miércoles, 6 de mayo de 2026
"Nômade" (Entorno Gráfico)
domingo, 22 de diciembre de 2024
Mi reseña de "En el brocal del tiempo", de Juana Castro, en Caocultura
miércoles, 21 de septiembre de 2022
EL ARTE DEBE SER COMO UN ANIMAL
Esta rotunda cita de Aristóteles encabeza Animales animales, de Xoán Abeleira, editado con mimo por Bartleby en edición bilingüe (castellano-gallego). Todo un cosmos, un estallido sensual, un acercamiento desde la originalidad al mundo de esos animales que, también, somos nosotros. Xoán hace su recorrido desde los tiempos de las cavernas, con potentes poemas ambientados en las cuevas de Altamira y de Lascaux; transita por exuberantes entornos tropicales, por la mitología gallega o por contextos más urbanos y, en cada uno de estos marcos, el poeta se maneja con soltura, haciendo gala de una voz visionaria y empática, capaz de recoger la rica simbología y significación de todas las formas animales evocadas.
Una voluptuosidad y un erotismo desbordante estimulan al lector a lo largo de todo el libro y, en especial, en la parte titulada “Olca” (poemas de amor animal), donde se nombra sin pudor el sexo, los rituales del cortejo y el apareamiento, las reverberaciones de la dicha.
Sus versos tienen el calor y el colorido de las narraciones orales contadas junto al fuego, tienen la musicalidad de las canciones tradicionales o de los refranes, pero también están embebidos de lo mejor de las corrientes del surrealismo, del creacionismo de Huidobro o del arrojo de Gioconda Belli. Cada animal escogido por el poeta lleva una carga simbólica que va más allá de la visión que comúnmente se le ha dado. Xoán aborda la sustancia poética de cada bestia, rescata su espíritu para establecer un dialogo con las emociones humanas, una concordancia.
Otros escritores se han acercado al mundo recogido en este poemario, como Gabriela Mistral, Olvido García Valdés, María Ángeles Pérez López o como el narrador Ángel Olgoso con sus relatos de Bestiario. Y podemos decir que la aproximación de Xoán es carnal y descriptiva, a la vez que simbólica y chamánica, rescatando los elementos e imágenes de nuestro inconsciente colectivo y buscando restaurar un equilibrio antiguo a través de las palabras.
El autor se conduce incluso con vigor en los textos largos, logrando que el lector no pierda jamás el interés y que se sienta inmerso en ese cosmos vibrante de sonidos, aullidos, texturas, instinto y covas que tan magistralmente retrata.
Si muchos nos preguntamos si, a estas alturas de la historia literaria, es posible sorprender y emocionar al mismo tiempo, tenemos la respuesta en este poemario que es un ejercicio gozoso de lenguaje, de soltura y autenticidad. Jabalíes, tortugas, carpas, vacas, halcones, bisontes, libélulas, lobas, estorninos, gaviotas… nada escapa a la mirada de este compilador de vida bajo el arenal del cielo, todos los animales le valen al poeta para remover nuestra memoria dormida.
Hay que agradecer a Xoán Abeleira (artista polifacético y fuera de serie, además de periodista y traductor) sus notas y explicaciones que hallaremos en las páginas finales del volumen. Tan rico material nos ayudará a apreciar con más exactitud muchos de los conceptos y palabras de origen gallego −o de otras tradiciones y lenguas−, las citas asimiladas en los textos y alguna que otra aclaración sobre su proceso creativo. Todo esto hará aún más interesante el acercamiento al intenso y físico universo en el que este creador nos adentra.
Porque todos somos esos adanes y evas exiliados en otro edén exánime y corrupto, porque todos somos esa gata a la que mataron sus hijos pero que guarda uno a salvo en lo más profundo de su vientre, porque todos somos esas aves de María Zambrano que pierden sus formas al volar y que necesitan de esta poesía metafórica, de esa poesía que nos recuerde aquella época en que los hombres eran animales orgullosos de ser animales. Gracias, poeta, por revivir los ritos que guardamos en lo hondo de la mente, por rescatar nuestra sangre que sueña.
miércoles, 29 de diciembre de 2021
SEMBLANZA DE “SOY COMO EL TRUENO”
Llena de gratitud por los hermosos regalos que me envía a casa Sabina Editorial, quiero compartir mis impresiones acerca de la presente antología de la poeta catalana Anna Dodas i Noguer.
