sábado, 5 de marzo de 2022
Presentación del libro "Escribiré tu nombre"
martes, 5 de octubre de 2021
Presentación de "UN VESTIDO DE GODETS" de Elvira Cámara
PRESENTACIÓN DE “UN VESTIDO DE GODETS”
Buenas tardes, amigas, amigos, muchísimas gracias al Centro Artístico y Literario de Granada, a la Feria del Libro y a todas y todos por estar aquí. Que sea nuestra vida, y también nuestras obras, miradas desde arriba, como un mandala: vibrante, con intención de trascendencia, con esa capacidad de transmitir belleza y paz. Inicio la presentación del bellísimo libro de mi amiga Elvira Cámara con este deseo y con esta imagen que dejo bailando en vuestros oídos. Quiero acompañar el bautizo de esta obra que ha alumbrado la autora con tanta dedicación, segura de que será muy bien acogida en el paisaje de vuestras mentes. Deseo que este conjunto os muestre a vosotros −como a mí me enseñó al contar con el privilegio de leerlo antes de su publicación− ese interesante juego de fabulaciones y vivencias tan bien armonizado, ese prisma tallado con horas, capaz de reflejar la existencia desde otro ángulo. Porque creemos que el arte y la escritura nos salvan, nos iluminan, nos multiplican y nos hacen mejores, por eso justamente estamos hoy aquí, para compartir la alegría expansiva y esperanzadora que genera un nuevo libro, escrito desde la entrega y la sinceridad. El arte de escribir, aunque a veces se vista con ropas sencillas y cuente historias pequeñas y no hazañas, puede dar una dimensión renovada y profunda a todo ser humano que se deja raptar por su visión. Por eso seguimos necesitando historias que nos acompañen y nos ayuden a dilucidar nuestra turbia existencia. Y esto lo sabe muy bien Elvira. Ella busca contar algo que va más allá de su vida, algo que nace de una necesidad interior. Tal como dije en el prólogo de esta obra, que con tanto gusto escribí:
“UN VESTIDO DE GODETS es para disfrutarlo detenidamente, cada texto que lo conforma hay que saborearlo, olerlo, demorarse en su textura, dejar que se rompa como el fruto de la uva y que el sabor estalle en la boca. Es un conjunto que estimula nuestros cinco sentidos; que nos hace evocar sensaciones de la infancia, de la juventud, de otras épocas, de lugares lejanos. Aunque en ellos la imagen sea potente, y el color y la atmósfera plástica nos atrapen, yo destacaría la predominancia del gusto, del olfato, del tacto y del oído, que no siempre se han empleado -y aprovechado- con propiedad en la literatura, y que aquí ocupan un papel decisivo. Elvira Cámara enriquece nuestro tiempo con sus acercamientos de ojo-torre vigía, sabe avistar dónde estarán las historias, sabe encontrar en la cotidianidad las chispas del calor humano.
Imagino a Elvira tratando de ordenar el mundo en pequeñas gavetas de un escritorio antiguo; de impedir que se disipe lo que circula raudo por su mente o por las conversaciones que bullen entre las personas que la rodean; de retener en una página lo que se infiltra desde el pasado a través de la evocación o el sueño nocturno. También la contemplo dibujando un círculo con su mente, una línea para encerrar un instante, un recuerdo, un presentimiento, una estampa con vocación de perpetuidad, para que no se evaporen sobre la superficie de la vida las voces de su interior que quieren nombrarse. Todo tiene que quedar apresado vívidamente en los cajones del relato, en aquellos depósitos materiales de algo disperso.
Cada narración de este libro mantiene, en su burbuja, una trama que queda suspendida en nuestro pensamiento largo rato, todas ellas conforman un mundo etéreo y a la vez reconocible, al que podremos volver muchas veces más con cada relectura.
Esta sensibilidad para describir sensaciones la podemos encontrar en cuentos como Besos, Amor, Por unos carnosos labios, Un vestido de godets o Invierno en Ohio. También la autora se maneja con soltura en los diálogos -interiores o explícitos-, salpicándolos de veracidad, humor, naturalidad y picardía. Esto lo podemos comprobar claramente en Graciela, Coincidencias, Amigas de la infancia o Figurilla de Belén. Y, de todos los canales de percepción que Elvira despliega para nosotros, quizá sea el auditivo donde más se recrea rindiéndole un homenaje en los textos Concierto para fagot de Mozart y El concierto. Finales sorprendentes como el de Reencuentro, o Sobresaltado, no hacen sino afirmar la desenvoltura con que la escritora se maneja en este género. Otro elemento, muy bien integrado, es el uso de marcas comerciales para detallar y situar al lector en las particularidades de un objeto, y lejos de ser un recurso para dar ese toque contemporáneo y transgresor a una ficción, en la obra de Elvira, es como un timbre de agua sutil y personal. Esto se aprecia muy bien en el jocoso y tan bien resuelto Pandora.
Solacémonos con el estilo rozagante, culto y a la vez cálido de la autora. Permitamos que su fascinación por la búsqueda de la precisión lingüística, del equilibrio entre el contar y el sugerir nos guíe por todos esos mundos que ha rescatado para el goce de nuestros sentidos y de nuestra imaginación. Dejemos que este libro, junto a otros en la mesita de noche, forme una pirámide que nos sacie, tal como propone Elvira en Desayuno de domingo, y que su voz clara y precisa amplíe nuestra mirada".
