue al quedar maravillada por la posibilidad de crear una especie de obertura, un esbozo delicado y preciso −al modo de Da Vinci−, algo que se asemejara al arte; no sé si deseé que un aroma penetrante y avivador fuera invitando a los comensales a la mesa del libro; o si la excitación lujuriosa que me produce la textura del papel hecho piel y vivencia era tan poderosa, que deseé convertir ese fuego en una llamada a la jauría para devorar la carne fresca de tales palabras encontradas.

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Cómo leer un libro con todo lo que ello implica: bucear en él, disfrutarlo y comentarlo, apuntar alguna frase −o verso− que no deseamos olvidar, leer en voz alta algún pasaje a nuestros amigos o pareja y… nada más. Cómo leer sin desear que en ese espacio que destina la mente a lo nuevo que llega, sólo quede un eco difuso (aunque envuelto de sensaciones intensas), un aroma, una suerte de recuerdo o estela que ese volumen nos dejó. Quizá el espíritu heredado de mi padre de dejar constancia material y detallada de todo lo que pasa (dentro y fuera de nosotros), ese hábito suyo de hacer listados de propósitos, largas enumeraciones de retos pendientes, de llevar a mano libretitas guardainstantes me lleva, en estos momentos en que la lectura es para mí un acto cotidiano y necesario, a querer escribir mientras leo, a desear apuntar sinergias que oscilan con la lectura, a soñar con retener −de forma más contundente− la esencia de cada libro que llega a mis manos. Sirvan estas palabras para justificar mi impulso como reseñista. Pero luego, viene esa sensación de lo expansivo, una visión social y amigable: el crear un abrazo hecho de palabras, el querer compartir la luz que han desatado las páginas en las que me hundí por unos días o semanas.

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Necesitas un libro, no cualquiera: el oportuno, el justo, el personal, el que te refleja, el que te corresponda con amorosas claves, el que te lleva hacia una especie de trance, el que hace casi delictivo el hecho de apropiarte de otras sensaciones, de otras soluciones a conflictos, de otros mundos y paisajes. Y buceas en medio de poemas e historias, y te acuestas con ellas, y fabulas sus derivas.

Los tímidos escritores de reseñas nada piden y nada cobran, no obtienen rédito alguno más que el de imaginar la posibilidad de que se forme un árbol vivo en su interior, un volumen que multiplique las luces de la lectura como un caleidoscopio. Si esto se cumple, ya se dan por satisfechos porque comentaron, remarcaron o ampliaron un pasaje de ese camaleónico invento hecho de tinta, porque ha sido las matronas de ese ser inexacto y cambiante que alumbra la lectura.

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Todo el que lee está sumergido en una búsqueda, pone a funcionar su capacidad de asombro, se embarca en la aventura de transitar por los latidos de otras mentes, suma el movimiento interno de su inquietud a esa ola que el/la poeta han elevado al escribir, han puesto en marcha para todos. Leer es seguir activo, ávido, curioso, inquieto levantando interrogantes, obsesivo debatiendo en la intimidad. Es tratar de encontrar en las fricciones de la lectura: luz, una clase de paz o de movimiento interno y, en especial, un verdadero cambio. Y dentro de la avalancha de voces leídas, algunas dejan un bellísimo destrozo vital, algunas −solamente algunas− ponen patas arriba las convicciones. Son pocos libros pero existen. Por eso, cada reseñista quisiera encontrar y recomendar un texto revulsivo, que se acerque con toda su fuerza a aquello con rostro de verdad.

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El reseñista lee con fruición, apunta sin descanso, concluye, extracta y encapsula la sustancia de todo lo que deja que recorra su vista. Luego ordena las estanterías de su mente, la avalancha de párrafos que en su interior se agolpan. Se funden sus palabras con aquellas del autor que ha leído, ya no sabe dónde está el límite, en qué lugar se cruza la imaginación de Kafka o de Pizarnik con la suya, dónde comienza su mirada, dónde la foránea creación.

Y, anónimo, levanta textos híbridos, traza rutas para que los que duermen se despierten y vayan tras el ámbar que los libros contienen. En su vida todo es carestía, es gris la cuadratura dominante, es de color plomizo su futuro, escasea el dinero, nadie paga las páginas que alumbra, pero en su territorio de gentiles vocablos ordenados, extendidos cual sábana secándose a los aires, hay una miel secreta, un zumo delicioso que degusta cada vez que relee esa reseña escrita en sus desvelos, y siente que posee esa especie de alma de los libros leídos.

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Ojalá este impulso mío que ha sido tantas veces puesto sobre el papel, sea perdonado por los lectores con mirada académica que buscaban en mis reseñas un análisis sintáctico, morfológico o cultista. Mi mirada será siempre la de una lectora impresionada y activa, sentimental y reflexiva y, sobre todo, entusiasta que desea recoger la “médula” de cada trabajo literario. Y, ojalá, poder así vencer un poco al tiempo, poder luchar contra la desmemoria y los olvidos. Sólo encontraréis la conciencia de una reseñista que realiza con humildad su trabajo, y a la que no le importa derrochar horas y libretas en ese generoso desbordamiento fruto de las lecturas".

(Marina Tapia)