Leyendo esta compilación suya, he sentido ese juego de espejos, ese reconocer a una hermana en la palabra, a una maestra de lo sutil y verdadero. Vi en sus versos esa postura tan parecida a la que he tenido al escribir dos de mis últimos libros, “Islario” y “Bosque y silencio”, ese “soy en el paisaje, me defino”, ese reencontrarse con la voz llameante de un puñado de escritoras que hacen suyos los lugares que transitan, que establecen con ellos una relación sagrada, casi pasional. Qué balsámico, qué sanador es ser arropada por esa mirada cálida de otra autora que, desde un mundo o una época distinta, nos hace sentirnos menos solas, menos incomprendidas. Peregrinar hacia el paisaje, volverse médium, reconocer lo que palpita, la vida interior imperceptible de los espacios, son las huellas que va dejando Anna Dodas. Juegos de luces y sombras sutiles que se proyectan sobre la piel de los seres humanos receptivos. Almas que van al encuentro de la maravilla en alpargatas, de la trascendencia con ropa de andar por casa, almas que se adentran en parajes cercanos (no a viajes lunares que sólo podrán pagarse las grandes fortunas), a los prodigios que están a nuestro alcance y que no siempre vemos.
Visibilizar el misterio de los pedregales, de un altiplano de hielo, del cobre de las montañas, de los plenilunios, de los soles hipnóticos, de las cavernas de altos senos... es lo que plasma nuestra poeta, una realidad escondida pero viva, envolviéndola en un aura de misterio, tan presente en la naturaleza. Nombra el mundo, extrae su jugos esenciales con una voz potente, única, muy propia, sin titubeos, con una pasión medida pero efectiva. Y es fácil acompañarla por los caminos blancos de nieve, sumarnos a esa soledad clamorosa que recoge con su voz.
Y volvemos a recordar el poder de las palabras: poder de evocación, poder de transportarnos, poder de conmovernos con tan solo una grafía sobre una hoja en blanco. Pura magia.
Y volvemos a dejarnos guiar por el misticismo palpitante en las escritoras que registran los movimientos sutiles de la naturaleza, como Emily Dickinson, Gabriela Mistral, Elizabeth Bishop o Annie Dillard. A acceder a esa especie de salvación, al edén que nos regalan las palabras (a salvo de la tecnología tentacular), que nos brinda nuestra Lilith para la rehabilitación de los sentidos.
La voz clara de Anna, prístina, aérea y a la vez de greda roja, nos llevará hasta esos paisajes maternales y telúricos que, en esta rapidez del existir, permanecen ocultos y alejados.
En el impresionante “huye huye de mí caballo”, sus versos hacen ese juego de espejos del que hablaba, y me parece escuchar a la vez el poema “Ternera acosada por tábanos” de Blanca Varela.
La poeta se debe a lo que observa, se hace una con los elementos simples y puros: “soy de vidrio/ una burbuja de vidrio con brazos/ y corazón/ vidrio quebradizo/ y dentro nada”. Su obra está llena de imágenes tan sugerentes como “Tú fuiste silencio y ahora eres espina”, “rechinan con un sonido agudo/ las complicadas maquinarias celestes/ mil estrellas que giran/ dolorosamente”. Plástica, colores y sensaciones que vibran (”y con los miembros yertos/ de plata/ los ojos de plata, la piel/ de plata,/ de plata el doloroso respiro…”), destellos de formidable intensidad como en uno de los textos más potentes, el que da título a este volumen, “soy como el trueno/ gimiente que brama en el valle/ loco de terror/ yo soy el valle/ como el rastrillo/ ciego entre piedras/ que topa con el terrón/ soy la oquedad/ vertiginosa que escupe/ agua en su salto magnífico...”
Recomiendo encarecidamente leer y disfrutar esta antología bilingüe con prólogo de Carmen Oliart Delgado de Torres, traducida al castellano por Caterina Riba y Max Hidalgo Nácher y editada con el exquisito gusto de Sabina Editorial.
