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jueves, 6 de noviembre de 2025

Reseña de "Mixtura" por Gregorio Dávila de Tena

Gracias a Gregorio Dávila de Tena, buen amigo y gran poeta, por acercarse tan cálidamente a "Mixtura. Antología personal" (Averso, 2025), por compartir mi trabajo. Muy contenta por ello!




<<Esta antología titulada "Mixtura" recorre de forma muy acertada y completa los diez libros publicados por Marina Tapia hasta la fecha.
Es una buena oportunidad para tener una visión panorámica de su poética y conocer la evolución de su escritura hasta un libro de plena madurez como es "Piedra que mengua", que ha tenido varias reseñas exitosas.
La poesía de Marina discurre principalmente por los cauces de la sensibilidad, la naturaleza, la mirada atenta, el amor y el erotismo, la identidad femenina, la escritura y el silencio.
Todo el volumen nos da muestras de su clara vocación por la poesía, ese dejar que "la vida florezca en la palabra".
El excelente prólogo de Juan Jesé Castro Martín nos introduce de forma magistral en esta trayectoria que une vida y poesía en la persona de Marina.
La edición está muy cuidada, como viene siendo habitual en Averso.
Felicito a Marina por este nuevo libro y a la editorial Averso.
Os dejo algunos poemas como muestra>>.

domingo, 25 de mayo de 2025

Reseña de "Un hombre que no conoce Nueva York"

Os traigo por aquí una reseña que no llegó a publicarse en revistas digitales pero que quisiera compartir. Espero que os guste mi mirada lectora acerca de "Un hombre que no conoce Nueva York", de Gregorio Dávila de Tena.







YA NO RECUERDAS LA SIMIENTE


Quizá una de las mejores y más estimulantes maneras de acercarse en profundidad a un libro y a su autor, sea conociendo la zona geográfica inspiradora del texto. Tal vez esos paisajes rurales en los que vivió Gregorio Dávila de Tena, estén contenidos en “Un hombre que no conoce Nueva York”, y muy cerca de ellos como telón de fondo, escribo mi aproximación a este profundo poemario. Ahora que he sido “como ese hombre que duerme en la piedra/ donde chirrían las chicharras”, que me he apartado de la ciudad para descansar en la Sierra Norte de Sevilla, en su mundo de alcornocales infinitos, compongo estas sencillas palabras acerca del libro, deseando que os animen a leerlo.

En este volumen, el poeta nos acerca a su ideario personal, realiza una sutil defensa de lo rural y de lo sencillo frente a las supuestas luces de la ciudad-laberinto. Desde su título tan categórico, y a la vez metafórico, nos iremos encaminando poco a poco a su poética, a su mundo.

Publicado de forma impecable y sobria por la editorial Renacimiento en 2022, este título que fue galardonado con el VIII Premio de Poesía Juana Castro, nos dejará una serena melancolía, un feliz estado de evocación del pasado por medio de estampas, de historias que gravitan entre la infancia, la juventud y la madurez (con su vuelta al pueblo a raíz del confinamiento).

En todo el conjunto hallaremos la idea de la nostalgia revisitada, quizá porque las cosas que se nombran adquieren otro peso, porque es fácil reflexionar cuando se hace un mapa de lo vivido, y así encontrar la identidad.

Intertextualidad, conversación íntima con otros escritores de distintas épocas (Hierro, Lorca, Vallejo, Gamoneda, Valente, Li Po, Pizarnik, Juan de Yepes, Maillard...), pero también un diálogo sentido con otras figuras importantes para el autor, presencias de su familia que, aunque no estén, siguen siendo partícipes de su vida. Y todo planteado sin dramatismos, con la serenidad de la plenitud, con un tono emocionado pero lleno de templanza.

Gregorio escribe desde un yo desplazado, porque no es sólo su pensamiento lo que nos deja a través de las páginas, también estará la voz de su padre (aquella figura que nunca vio Nueva York), a la cual accedemos mediante frases en paréntesis que van salpicando la lectura. En el poema “La última madrugada” podemos leer esta esclarecedora cita de “El padre” de Sharon Olds: “Al final de su vida, su vida/ empezó a despertar en mí”.

Versos de gran delicadeza quedarán resonando en nuestra mente como aleo de golondrinas en primavera: “¿Qué miras ahora, padre,/ con los ojos llagados de lejanía?”, “Y también es amor/ este perro sin dueño que olfatea tus huellas”, “Por fin los pájaros solitarios se reúnen/ para colgar un canto en el aire/ y alzar el vuelo”; o cuando se refiere al parto de su madre “¿Por qué grita? ¿Qué le pasa?/ ¿Quién le hace daño a mi madre?/ Nunca he visto sangrar a las amapolas”.