Estos relatos basados en historias cercanas, cálidas, que confortan aquella necesidad de buscarnos y reflejarnos en otros; estos cuentos tan logrados, escritos por una mujer entregada a la enseñanza del idioma y a la traducción, nos encandilarán como un sol que se abre en un otoño revuelto todavía por los nubarrones de la pandemia, nos darán ese calor tan necesario.
Pero no quiero robar protagonismo a la autora que, seguro, desea contarnos muchos detalles o anécdotas del proceso de creación de este volumen. Y a través de algunas preguntas, iré colaborando para que Elvira pueda acercarnos un poco más al mundo de su obra.
(Preguntas y conversación)
miércoles, 18 de agosto de 2021
"Los palafitos" en el Instituto Cervantes de Tel Aviv
domingo, 25 de abril de 2021
Mi reseña de Devoraluces
En ‘Devoraluces’, Ángel realiza la difícil tarea de llevar al lector por senderos distintos a los que nos tiene acostumbrados. Quiero aclarar que esos viajes por el movedizo mar del cuento no siempre son fáciles para un lector poco habituado a este género, generalmente acostumbrado a encontrar -en la mayoría de los libros- soluciones rápidas y convencionales, argumentos de una emotividad digerible o un lenguaje plano sin la carga sensorial y simbólica, sin la fuerza misteriosa, sin la vitalidad creadora que nuestro escritor suele desplegar en sus sorprendentes composiciones. Pero este sello intelectual y un tanto hermético con que de modo habitual se certifica la obra de Ángel, oculta un perfil totalmente fascinador y humano que conecta -me atrevería a decir- no sólo con nuestra mente sino también con el inconsciente y que, de una forma casi mágica, nos hace ver el mundo bajo otro prisma.
Tal cualidad tienen los libros que perduran en el tiempo y sobrepasan las modas. Con esta vocación de raíz que deja en el terreno del corazón su semilla destinada a germinar, cada uno de los textos de ‘Devoraluces’ es una invitación a reflexionar sobre nuestra relación con la esperanza, a caminar por las veredas de las narraciones que aún laten en nuestro imaginario desde la infancia, pero que el autor revisa y reinventa con el fin de hacernos sentir intensamente vivos -a través de la palabra- en estos tiempos oscuros. Recorramos con él su universo personal, fantástico, intransferible, dejémonos fascinar nuevamente por las virtudes que esta obra ensalza de una manera afectiva y novedosa: el júbilo, la alegría, la placidez de los días benévolos, la pasión sin cortapisas, la calidez que otorga la narración oral, la utopía, la generosidad, la doble vida que dan los sueños… en fin, todas las emociones que nos enlazan a la existencia de una manera plena.
Disfruté cada uno de los catorce relatos, pero en especial me sentí fascinada por dos conjuntos, no solo por su calidad y solidez, si no también por la originalidad y por el riesgo que corrió el autor al escribir sendas proezas: se trata de ‘Villa Diodati’ y ‘Nomenclatura Borghini para los dedos de los pies’. En el primero, el reto de poner voz a un espacio, en este caso la célebre vivienda a la orilla del lago Lemán, para narrarnos las conversaciones y aventuras de los personajes que vivieron en ella en 1816, la imbricación de la materia con la humanidad, la sensibilidad oculta y metafórica que guardan los objetos y elementos que creemos nimios pero que quizás nos conocen mejor que nosotros mismos. Me encantó “escuchar” esa voz relatando no sólo los hechos presenciados, sino también la psicología, los impulsos y las contradicciones que estos escritores notables experimentaron en la Villa. El relato transporta al lector hasta el ambiente efervescente, casi alquímico, que propicia y precede la creación, y solo por esta forma tan original de acercarnos al alumbramiento de una obra, merece la pena la lectura atenta de este texto y el excelente ejercicio de personificación que Olgoso realiza.
En el texto final, Nomenclatura Borghini para los dedos de los pies, situado en esa habitación llamada “Coda”, Ángel despliega un hermoso tapiz lleno de nudos, colores, flecos, puntadas abiertas y cerradas, una urdimbre sinuosa para justificar un postulado tan inusual como plausible con el que -al parecer- sueña desde la adolescencia: entregar a los lectores únicamente el título de los relatos. Bajo una defensa encubierta de la pereza y del vuelo de la imaginación por la imaginación, se esconde un pequeño cosmos metaliterario que linda con lo poético y lo vanguardista. Es un texto verdaderamente magnífico. Justificar lo injustificable (porque no le perdonamos al autor que nos prive de sus relatos ni de su lenguaje, porque nos oponemos a que se conforme con plantear solamente un título) a través de esa manera tan excelsa de sincerarse sobre su anhelo constante de ser breve, argumentando una supuesta empatía con un lector cansado de tramas vacías, y levantar justamente dicha defensa a través de palabras perfectamente escogidas, llevará a nuestra mente hasta los hemiciclos griegos donde la oratoria lo era todo y lo que se defendía podía pasar a un segundo plano si emocionaba al oyente, si disparaba las sinapsis de las neuronas. Y eso es lo que hace justamente este potente texto. En él encontramos a un autor más confesional y menos fabulador. Hasta parece que podamos seguir la huella de sus pasos, de sus especulaciones, de sus recorridos mentales, que estemos con él debatiendo en algún café de Granada, frente a frente, sorbo a sorbo, sobre la vigencia de la narración o el fin de los relatos, en este mundo que precisamente pide a gritos otras historias, más lúcidas, más combativas, más arriesgadas, menos predecibles.