Marina Tapia
viernes, 26 de noviembre de 2021
Invitación a leer "Golpeando el silencio" de Concha Lagos
No dejéis de leer “Golpeando el silencio” de Concha Lagos, un libro que ha recuperado la colección Genialogías de la editorial Tigres de Papel y que, por primera vez, se publica completo en España. Os encantará adentraros en su vida creativa y cultural, a través del prólogo tan completo escrito por María Teresa Navarrete, y seguro que disfrutaréis con la entrevista inédita realizada en 1986 por Begoña Alonso, y con las dos cartas a Concha Lagos (una escrita por Emilio Prados y otra por Concha Méndez) que esta edición nos regala.
El libro es un festín de poemas admirables, como algunas de sus elegías (a un cesto de mimbre, a una cocina, a un jardín, a un árbol o a una clase). Ellas nos ilustran certeramente acerca de la labor que han realizado muchas de nuestras poetas y mujeres a lo largo de la historia, al vivificar esas cosas elementales, esos espacios íntimos, esos elementos usados diariamente, al prestarles voz, estableciendo con ellos comunión y comunicación, iluminándolos, para luego partirlos como pan que sacia nuestra hambre de verdad y belleza.
El conjunto está lleno de preguntas, incluso uno de los textos se titula “Pregunto”. Rebosa de reflexiones de gran calado −aunque de apariencia sencilla− “Que nadie diga ayer/ ni vuelva la cabeza. El camino más corto/ es el de la esperanza. Por él se llega a Roma./ Y también a la vida.”
Nuestra autora recurre en muchas ocasiones a una sutil ironía, como cuando afirma “¡somos civilizados!”, o cuando en el poema dedicado a los poetas exiliados (no necesariamente católicos) dice “sé que soñáis la plaza y el santo de la ermita”. Pero, en esa línea de homenajear a otros escritores, destaco el bellísimo texto dedicado a Miguel Hernández: “Dicen que era de barro,/ con luz en la mirada./ Sembró la flor del trigo/ y recogió cizaña […] “no le valió el amor/ ni el fuego de la entraña./ Ni siquiera los versos, su canto de esperanza”.
Concha actualiza, da un nuevo valor a la conversación con Dios y a la tradición bíblica, apelando a ese elemento social con el que se ha hermanado, muchas veces, la espiritualidad: “Que solo hable del hambre/ el que su pan comparta. /Que solo el agua nombre/ el que la sed apague”, “a la puerta del pobre nadie puede llamar/ porque ni puerta tiene”, “Por todos mi oración en cruz elevo/ desde estos surcos, mares y salinas,/ arroyos, lomas, tierra de esta España./ Que nadie nos la cerque con alambre de espino”, “Caínes bien nutridos/ con un salvoconducto/ para toda la inmundicia”.
Sentimos su vocación de diálogo con el lector a lo largo de todo el volumen; sus poemas no son un soliloquio, sino un ejercicio de tender puentes, una invitación a dilucidar, a restaurar −a través de las palabras− el dolor por un mundo destruido por la guerra.
Los seis sonetos que abren el libro, marcan la pauta de los temas que luego la autora desarrollará con otras estructuras más fluidas en su forma, por ejemplo la silva libre.
También es importante resaltar que la poeta retrata con maestría y sin pudor la situación social de la mujer en aquella época: “ Estoy en mi trajín/ del verso y de la casa./ Al fin una es mujer/ y no está bien mirado/ ahondar en las costumbres,/ ni enmendarle la plana/ a los que tanto saben”.
Este magnífico libro es un compendio vivo de historia filtrado por la pureza y la lucidez de Concha Lagos, una escritora que supo nombrar aquello que latía en el tiempo que le tocó vivir. Su voz recorre con decisión la biografía personal que se mezcla, en un zigzag perfecto, con la existencia colectiva. Leer “Golpeando el silencio” es restaurar la memoria, es un acto de justicia con todo el florecimiento cultural que quedó disperso, con todas las exiliadas y los exiliados “errantes, a deshora, andariegos de oficio, peregrinos”.