Detalles del mundo rural, de sus animales, del paso de las estaciones, del temperamento que va forjando el paisaje de sus habitantes, de la imagen del padre con “su mano grande y segura, su paso firme y decidido” inundando ese mundo que avanza a otro ritmo, de la presencia de la madre “que prepara el canasto de cien comidas” o de la abuela “que vuelve de encalar el cementerio”: estos son los ejes que trazan los caminos del poemario. El trabajoso mundo de la agricultura representa ese esfuerzo por alumbrar una verdad tierna, verde, alimenticia, una verdad que no es de un sólo ser humano sino de la colectividad. La madre y el padre simbolizan una herencia, una filosofía vital, y el escritor lucha con el lenguaje para extraer el mejor grano de su tierra.

El libro, que se compone de tres partes, “Noche en Nueva York”, “La niebla que somos” y “Mandarinas”, cierra con un hermoso poema-epílogo donde se declara con modestia “a veces soy oscuro y otras claro,/ a veces cuervo sabio/ otras charlatán ignorante/ y como urraca voy con la risa entre los naranjos”. Sí, con su voz fresca y de olor a azahar, con sus indagaciones lúcidas, con su vuelo sobre lo superficial, así queremos oír la inmersiva canción de este poeta, que nos siga mostrando esa ruta escondida a lo esencial, a esos tesoros abandonados que son los pueblos. Allí queremos ir, donde “el musgo de la historia, graba su níquel de carcoma y beso”, ¡para qué necesitamos Nueva York!

Marina Tapia

miércoles, 19 de febrero de 2025

Reseña de "De la mano del aire", de Gregorio Dávila, en Culturamas

Comparto mi reseña del poemario de Gregorio Dávila de Tena, "De la mano del aire", publicada en la revista digital Culturamas.


«De la mano del aire», de Gregorio Dávila de Tena
19 febrero, 2025
Por Marina Tapia.

RECORRIDOS SUTILES

De la mano del aire, editado por Averso a finales de 2024, es el último libro de Gregorio Dávila de Tena, creador afincado en Sevilla y que nos tiene acostumbrados a poesía de excelencia, a un hondo compromiso con la palabra. Este poemario tiene el espíritu de exaltación y deslumbramiento ante la vida de ese “Don de la ebriedad”, de Claudio Rodríguez, que tanto maravilló a su generación y a las que le siguieron.

En la introducción del libro, Gregorio nos dice “Quizás nos enmadre la Poesía / como un olmo lleno de pájaros / cobija en los días de lluvia / a los potros recién nacidos”. Este ‘enmadrar’ tan hermoso y tan adecuado al referirnos al ejercicio de escribir versos, ya nos está revelando la voluntad férrea del poeta por recoger de todos los elementos que le rodean, su verdadera esencia y su raíz primigenia y maternal. Porque esos potros −que por primera ven la luz− son semejantes al artista: ser recién nacido en cada deslumbramiento, en cada sacudida profunda, en cada tránsito al asombro.

El poemario está muy bien estructurado. Se divide en cuatro partes: “Un respirar en paz”, “La música del aire”, “Como caña al viento” y “Cuando callan las cerezas”. Es un conjunto pensado y cuidado, con citas, con pausas y con todo ese mimo y profesionalidad que este autor nos entrega en cada libro.

Celebro ser poeta, pero celebro más mi afición lectora porque me depara multitud de momentos de cosquilleante alegría, de introspección y estética. Pero no es fácil que lleguen a nuestras manos libros redondos o que respondan a búsquedas personales, libros que dialoguen con uno, que abran un espacio amplio de reflexión. Es una suerte hallar trabajos hechos a conciencia, poemarios que sorprendan y emocionen al mismo tiempo; compendios en los que sean evidentes esos estratos, esas capas y capas de lecturas solidificadas, hechas cimiento; conjuntos que comuniquen a los lectores frescura (crujir de tallo verde), madurez escondida con apariencia de sencillez. Leo muchísima poesía, también releo para preparar talleres y por simple disfrute, y cada vez me cuesta más encontrar autoras y autores con los que establecer un diálogo fructífero, a los que tener como valor seguro. Por eso celebro haber conocido a Gregorio Dávila de Tena y seguir su trayectoria a través de cada nuevo volumen que nos regala.

En “De la mano del aire” prima la acción sensorial como medio de conocimiento. El poeta llega desde el cuerpo al universo que lo rodea. Y siempre pesan más las manifestaciones mínimas, sutiles. Nunca cae en la pomposidad. Nunca veremos textos ornamentales o saturados de información. Su actitud posee esa sombra de la literatura oriental donde el yo se diluye para volverse lo contemplado. Movimientos suaves como danza de Tai Chi, frases que desplazan sus verbos con sutileza para desencajar sutilmente la rigidez del paisaje. Gregorio despliega una paleta variada de estampas relativas a momentos concretos del año, a estaciones, a enclaves reales e imaginarios. No sabemos muy bien desde dónde planea la voz poética, solo nos importan las sensaciones que ella nos traslada: porque ya se ha hecho sólido ese pacto entre escritor y receptor que toda buena literatura materializa. Hay un decir maravillado, un tránsito a través de esas puertas luminosas que constantemente va abriendo el poeta.

