
Palabras para DICCIONARIA UNA
Leer
un libro tan luminoso ha sido una de las experiencias más
estimulantes y enriquecedoras en esta
época de mi vida, en la cual, se duda si las palabras pueden
representar con exactitud nuestro trayecto como mujeres, nuestras
sutiles o arrebatadoras sensaciones físicas, o aquella manera
profunda y alambicada con la que percibimos la realidad. Este volumen
llega como un bálsamo reparador de las grietas y fisuras que
dejan los que usan ásperamente el lenguaje, repitiéndolo y
repitiéndolo, o sin revisión alguna. Los que lo castigan con
frecuencia, los que no aprovechan a sabor las múltiples maneras de
abordarlo.
Este
conjunto
es
un maravilloso regalo para todas
−y
todos−,
casi una hazaña, una empresa audaz en la
cual se ha embarcado un valiente grupo de poetas, para entregárnoslos
como un obsequio lingüístico que cosquillea y renueva nuestra
psique.
¿Por
qué no deberíamos reapropiarnos del lenguaje? ¿Por qué no podemos
dar un nuevo valor a cada término ya desgastado, buscar un
significado más hondo y verdadero a esas palabras que entrelazan a
los seres humanos? ¿Por qué no recuperar esa tibieza de las
palabras maternales o recoger su cualidad simbólica?
Si
a comienzos del siglo XX algunos movimientos −como
el creacionismo de Huidobro−
se atrevieron a explorar la vertiente lúdica del lenguaje, lo
hicieron partiendo desde el yo, desde los egos, guiados por un afán
tanto de inventiva como de autoafirmación. En cambio, este es un
volumen colectivo que parte de una premisa totalmente distinta: “Nace
de la necesidad de recoger o crear palabras para experiencias
femeninas que sentíamos que había que nombrar”, según versa en
la introducción de esta primera entrega de DICCIONARIA, coordinada
por Ana, Diana, Eva, Juana, Luz, Mara, Maribel, Nieves y Yaiza, y
también por muchas otras mujeres de la Asociación Genialogías,
que colaboraron de una u otra manera.
Los
cinco sentidos, la poesía, la intuición, lo visionario, lo arcaico…
son algunos de los elementos que conforman el territorio de este
bellísimo compendio. En él está muy presente la infancia, dándole
el valor que nuestras madres le otorgaron, recogiendo el “balsamar”,
el “arrorró”, el “suatinar”, así
como
personajes de cuentos tradicionales, que prestan su cualidad más
notable para volver a transitar nuestro mundo de adultas:
“pulgarcía”,
“luzhada”o “escobada”.
El
perfil del humor, de la ironía y de la risa (que denuncia o revela
alguna situación) está muy presente. Me enamoraré de términos
como ‘Englorietá’: “Henchida por la lectura o escucha de un
poema de Gloria Fuertes”; ‘Yermabuena’: “Por extensión,
mujer sin criaturas que es dichosa, y por donde habla exhala olor a
chicle de este aroma; o ‘Matraquera’: “Presión social que
martillea a las mujeres en sus decisiones sobre la maternidad”.
Y
como las mismas compiladoras nos cuentan en el prólogo, “¡Cuántos
nombres también para una amiga! Lucernaria, remedia, solera, ángela,
balsarrama, asidera, madrina, comadre… ¡Qué escuela para
nosotras! Es decir, qué alegría profunda de mujeres que nos
reconocemos, en pie, aprendiendo juntas a vivir”.
Disfrutad
de este libro, iluminaros con su hoguera viva, sentid la dulce sombra
de María Moliner paseando por sus páginas, dad vuestra mano a la
poeta Enheduana que, desde los albores del lenguaje, escribe sus
himnos. ¿Y qué sino a una especie de cántico aspiramos al nombrar?
A ese impulso de establecer un fuerte lazo con todo lo que nos rodea,
buscando la precisión, la belleza del habla,
que
atrapa y libera al mismo tiempo
la
infinitud del mundo.
Marina Tapia