domingo, 21 de noviembre de 2021
Aproximación a "Los cuerpos oscuros" de Juana Castro
Hacía tiempo que no me encontraba con un libro tan potente, tan bellamente escrito y, por qué no decirlo, tan perfecto. Aunque se sustente sobre el tema del dolor, las palabras −más bien, cada palabra escogida− trascienden lo contado y elevan el espíritu; podríamos decir que se nos vivifica a través de la vejez y de la muerte, que salimos renovados, deseando enfrentar las etapas de la vida con la misma entereza que la autora. Infancia, guerra, enfermedad, lazos familiares, rituales cotidianos, lo que dejamos y lo que nos espera, de todo eso nos habla quedamente Juana Castro. Nos toma de la mano, seduce nuestra escucha que se vuelve ávida de oír, con ese ritmo musical y maternal, con esa voz envolvente que captura la realidad más escondida. La autora nos invita a su casa de percepciones exquisitas. Degustamos un lenguaje con sabor a tierra y a tradiciones que, lamentablemente, hoy en día se va perdiendo. Nos dejamos arrullar por palabras como: baberolas, livor, pigargo, halda, briega o atruenan. Y deseamos que el libro no acabe nunca, que Juana siga con nosotras y nos ayude a sobrellevar, merced a su visión profunda, cada paso doloroso del existir. “Los cuerpos oscuros” es un poemario magnético como la tierra madre, es la naturaleza hecha verso. Leerlo supone una experiencia intensa, en medio de estos días en que los escritos llevan el sello de lo superficial, o tienden a atajos fáciles, a fórmulas complacientes. Son manzanas caramelizadas y no los dátiles toscos −y a la vez dulces− que la autora nos regala.
En la primera parte del libro, el agua y el mar son usados como metáfora del devenir que no puede contener el dique de nuestra voluntad. Con gran acierto, la enfermedad de los padres mayores de la poeta se va hilvanando con un delicado hilo líquido: “con ellos oigo el mar./ Oigo el mar y visito los huecos/ de la sombra en sus labios.”, “perdidos en la barca/ de la orilla y la cama.”, “y os dejo con la lluvia y el temblor de los trenes”.
Otro elemento que sirve de eje a lo largo de toda esta emotiva narración poética, es el acto de comer, esa ofrenda nutricia que nos otorga la madre desde el primer momento. En la lectura volvemos a recrearnos con los goces sencillos que despiertan los alimentos. Esto se aprecia en el título del poema Hubo un manjar de oro, que hace referencia a los garbanzos: “mis canicas rosadas y jugosas/ igual que sus pezones que soltaban gotitas”, en el poema Mordedura (“para tus manos grises/ de cristal y avellana”) o en Retornos, magnífico texto donde Juana hace un recorrido vivencial partiendo del inicio de la dentición (“apuntan los primeros/ incisivos de azúcar/ en la primera encía:/ la boca es una fiesta”) para concluir que “el mundo es una fiesta/ que nos deja desnudos […] latiendo todavía en la condena/ de un amor ensañado/ que en su vergüenza olvida/ también la sola fiesta de morir.”. Y así, una serie de versos donde el acto de comer se eleva de necesidad elemental a ritual trascendente: “si otra vez soy un niño,/ y en este laberinto de manzanas/ ando solo y me pierdo”, “el sol tiene un aroma de membrillos/ y el esplendor enciende/ su fogata de sed en cada hoja.”
En esta obra se alternan las voces, la cuidadora, la madre-niña, la hija que habla desde el pasado o desde el presente, el padre… No siempre sabemos con exactitud quién nos relata, quién desgrana sus sentimientos. Juana es un pozo que atrapa los múltiples ecos y, sorprendentemente, podemos oír incluso el nuestro.
No hay poema que no deje huella en este volumen, no hay textos de relleno ni tanteos, cada uno cava una zanja profunda en los lectores. Poesía que roza la filosofía. Poesía con peso de plomada, difícil pero suave en su degustación. Escuchemos la voz de Juana Castro, tan necesaria, dejemos que esta maestra nos alumbre.
Bellamente editado por la editorial Tigres de Papel y perteneciente a la colección Genialogías, el libro cuenta además con un cuidado prólogo de Ana Mañeru Méndez, y con la interesantísima entrevista hecha a la autora por Yaiza Martínez.
Marina Tapia