Este libro está colmado de citas e intertextos muy bien traídos y engarzados, de un puñado de vívidas declaraciones de amor a los escritores que Gregorio admira, de tributos a los elementos que sostienen la vida: aire, fuego, agua, tierra. Y es hermoso ver cómo la voz del autor se hermana con todos ellos, pero también con la humanidad. No hay una desconexión, la actitud compasiva, cómplice y generosa con la otredad está muy presente: “todos los naufragios son el mío”, “danzar juntos / por el barbecho / por la alegría”, “Te ofrezco mi espalda para soltar / los felinos del gozo”, nos dice.

Además de ser un decidido canto al aire y a la naturaleza, la respiración hace de hilo que ata armónicamente todo el conjunto: respirar como un acto de toma de conciencia, de resistencia, de elección; un acto vinculado al habla y al lenguaje, que transporta las palabras que elegimos decir.

Como ya he apuntado, una de las características permanentes en la poesía de Dávila es que va dejándose acompañar por la voz y los versos de otros autores de distintas épocas, pero que tienen como denominador común la búsqueda de lo esencial, de la filosofía o la mística. Tal como dice Isaac Páez en su epílogo: “[…] todo lo que escribimos es la cita de alguien. Gregorio Dávila entiende esta idea a la perfección y, en lugar de buscar fórmulas que enmascaren las influencias, parte de la cita como discurso y método”. Podríamos añadir que el uso abundante de este recurso en sus libros es marca de la casa. E incidiendo en esta idea, hay una sección completa versionando los “Treinta y tres nombres de Dios” de Marguerite Yourcenar. Y en este territorio de lo conciso, Gregorio siempre se ha manejado con gran maestría, los poemas breves al estilo del haiku o del tanka japonés no presentan para él dificultad alguna. Recordemos que fue el coordinador de una edición de haikus publicada por Isla de Siltolá.

Creo que es un reto mayúsculo acercarse al aire como temática. Me parece que la poesía ya hace tiempo que dejó de buscar en los alimentos terrestres su canción. El mundo de los hombres prima desalentadoramente en las publicaciones, sus bares, sus luchas cotidianas, sus amores y desamores, sus rutinas urbanas, su autocompasión… Por eso siento como un ejercicio osado retomar estos argumentos sin caer en lo conceptual extremo, en lo tópico, o en la simple imagen descriptiva de un paisaje. Vivid doblemente la vida a través de este libro de poesía que es pura gratitud a la existencia, y a lo invisible que nos sostiene.

jueves, 2 de enero de 2025

Reseña de "Piedra que mengua" por Gregorio Dávila de Tena

Qué bonito es empezar el año con esta maravillosa reseña de "Piedra que mengua", escrita por el excelente poeta -y buen amigo- Gregorio Dávila de Tena, y publicada en la revista Culturamas.




MADRE PIEDRA, DÁNOS REFUGIO
‘Piedra que mengua’, Marina Tapia. Ayuntamiento de Lodosa, 2024.

(Gregorio Dávila de Tena)


    La creación poética va madurando a través del diálogo fecundo con la tradición literaria a la que pertenecemos. Y el poeta va menguando en favor del poema. Como dijo Gil de Biedma: «Yo creía que quería ser poeta, / pero en el fondo quería ser poema». Este nuevo libro de Marina Tapia es una hermosa muestra de ello.

    ‘Piedra que mengua’ ha recibido el Premio del XL Certamen poético «Ángel Martínez Baigorri» de 2023 y ha sido bellamente editado por el Ayuntamiento de Lodosa (Navarra). Se trata de un libro unitario en su desarrollo y variado en sus tonalidades, con fundamento en un arquetipo o metáfora esencial como es la piedra, y sobre ella va mostrando un rico tapiz de emociones, imágenes y recursos poéticos. Podemos encontrar desde un soneto (poema 18) hasta un poema visual (11) pasando por otras variadas formas líricas como una paráfrasis del Padrenuestro (22) pero dedicado a la Madre Piedra.

    El poemario no tiene secciones y los poemas transitan una senda continua que se recorre con placidez. Me ha llamado la atención el número de poemas: treinta y nueve, que son los mismos que la versión A del Cántico espiritual de San Juan de la Cruz, al que cita en uno de sus versos. También es original la forma de titular los poemas con un verso cualquiera del poema resaltado en negrilla.

    El prólogo de Pura Fernández Segura resalta, entre otras cosas, esa vocación de entrar en lo otro y esa búsqueda interior de lo sagrado. Y en la dedicatoria que hace en mi ejemplar habla de «la hermandad de las búsquedas interiores».

    Cuando nos adentramos en el libro encontramos versos como estos: «Me bautizaste Piedra…/… y en el cobre / de mi veta extenuada pusiste / esa humedad del amor». La piedra y el agua, el agua que brota de la piedra es un símbolo recurrente en la tradición poética. La autora se hace piedra menuda, ‘piedra pequeña’, que acoge «las corrientes y verdades subterráneas», pozo que recoge la lluvia en el desierto.

    Marina es natural de Valparaíso (Chile), tierra de grandes poetas como Neruda, Mistral, Teillier o Rojas y su poesía tiene ese sabor primigenio de la patria natal. Así en el poema 12 nos habla de sus raíces: «No hay belleza más alta que los Andes…». Parece pequeña pero es grande como una cordillera, maternal como el viento, suave como un recuerdo de la infancia, ‘enamorada y alta’.

    Pero Marina vive actualmente (felizmente) en Granada, también tierra de buenos poetas y en sus poemas se transparenta el aroma de esas nuevas influencias. Al final una es ciudadana del mundo y conecta con la humanidad de los seres cercanos. Una no se desterró de ningún lado sino que «Emigré hacia mí misma» dice un verso suyo, «a esa unidad más íntima y compacta». Hay un continuo regreso a ese centro interior donde se encuentra el sosiego.

    El poemario discurre en un tono sereno y delicado, con palabras que acarician y enternecen. Pero también con dentelladas de fuerza que contrastan felizmente en su amena lectura. Se percibe frescura y sensualidad («mis pechos de paloma», «dulzura es lo que hallo en la sustancia / que tú me concediste») junto con el aullido de una voz de fuego, el rugido de un león asirio o el magma de los volcanes.

    A través de los poemas se va desarrollando un diálogo con un tú poético que a veces parece un ser trascendente, un espacio sagrado, y a veces se muestra como otra zona del yo poético, en «¡un doblez luminoso!». Un «tú» que forma parte de un «mí». ‘Yo soy el otro’. «Nosotros» se forma con «nos» (yo) y «otros». Al final «Solo hay un poeta», dice Rilke, y solo uno es el Poema.

    El tema de la identidad se diluye en la Poesía y el ego mengua hasta desaparecer. De modo que es frecuente, al pasar el tiempo, no reconocer lo que uno ha escrito, leer hasta con extrañeza y asombro los versos propios. Creo que es una experiencia común en muchos escritores. Porque como dice Gil de Biedma de nuevo: «Un poema es una criatura de un orden de realidad muy distinta a la de uno mismo», Y sin embargo, en franca oposición o contradicción, dice Francisco Brines: «Todo en el poema está haciendo referencia única al que lo ha escrito». Y creo que ambas declaraciones son ciertas. Esta es una de las grandezas de la poesía.

    La cuestión de la identidad también se refleja en el poema 8 donde «ocurre el milagro de ser / otra cosa —y yo misma—». Algo que sucede sin esperarlo cuando nos visita la belleza y estamos a solas con el misterio de ser. Este yo con el que nos identificamos y que a la vez queremos dejar en la cuneta: «líbranos de nosotros».

    El arquetipo de la Madre aparece con frecuencia en el libro como en el poema 28: «Piedra matriz… / y no puedo decir otra palabra / que el nombre maternal que me atempera». Los poemas son cantos de gozo y esperanza, salmos a la raíz madre, a veces con pinceladas de noche, cansancio y angustia, con «la caricia del canto que la mar ha pulido».

    Al final la autora vuelve (siempre ‘el eterno retorno’), tras un proceso de transformación, para decirnos «cuánto amor ha visto en la pizarra que se quiebra», cómo el desgaste la hace perla, vuelve con un semblante más auténtico, más sereno, hija de la tierra, porque «has mezclado mi voz con arcilla…/ has hecho de la roca mi refugio».

    En sus poemas Marina se hace acompañar de poetas de hondo calado, de profundidad espiritual como el ya citado San Juan de la Cruz, Clara Janés, César Vallejo, Chantal Maillard, Antonio Machado y otros, en esta llamada a «sentir y despertar / con esta escucha nueva que nos ciñe”. Un poemario que sería muy del agrado de Ángel Martínez Baigorri, poeta y jesuita a quien está dedicado este Premio, quien entendía la experiencia poética como un ver en todas las cosas la presencia de lo divino.

    ‘Piedra que mengua’ es un hermoso poemario que abre el espacio a lo más sagrado en nuestro interior, un camino de búsqueda por las collados del corazón, un bautizo en el agua de la esperanza, un cervatillo que araña los velos de la noche.